lunes, 15 de diciembre de 2025

El ropero

 





      Estaba apurada, como de costumbre. Y como de costumbre no encontraba la ropa. Ya estaba atrasada y seguía perdendo alegremente el tiempo.

   Sucedió que al introducir la mano en el ropero, otra mano poderosa me sujetó con fuerza y me tironeó hacia dentro, hacia lo desconocido.

   Obviamente ese día llegué tarde al trabajo y, como era de esperar, nadie, absolutamente nadie, creyó mi historia.

   Me temo que ustedes, tampoco.


                                                                            María Graciela Kebani

¿No podíamos o no queríamos comprender?








 El viento sacudía las sombras de los árboles y su voz se llenaba de palabras ininteligibles.

  No, no podíamos entender. Las palabras se bamboleaban por los aires. Algunas quedaban pendiendo de las ramas. Otras se metían por las ventanas, colmaban nuestras casas y terminaban aturdiéndonos.

 Y por más esfuerzos que hiciéramos, no conseguíamos descifrar su significado.

 ¿No podíamos o no queríamos comprender?

 Y el viento seguía zarandeándonos y ensordeciéndonos.

  Creo que acabaríamos gritando, suplicando piedad, porque, en realidad, no deseábamos entender lo que nos trataba de decir el viento.      

                                                                   María Graciela Kebani

ABRACADABRA

 






Pronuncié la palabra mágica.

No pasó absolutamente nada.

Pronuncié por segunda vez: "Abracadabra".

Tampoco ocurrió nada.

La tercera vez, casi en un susurro, volví a insistir.

Ahora sí. El baúl se abrió, pero lamentablemente estaba vacío.

Demás está decirles que no pude escribir el cuento.

   
                                                     María Graciela Kebani

lunes, 8 de diciembre de 2025

GULLIVER en la tierra de los hombres

 




    Recién comenzaba a oscurecer. Contábamos cuentos junto al fuego. Algunas veces, nos reíamos a carcajadas; otras, nos aterrábamos como niños. 

  De pronto, el humo de la fogata comenzó a tomar una forma que parecía humana.

   Cuando la figura se materializó, antes de que pudiéramos articular palabra, no habló de esta manera:

  -¿No me reconocen? Soy Gulliver.

  -¿Gulliver? ¿El que visitó países de enanos y de gigantes?

   -Claro. Sucede que los enanos se convierten en gigantes y viceversa, según la perspectiva con la cual se mire. 

   -¿Y entonces? No existen ni enanos ni gigantes.

   -Sí, en la medida en que los enanos no sepan ponerse de pie para ejercer su condición de humanos.

   -¿Y los gigantes que deberían hacer?

    -Descender de su pedestal y no creerse todopoderosos y sabelotodo.

    -Pero, Gulliver, tu libro no es para niños.

    -Por supuesto que no. Mis aventuras intentan satirizar las conductas humanas, la ignorancia, la soberbia, el egoísmo. 

    Los seres humanos deberían abandonar los prejuicios, las ambiciones que terminan sojuzgando a los otros. 

    Los hombres deberían leer los relatos que los pueblos han contado a través de los siglos. Los cuentos restauran nuestros vínculos ente nosotros y con la naturaleza. 

      Y así como apareció, Gulliver se esfumó ante nuestros ojos azorados .

                                                                 María Graciela Kebani


miércoles, 3 de diciembre de 2025

Nunca más volveremos a alcanzar el paraíso

 





¿Qué es esta oscuridad que nos despoja de todos los sueños e impide ordenar los pensamientos?

No queremos recordar. No, no queremos.

En algún momento nos arrebataron el paraíso.

Sin embargo, el mar acerca los recuerdos hasta la orilla de la memoria y los abandona allí, entre la espuma.

Y el mar se lleva las  huellas de un pasado que, a veces, intenta retornar. 

¿Qué es este silencio donde se abisman las palabras?

¿Qué es esta soledad que nos atraviesa como el filo de una espada?

