viernes, 4 de septiembre de 2026

Di la vuelta

 





   Corrí hacia el mar y me detuve a orillas de la playa.

   Invoqué a Dios y mi voz se perdió en medio del estruendo de las olas. Volví a implorar a Dios, con más potencia y la voz de Dios se escuchó en la inmensidad de ese espacio sin límites. 

   No hubo palabras articuladas, sino una marea de comprensión que me golpeó con más fuerza que cualquier ola. La inmensidad ya no era un vacío amenazante, sino una presencia viva. El estruendo del mar no apagó mi voz. Caí de rodillas sobre la arena húmeda. 

   La voz se desvaneció tan rápido como había llegado, dejando tras de sí un silencio sobrehumano, a pesar del oleaje que seguía rompiendo cerca de mí. Respiré el aire salino  y di la vuelta. 


                                                                                               María Graciela Kebani


Secretos

   



        La noche enhebraba en un collar, una  una, las estrellas. Un secreto que los hombres habían olvidado en la tierra. Al amanecer, el hilo se desprendía y los secretos caían nuevamente, disueltos en el rocío.


                                                               María Graciela Kebani

lunes, 31 de agosto de 2026

La estela del ángel









     Se desprendieron las estrellas de los cielos y volaron en el viento como pájaros, resplandecientes.

      La luna creció y se abrió como una magnolia entre las ramas del árbol de la noche. 

      Un ángel desvelado cruzó la oscuridad. Su estela dejó flotando los versos de un poema. 

                                                                                       María Graciela Kebani

lunes, 10 de agosto de 2026

El muro

 





       La tarde se llevó el sol y dejó una luna suspendida de los cielos. Por las calles se esparcían las sombras y ya no sabía bien por dónde andaba. Así no llegaría a ningún lado. Caminaba y caminaba con mi sombra que se movía al compás de mis pasos, mientras los recuerdos iban y venían. Yo no quería llegar. No, no quería. Creo que en lugar de avanzar, retrocedía. Las calles se embarullaban, se ensombrecían más y más y mi cabeza estaba a punto de estallar. Hasta que, de repente,  no pude continuar. Un muro descomunal se alzaba ante mí como un ogro amenazador. Extendí los brazos y  mis manos solo percibieron la piedra húmeda, helada.

    Cuando alcé la mirada, desde el cielo caía como un torrente de lava, oscuro, inagotable, una hiedra que, seguramente, me cubriría para acabar asfixiándome.

     La noche seguía urdiendo su trama de sombras y  silencio. 


                                                                                                           María Graciela Kebani


"No están muertos los pájaros"

 




"No están muertos los pájaros"

                                Juan Gelman


No están muertos los pájaros,

no, no han muerto.

Viven.

Viven en los corazones 

de los hombres,

libres,

libres de cualquier lastre

que los ate a este suelo,

libres pra volar fuera de sus jaulas,

libres de  prejuicios

y de dogmas,

de fanatismos

 y de racismos 

de los más diversos colores.

No están los pájaros muertos,

mientras la música

de la poesía

nos libere del dolor

y  la impotencia,

y con sus alas desplegadas 

nos eleve 

más allá de la tierra 

y la tormenta. 

rumbo a  los cielos, 

hacia las estrellas. 


               María Graciela Kebani


¿Quién responderá?





¿Quién responderá?
¿Quién responderá
por tantos muertos
y tantos genocidios
encubiertos?
¿Quién responderá
por tanta madre
sin hijo
y tantos hijos
sin padres?
¿Quién responderá
por tanta ilusión segada,
por tanta violencia
desatada
y tanta vida
aniquilada?
¿Por tanta hierba
mutilada,
tanto árbol
deshojado
y tanto pájaro
enjaulado
quién responderá ?
¿Quién responderá
por tanta injusticia
cometida,
tanto corazón ultrajado,
por tanta hambre
y tanta sed
insatisfechas?
¿Por tanta lengua
y mano
cercenadas,
por tanta aurora
mancillada
y tanto cielo
emponzoñado,
por tanto niño
atropellado,
quién responderá?

María Graciela Kebani

viernes, 24 de julio de 2026

Como una araña










   Colgaba la luna de la telaraña del cielo. Como una araña tejía la trama de la noche. -¡Vamos!, ¿Qué esperás? -le gritó mientras corría como una ráfaga furiosa hacia el auto. Vio al hombre desplomado y la sangre que manaba, roja, de su cuerpo retorcido por el dolor. 
    Entonces se dio cuenta de que, en otra ocasión, no dudaría tanto en disparar. 

                                                                                     María Graciela Kebani