—¿Quién es? ¿Quién toca a la puerta?
—Soy yo, Caperucita.
—¿Caperucita?
—Sí, Caperucita Roja. Vengo a tomar el té.
—¡Ah, pasa, Caperucita! —reaccionó el Lobo con un tono de perfecta cordialidad. Estamos preparando el té con la Abuelita.
—¡Qué bien! Traje una tarta de frutillas.
—¡Buenísimo! Pasa, no te quedes ahí mirándome con esa cara.
-¿Cómo estás, Caperucita querida? ¡Qué hermosa te ves!
—Gracias, abuelita —respondió la niña, observando el pacífico cuadro. Pero creo que estamos incurriendo en una grave anomalía narrativa. Estamos en problemas.
—¿En problemas? ¿Qué clase de problemas? —interrumpió el Lobo, sirviendo el té.
—El verdadero cuento no es así. El diseño original de nuestra estructura mítica exige que te comportes como un depredador despiadado y que ya te hayas devorado a la Abuelita.
—Bueno, claro —aseguró el Lobo, encogiéndose de hombros—. Pero este relato es una versión libre.
—Demasiado libre —añadió la Abuelita, tejiendo en su mecedora—. Hemos deconstruido el conflicto subyacente para evitar el trauma.
—¿Y qué hacemos ahora con la expectativa del lector? —preguntó Caperucita, desconcertada.
—Nada —dictaminó el Lobo, cortando una porción de tarta. Las historias circulan, se reciclan y se adaptan a las necesidades del mercado emocional. La violencia explícita ya no vende finales felices.
—Casi todas las versiones modernas tienen final feliz, como la nuestra, ¿verdad, abuelita?
—Así es, mi niña. ¿Sabes, Don Lobo? Los seres humanos exigen, por lo general, consumir relatos que acaben felizmente. Les horroriza el vacío de la contingencia y la crueldad cruda del azar.
—Dejemos de especular —sentenció el Lobo, limpiándose los bigotes con una servilleta de lino. No nos olvidemos de que nuestro cuento es para adultos. Y los adultos sofisticados saben perfectamente que no existen lobos feroces que se despachan así como así a una inocente anciana, y mucho menos a su cándida nietita. Eso es folclore infantil.
—Es verdad —suspiró la niña. En el mundo de los grandes no hay espacio para lo absurdo o lo maravilloso. Exigen realismo moral.
—¿Estás segura, Caperucita? —intervino la Abuelita, mirándola por encima de sus lentes. Sí, por supuesto que lo exigen para la ficción. Pero en su realidad es exactamente al revés. Ellos siempre buscan los argumentos necesarios para explicar lo inexplicable, justificar lo injustificable y defender lo indefendible, aunque sus premisas resulten falaces. Siempre se aferran a un relato que les sea útil para demostrar sus teorías. Como este té de paz que tomamos hoy, querida: un hermoso cuento de hadas para no mirar el bosque que se quema afuera.
María Graciela Kebani


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