-¿Qué pretendes? -le espeté indignado.
-Abrirte los ojos y la cabeza.
-¿Para qué? Yo creo lo que quiero y sé perfectamente lo que debo hacer. ¿Adónde intentas conducirme? No estoy dispuesto a escuchar tus consejos ni voy a permitir que me embauques. Los tiempos de Adán y Eva perimieron.
-Se nota que no perdiste la soberbia.
-Soy un hombre y conozco mis limitaciones. Podés irte por donde has venido.
-Te arrepentirás de no escucharme.
-Conozco demasiado bien el camino.
Entonces deseé fervientemente que la endemoniada víbora se esfumara. Temí que acabara convenciéndome.
Cuando abrí los ojos, el reptil había desaparecido. Sin embargo, en la habitación se escuchó un rumor de cascabeles.
La luna aún permanecía suspendida del cielo como la espada de Damocles.
María Graciela Kebani
