VIDA Y POESÍA
lunes, 2 de noviembre de 2026
Puertas abiertas
sábado, 31 de octubre de 2026
De genios y burócratas
—¿Qué harías si encontraras la lámpara de Aladino?
—Le pediría que acabe con el hambre en el mundo.
—Pero eso es imposible. Ni un genio de Las mil y una noches podría hacerlo.
—Más imposible es que la encuentre.
—¿Te parece?
—Por supuesto. Los genios no existen y los gobiernos tienen otras prioridades.
María Graciela Kebani
miércoles, 28 de octubre de 2026
La raíz que espera
Todos se estaban yendo. Se iban perdiendo como las hojas de los árboles en otoño. Como se pierden los pájaros que persiguen el sol, buscando un cielo limpio y un mundo sin fronteras.
Los que nos quedamos nos volvimos de piedra. Nos estiramos en el umbral de las casas vacías, estáticos, como estatuas que custodian un reino de fantasmas. Al principio, intentamos contar los pasos de los que se marchaban, pero el polvo del camino pronto borró sus huellas, dejando solo un eco sordo en las calles desiertas.
Vivir en un lugar que se vacía es aprender a hablar con el silencio. El cartero ya no traía cartas, sino ausencias en sobres vacíos. Las ventanas de los vecinos, antes llenas de ojos y cortinas de encaje, ahora reflejaban únicamente el paso de las nubes grises. Éramos el residuo de un naufragio en tierra firme.
Sin embargo, una tarde, cuando el invierno ya amenazaba con congelar los últimos recuerdos, un brote verde asomó entre las grietas del pavimento de la plaza principal. No había nadie para verlo, salvo yo. Comprendí entonces que la quietud también era una forma de resistencia. Que quedarse no significaba necesariamente echarse a morir, sino convertirse en la raíz que esperaría el regreso de los pájaros, cuando el mundo, por fin, entendiera que los cielos no tienen dueño.
María Graciela Kebani
martes, 27 de octubre de 2026
Las puertas de la noche
Me asomé a través de las puertas de la noche y descubrí que el pasillo de mi casa no terminaba en la calle, sino en un desierto de ceniza quieta. Las farolas levitaban a unos centímetros del suelo, encendidas, sin proyectar ninguna sombra. No soplaba el viento, pero se escuchaba el murmullo lejano de una multitud que pasaba las páginas de un libro inmenso. Retrocedí para cerrar la puerta, pero mis manos ya no eran capaces de encontrar el picaporte. La madera se había vuelto blanda y fluida como el agua.
María Graciela Kebani
La marea del olvido
Se curvó aún más la silueta plateada de la luna. Se mecía en las aguas del mar. A veces llegaba hasta la playa; otras, se alejaba hacia la línea del horizonte. Con cada vaivén, el rumor del oleaje traía un susurro indescifrable: una voz hecha de espuma y sal que pronunciaba un nombre que casi reconocía. Caminé hacia la orilla sin percibir mis propios pasos sobre la arena húmeda. El reflejo plateado no parpadeaba; parecía una grieta brillante abierta en la oscuridad.
Al estirar la mano para tocar ese brillo, la luna se hundió repentinamente, dejando en su lugar un abismo sombrío. Un frío punzante empezó a clavarse en mis tobillos.
Nadie vendría a buscarme.
María Graciela Kebani






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