jueves, 17 de septiembre de 2026

La primera transgresión

    


   Y así habló Dios: «Podrás comer de todos los árboles del paraíso, pero no deberás comer del árbol de la ciencia del bien y del mal. Si así lo hicieres, morirás». 

  El hombre entendió perfectamente que no debería desobedecer el mandato divino. Sin embargo, aconteció que la perversa serpiente se acercó con astucia premeditada a la mujer y le preguntó, casi en un susurro:

—¿Les prohibió Dios comer los frutos de todos los árboles del paraíso?

—Solo no podemos comer del árbol del conocimiento, de lo contrario, moriremos.

—No, no morirán. Dios sabe que si prueban ese fruto, sus ojos y sus mentes se abrirán y serán sabios como Dios, conocedores del bien y del mal. 

   Entonces, la mujer fue la primera que probó el fruto del árbol (que desde luego no era un manzano). Y no se contentó con disfrutarlo sola, sino que convidó a su pareja, Adán. Ni bien terminaron de disfrutar del último bocado, con vergüenza, advirtieron que estaban desnudos, literal y metafóricamente también.

   Intentaron a duras penas cubrirse y, aterrorizados, oyeron la poderosa voz que los llamaba. Se ocultaron a sabiendas de que habían quebrantado la ley. 

—¿Dónde estás?

—Te escuché y tuve miedo porque estoy desnudo. Por eso me escondí.

—¿Has comido del árbol prohibido?

—La mujer me ofreció y comí.

—¿Qué has hecho, mujer? —la incriminó el Todopoderoso.

  Y Eva, acorralada por la culpa y el miedo, se defendió diciendo:

—La malvada serpiente me engañó. 

  Entonces Dios recriminó a la serpiente en un claro ejemplo de propiedad transitiva.

—Por haber actuado con perfidia, maldita seas entre todos los animales. 

  Y Yavé Dios hizo tronar el escarmiento: la sanción fue inmediata para la primera pareja humana. No hubo piedad para los transgresores ni arrepentimiento que condonara la pena. 


                                                                                      María Graciela Kebani


Arañas







     Desperté en medio de la noche. Un desfile de arañas de los más diversos tamaños atravesaban mi cuarto como un río de aguas turbias. No hacían ruido. Ese silencio absoluto volvía la escena aún más irreal. Las más pequeñas, rápidas como chispas negras, avanzaban en hileras perfectas por las junturas del piso flotante. Las grandes se movían con una lentitud ceremonial sobre el techo, justo arriba de mi cabeza. El horror me congeló los músculos. Creí percibir el roce sutil de una de ellas en mi piel. El instinto barrió el letargo del sueño de un plumazo. Di un salto frenético hacia atrás, mientras contenía la respiración para no soltar un alarido. El movimiento alteró la formación y cientos de sombras erizadas comenzaron a dispersarse, a toda velocidad, hacia mí. Intenté gritar, pero ya sentía que las malditas criaturas arañaban mi garganta y.. 

                                                                                   María Graciela Kebani

domingo, 13 de septiembre de 2026

Un grito incontenible

     





           Un grito incontenible se elevó hacia los cielos. Luego descendió hasta los abismos más profundos. Toda la humanidad alzó la voz, no para pedir clemencia, sino para imprimir una señal imborrable en el vacío cósmico, un rugido salvaje que confirmaba que, a pesar de la oscuridad, todavía seguíamos aquí, cargando el peso de nuestros errores. 

        Sin embargo, pudimos despertar del letargo en que estuvimos sumidos por siglos y siglos. 

 

                                                                                   María Graciela Kebani

lunes, 7 de septiembre de 2026

Y así, de repente...









     Y así, de repente, lo arrojaron en este mundo aciago. No tuvo más opciones: se dedicó a sobrevivir corriendo una carrera cuya meta desconocía. Corría y corría, sin saber si el fin del trayecto sería, inexorablemente, la muerte. 

                                                                             María Graciela Kebani

viernes, 4 de septiembre de 2026

Di la vuelta

 





   Corrí hacia el mar y me detuve a orillas de la playa.

   Invoqué a Dios y mi voz se perdió en medio del estruendo de las olas. Volví a implorar a Dios, con más potencia y la voz de Dios se escuchó en la inmensidad de ese espacio sin límites. 

   No hubo palabras articuladas, sino una marea de comprensión que me golpeó con más fuerza que cualquier ola. La inmensidad ya no era un vacío amenazante, sino una presencia viva. El estruendo del mar no apagó mi voz. Caí de rodillas sobre la arena húmeda. 

   La voz se desvaneció tan rápido como había llegado, dejando tras de sí un silencio sobrehumano, a pesar del oleaje que seguía rompiendo cerca de mí. Respiré el aire salino  y di la vuelta. 


                                                                                               María Graciela Kebani


Secretos

   



        La noche enhebraba en un collar, una  una, las estrellas. Un secreto que los hombres habían olvidado en la tierra. Al amanecer, el hilo se desprendía y los secretos caían nuevamente, disueltos en el rocío.


                                                               María Graciela Kebani

lunes, 31 de agosto de 2026

La estela del ángel









     Se desprendieron las estrellas de los cielos y volaron en el viento como pájaros, resplandecientes.

      La luna creció y se abrió como una magnolia entre las ramas del árbol de la noche. 

      Un ángel desvelado cruzó la oscuridad. Su estela dejó flotando los versos de un poema. 

                                                                                       María Graciela Kebani