¿Esta incertidumbre que nos abruma?

¿Y este fuego que nos abrasa?

¿Y esta esperanza que se va esfumando a cada instante?

¿Qué es esto de no vivir la vida, esperando la muerte?

¿Para qué interrogar a Dios? ¿Qué es lo que pretende? ¿Por qué nos dejó tan solos, a merced de los vientos y de las tempestades , abandonados en los laberintos de este mundo en donde el mal se propaga como las epidemias?

¿Qué es esta búsqueda incesante de las llaves que abrirían las puertas que se nos han ido cerrando a través de los siglos? Y las sombras se alargan como las noches en invierno.

Y las voces de los hombres siguen clamando en los desiertos, en los mares, en las montañas... Pero nadie responde. Las voces se las lleva el viento.

Las palabras se evaporan, como se evaporan los sueños.

Nunca más volveremos a alcanzar el paraíso. 


                                                             María Graciela Kebani


lunes, 17 de noviembre de 2025

Aquelarre





   Las doce clavadas. Desde  las torres se descolgaban una a una las sombras. Y las sombras manchaban las calles que iban y venían. Subían y bajaban. Y los fantasmas entraban y salían a través de las puertas de la noche, trepaban a los campanarios y hacían repicar las campanas. Y las campanas soltaban estruendosas campanadas que despertaban a los diablos y convocaban a las brujas al inminente aquelarre. 




    La luna, hinchada de luz, pendía de las ramas de los árboles, mientras los murciélagos abrían y cerraban sus alas como si aventaran el ardiente fuego del infierno.

    En medio de un torbellino de llamaradas, de gritos,  de invocaciones, de conjuros, se aprestaba Lucifer a presentarse ante sus adoradores.

    La lechuzas estaban expectantes y los gatos se deslizaban sigilosamente a través de ese bosque de sombras.

   El viento ululaba como una bestia enjaulada.

   Las brujas se preparaban  para recibir a Satanás. 

   Sin embargo, el príncipe de los demonios no apareció y  sus avezadas acólitas no supieron cómo convocarlo. Olvidaron  encantamientos, antiguos sortilegios. Se fueron quedando sin palabras, sin ese poder satánico del que se ufanaban.

    Entonces las llamaradas se alzaron desde los abismos infernales y las devoraron. 

    Solo los brillantes ojos de los gatos alumbraban como faroles los lóbregos senderos de la noche. 

                                                                                                 María Graciela Kebani

miércoles, 12 de noviembre de 2025

Como Hansel y Gretel

 






           De pronto, casi sin darnos cuenta, nos perdimos mientras atravesábamos caminos polvorientos y alejados de toda zona habitada..

      Nos extraviamos como Hansel y Gretel en el bosque donde su padre los dejara abandonados. Y teníamos hambre y sed. Como esos niños. Y como ellos deseábamos fervientemente encontrar alguna casita de chocolate, adornada con las más variadas confituras. Pero, de ninguna manera, queríamos toparnos con la malvada bruja que, de seguro, acechaba en algún tenebroso rincón dispuesta a caer sobre sus indefensas víctimas.

     Cargábamos con el peso de nuestros cuerpos más que con el peso de las armas que portábamos. ¡Qué solos estábamos! ¡Qué indefensos!

      ¿Cuándo habíamos perdido nuestra niñez? ¿Dónde había quedado sepultada?

    Ansiábamos volver a casa, con nuestros padres. Arrojar las armas en algún pozo profundo y después huir, huir a campo traviesa. Abandonarlo todo.

       De repente, entre tantas sombras desparramadas, creímos vislumbrar una luz. Una luz que parecía temblar como una estrella. Hacia allá enfilamos confiados en que, tal vez, podríamos encontrar el fuego de algún hogar donde calentarnos y saciar el hambre y la sed que tanto nos atormentaban. Preferimos creer, preferimos no perder la esperanza. Volvíamos a ser tan ingenuos como los niños.


                                                                                    María Graciela Kebani