miércoles, 28 de enero de 2026

¿Qué estás buscando?












 Pronunció las palabras mágicas:

"¡Ábrete, sésamo!"

Y la puerta se abrió milagrosamente.

Pero, ¡oh, sorpresa! Detrás de la puerta, nada, absolutamente nada.

¿Ya habían vaciado todo?

De repente, en un rincón, casi inaccesible, descubrió un papel y en el papel leyó esta pregunta: "¿Qué estás buscando?" 

Entonces tomó conciencia de que, en realidad, no sabía qué estaba haciendo allí ni qué pretendía encontrar.

                                                                                         María Graciela Kebani


La tierra prometida

    



Caminábamos durante días. Caminábamos durante noches. Caminábamos. Solo caminábamos. No llegábamos nunca a ningún lado. Casi no descansábamos. Queríamos arribar a toda costa.

   ¿Adónde? No lo sabíamos. Sí sabíamos que aún no habíamos alcanzado la tierra prometida. Dos palabras maravillosas que encerraban nuestros más preciados anhelos, evocadoras de un tiempo que ya habíamos olvidado. ¿Dónde estaba ese sitio? ¿Quién nos había hecho tal promesa?

    Y seguíamos nuestro camino, sorteando los más variados obstáculos. Pero no nos rendíamos. Continuaríamos transitando amaneceres y ocasos, a lo largo de los años, a lo largo de los siglos. 


                                                                             María Graciela Kebani

sábado, 10 de enero de 2026

En el espejo

 







       Me encerré en casa lo más rápido que pude. Creí que estaba solo, pero el espejo estaba allí, acechando, con su ojo redondo, desafiante, impertinente. Mi terror fue creciendo. Tenía sangre en la frente, en las mejillas, hasta en las manos.

        El cristal me devolvió la imagen de mi rostro, quebrado, hecho trizas.


                                                                               María Graciela Kebani



                                                    

El conjuro

 




    Desafortunadamente, no pudimos recordar el hechizo que restituyera a la luna  su tamaño real y todo volviera a la normalidad.

  Pronunciamos fórmulas al derecho y al revés. Pero no causaban ningún resultado.

  Por momentos, nos parecía que la luna continuaba aumentando su magnitud de manera descomunal.

  Todo el pueblo brillaba, espléndido. Torres, tejados, puertas, ventanas, calles, árboles resplandecían con un brillo increíble.

   Hasta que una noche alguien volvió a intentarlo. Pero el conjuro no tuvo el efecto deseado. El astro desapareció completamente. No quedaron rastros.

   Consternados tratamos entonces de descubrir alguna estrella, allá arriba, en el cielo. 

    Hasta hoy la búsqueda prosigue.


                                                                                    María Graciela Kebani

viernes, 26 de diciembre de 2025

Solo un camino desolado y polvoriento

 






   Cuando giré, solo vi un camino polvoriento salpicado de cactus espinosos. El viento clavó en mi rostro  sus púas erizadas. El sol enrojecía más y más el horizonte. Allá lejos el cielo parecía incendiarse.

   Repentinamente, no pude entender cómo, me encontré ante un cruce de vías. Y en el colmo del asombro  escuché la campanilla que anunciaba que un tren se aproximaba.

   En realidad, no se veía ninguna estación a la distancia.

   No tuve tiempo para decidir qué haría. El tren pasó ante mí como una ráfaga y la tierra tembló.


 

   Miré a un lado y a otro de las vías. Nada. Solo un camino desolado y polvoriento. Un viento erizado de púas clavándose en mi piel hasta mis huesos y un cielo, allá lejos, ardiendo como una fogata. 


                                                                                   María Graciela Kebani



lunes, 15 de diciembre de 2025

El ropero

 





      Estaba apurada, como de costumbre. Y como de costumbre no encontraba la ropa. Ya estaba atrasada y seguía perdendo alegremente el tiempo.

   Sucedió que al introducir la mano en el ropero, otra mano poderosa me sujetó con fuerza y me tironeó hacia dentro, hacia lo desconocido.

   Obviamente ese día llegué tarde al trabajo y, como era de esperar, nadie, absolutamente nadie, creyó mi historia.

   Me temo que ustedes, tampoco.


                                                                            María Graciela Kebani

¿No podíamos o no queríamos comprender?








 El viento sacudía las sombras de los árboles y su voz se llenaba de palabras ininteligibles.

  No, no podíamos entender. Las palabras se bamboleaban por los aires. Algunas quedaban pendiendo de las ramas. Otras se metían por las ventanas, colmaban nuestras casas y terminaban aturdiéndonos.

 Y por más esfuerzos que hiciéramos, no conseguíamos descifrar su significado.

 ¿No podíamos o no queríamos comprender?

 Y el viento seguía zarandeándonos y ensordeciéndonos.

  Creo que acabaríamos gritando, suplicando piedad, porque, en realidad, no deseábamos entender lo que nos trataba de decir el viento.      

                                                                   María Graciela Kebani