Y así habló Dios: «Podrás comer de todos los árboles del paraíso, pero no deberás comer del árbol de la ciencia del bien y del mal. Si así lo hicieres, morirás».
El hombre entendió perfectamente que no debería desobedecer el mandato divino. Sin embargo, aconteció que la perversa serpiente se acercó con astucia premeditada a la mujer y le preguntó, casi en un susurro:
—¿Les prohibió Dios comer los frutos de todos los árboles del paraíso?
—Solo no podemos comer del árbol del conocimiento, de lo contrario, moriremos.
—No, no morirán. Dios sabe que si prueban ese fruto, sus ojos y sus mentes se abrirán y serán sabios como Dios, conocedores del bien y del mal.
Entonces, la mujer fue la primera que probó el fruto del árbol (que desde luego no era un manzano). Y no se contentó con disfrutarlo sola, sino que convidó a su pareja, Adán. Ni bien terminaron de disfrutar del último bocado, con vergüenza, advirtieron que estaban desnudos, literal y metafóricamente también.
Intentaron a duras penas cubrirse y, aterrorizados, oyeron la poderosa voz que los llamaba. Se ocultaron a sabiendas de que habían quebrantado la ley.
—¿Dónde estás?
—Te escuché y tuve miedo porque estoy desnudo. Por eso me escondí.
—¿Has comido del árbol prohibido?
—La mujer me ofreció y comí.
—¿Qué has hecho, mujer? —la incriminó el Todopoderoso.
Y Eva, acorralada por la culpa y el miedo, se defendió diciendo:
—La malvada serpiente me engañó.
Entonces Dios recriminó a la serpiente en un claro ejemplo de propiedad transitiva.
—Por haber actuado con perfidia, maldita seas entre todos los animales.
Y Yavé Dios hizo tronar el escarmiento: la sanción fue inmediata para la primera pareja humana. No hubo piedad para los transgresores ni arrepentimiento que condonara la pena.
María Graciela Kebani

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