sábado, 10 de octubre de 2026

Desprendimiento

      



     

    Y volaron los pájaros de sus jaulas. El otoño se llevó las hojas de los arces, rojas, encendidas, crepitantes. Fue un desprendimiento absoluto, un pacto silencioso entre la tierra y el cielo. Las rejas vacías ya no representaban el encierro, sino la tregua necesaria para empezar de nuevo. Mientras el suelo se alfombraba de un rojo vibrante, las aves ascendían en espiral hasta perderse en el horizonte. Aquel paisaje desolado no era un final, sino el espacio abierto y necesario que el mundo cedía para lo que estaba por nacer.

     Un viento frío barrió el patio, barajando la hojarasca seca y cerrando de golpe las portezuelas de metal con un eco que sonó a despedida definitiva. Ya no había vuelta atrás. Con las manos desarmadas y la mirada fija en el cielo despejado, quedó claro que el verdadero viaje no lo hacían los que volaban, sino quien se quedaba atrás, aprendiendo a habitar su propia libertad. 

                            
                                                                                          María Graciela Kebani

jueves, 8 de octubre de 2026

Teorema de la puntualidad






Teorema de la puntualidad 


      Todo sucedió como estaba previsto. Me desperté tarde, me levanté y desayuné más tarde aún. Ergo, llegué al trabajo con el retraso acostumbrado.  

                                                                                       María Graciela Kebani

miércoles, 7 de octubre de 2026

Romance de los dos ríos

 



Labrador era mi padre,


y yo he sido labrador;


pero mi madre tenía


de cristal el corazón.


 


El me dio músculos recios


para ser trabajador;


Y ella en mi alma, viento y agua,


su música deshojó.


 


El trabajaba la tierra,


¡con que cariño, señor!


Ella miraba las nubes


cual suelo mirarla yo.


 


Mi padre me hizo labriego,


mi madre me hizo cantor;


por él manejo el arado


por ella lloro de amor.


 


El me decía: “¡muchacho:


agua y tierra es lo mejor!”


Ella a mi oído rezaba


“Rapaz ¡qué cielo el de dios!”


 


Mi padre vino a estas tierras


a buscar lo que encontró:


fresnos, hogar y domingos


por seis días de sudor.


 


De esos dos ríos contrarios,


de estos ríos vengo yo;


De los ríos que canto


no sé cual será mejor.


 


A ella el cielo le gustaba


y el cielo se la llevó;


El se quedo mudo y sólo


con su tierra y su dolor.


 


Vivió en ásperas pobrezas,


y así pobre envejeció;


¡Un día se fue en silencio,


tan pobre como llegó!


 


Allá se encontró con ella,


La misma que aquí adoró.


¡Estará mi padre arando


en las tierras del señor!


¡Soñando estará mi madre,


sentada a su bastidor!


 


El me dejó fortaleza,


para aguantar mi dolor;


Sus ojos ella y sus lágrimas


para llorar a los dos.


 


Hoy ya solito en el mundo,


esta copla canto yo.


 


Mi padre me hizo labriego,


mi madre me hizo cantor;


Por el manejo el arado


por ella lloro de amor.


                                 Alfredo Bufano

 


 


 

martes, 6 de octubre de 2026

Zamba del romero

 Zamba del romero

Letra: Manuel José Castilla - Música: Rolando Valladares

Esta penita que tengo,
la tengo porque yo quiero,
me la ilumina la luna,
me la perfuma el romero.

Cuando ella se fue llorando,
-vidita, ¡cómo la quiero!-
quedó el pañuelo solito
y sin perfume el romero.

Flor de romero,
¿quién te ha cortado?
está, sobre mi guitarra,
tu corazón marchitado.

Un pañuelito me ha dado;
lo tengo, porque yo quiero,
mojado está de su llanto
y lo perfuma el romero.

¡Qué penas penan las coplas,
que caben en un pañuelo!
si hasta se apena la sombra
olvidada del romero.

GRANO Y VELLÓN

 EL POEMA O LA POESÍA DE...

GRANO Y VELLÓN (De Domingo Zerpa, jujeño)
Mi madre es una pastora,
mi padre es un labrador;
el de su vida hace un grano,
ella de su alma, un vellón.
Mi madre, detrás de su hato,
con la rueca entre las manos
hila las hebras del sol.
mi padre, sobre los surcos,
con el filo de una copla
desgrana su corazón.
Algún día se irán ellos
a donde los lleve Dios,
algún día se irán ellos…
¡Que solo quedaré yo!
Al Señor de la Montaña
le he pedido que los dos
siga en mis labios siendo
como un grano y un vellón.
El Señor de la Montaña
quizás escuche mi voz
del hijo de una pastora
retoño de un labrador
Bibliografía: “Las tolas de mi pueblo” de Antonia Córdoba de Cabezas(compiladora)

viernes, 2 de octubre de 2026

Al otro lado de la ventana

 




       La nieve había estado cayendo hora tras hora, sin prisa, sin pausa. La calle parecía una estampa navideña. Me serví una taza de café, me envolví en la manta y me dispuse a contemplar cómo el invierno congelaba el tiempo al otro lado de la ventana.

      Al mirar el reflejo del vidrio empañado, no reconocí de inmediato mi propio rostro.  Vi la sombra de la casa de mi infancia. De pronto, un crujido en la madera de la sala me hizo voltear, sin embargo, allí solo estaba la soledad de siempre.  

      Afuera, la nieve continuaba resbalando, lenta pero inexorablemente, como el tiempo. 

                                                                                                          María Graciela Kebani



domingo, 27 de septiembre de 2026

El lado equivocado

   



    Desperté sobresaltado. Aún no podía desprenderme de las pesadillas. El aire de la habitación se percibía denso, casi sólido, como si el horror del sueño hubiera dejado un residuo físico en el espacio. Intenté averiguar la  hora, pero los números eran destellos borrosos. Mi mente avanzaba a trompicones, atrapada en un lodo espeso que ralentizaba cada pensamiento. Seguía convencido de que el peligro acechaba detrás de las cortinas. Apoyé los pies en el piso buscando un anclaje con la realidad, pero la sensación de frío tardó varios segundos en llegar a mi cerebro, como si el puente entre mis sentidos y mi conciencia se hubiera quebrado. La pesadilla no había concluido; solo había cambiado de escenario. 

    El frío del suelo comenzó a transformarse en una vibración sorda que subía por mis piernas. El verdadero horror no era lo que acechaba en las sombras, sino la certeza de que las reglas del mundo real ya no aplicaban. La habitación, mi refugio seguro, se estiraba y se contraía al ritmo de mi respiración agitada. Cada objeto cotidiano —la silla, el espejo, la puerta— conservaba la geometría de mis pesadillas, como si el molde de la realidad se hubiera roto para siempre durante la noche. No había un monstruo al acecho; el monstruo era el espacio mismo, atrapado conmigo en un eco infinito de terror. Comprendí, con una lucidez espantosa, que cerrar los ojos o mantenerlos abiertos daba exactamente lo mismo: la frontera se había disuelto, y yo me había quedado del lado equivocado. 


                                                                                       María Graciela Kebani