VIDA Y POESÍA
jueves, 8 de octubre de 2026
Teorema de la puntualidad
miércoles, 7 de octubre de 2026
Romance de los dos ríos
Labrador era mi padre,
y yo he sido labrador;
pero mi madre tenía
de cristal el corazón.
El me dio músculos recios
para ser trabajador;
Y ella en mi alma, viento y agua,
su música deshojó.
El trabajaba la tierra,
¡con que cariño, señor!
Ella miraba las nubes
cual suelo mirarla yo.
Mi padre me hizo labriego,
mi madre me hizo cantor;
por él manejo el arado
por ella lloro de amor.
El me decía: “¡muchacho:
agua y tierra es lo mejor!”
Ella a mi oído rezaba
“Rapaz ¡qué cielo el de dios!”
Mi padre vino a estas tierras
a buscar lo que encontró:
fresnos, hogar y domingos
por seis días de sudor.
De esos dos ríos contrarios,
de estos ríos vengo yo;
De los ríos que canto
no sé cual será mejor.
A ella el cielo le gustaba
y el cielo se la llevó;
El se quedo mudo y sólo
con su tierra y su dolor.
Vivió en ásperas pobrezas,
y así pobre envejeció;
¡Un día se fue en silencio,
tan pobre como llegó!
Allá se encontró con ella,
La misma que aquí adoró.
¡Estará mi padre arando
en las tierras del señor!
¡Soñando estará mi madre,
sentada a su bastidor!
El me dejó fortaleza,
para aguantar mi dolor;
Sus ojos ella y sus lágrimas
para llorar a los dos.
Hoy ya solito en el mundo,
esta copla canto yo.
Mi padre me hizo labriego,
mi madre me hizo cantor;
Por el manejo el arado
por ella lloro de amor.
Alfredo Bufano
martes, 6 de octubre de 2026
Zamba del romero
Zamba del romero
la tengo porque yo quiero,
me la ilumina la luna,
me la perfuma el romero.
Cuando ella se fue llorando,
-vidita, ¡cómo la quiero!-
quedó el pañuelo solito
y sin perfume el romero.
Flor de romero,
¿quién te ha cortado?
está, sobre mi guitarra,
tu corazón marchitado.
Un pañuelito me ha dado;
lo tengo, porque yo quiero,
mojado está de su llanto
y lo perfuma el romero.
¡Qué penas penan las coplas,
que caben en un pañuelo!
si hasta se apena la sombra
olvidada del romero.
GRANO Y VELLÓN
EL POEMA O LA POESÍA DE...
viernes, 2 de octubre de 2026
Al otro lado de la ventana
La nieve había estado cayendo hora tras hora, sin prisa, sin pausa. La calle parecía una estampa navideña. Me serví una taza de café, me envolví en la manta y me dispuse a contemplar cómo el invierno congelaba el tiempo al otro lado de la ventana.
Al mirar el reflejo del vidrio empañado, no reconocí de inmediato mi propio rostro. Vi la sombra de la casa de mi infancia. De pronto, un crujido en la madera de la sala me hizo voltear, sin embargo, allí solo estaba la soledad de siempre.
Afuera, la nieve continuaba resbalando, lenta pero inexorablemente, como el tiempo.
María Graciela Kebani
domingo, 27 de septiembre de 2026
El lado equivocado
Desperté sobresaltado. Aún no podía desprenderme de las pesadillas. El aire de la habitación se percibía denso, casi sólido, como si el horror del sueño hubiera dejado un residuo físico en el espacio. Intenté averiguar la hora, pero los números eran destellos borrosos. Mi mente avanzaba a trompicones, atrapada en un lodo espeso que ralentizaba cada pensamiento. Seguía convencido de que el peligro acechaba detrás de las cortinas. Apoyé los pies en el piso buscando un anclaje con la realidad, pero la sensación de frío tardó varios segundos en llegar a mi cerebro, como si el puente entre mis sentidos y mi conciencia se hubiera quebrado. La pesadilla no había concluido; solo había cambiado de escenario.
El frío del suelo comenzó a transformarse en una vibración sorda que subía por mis piernas. El verdadero horror no era lo que acechaba en las sombras, sino la certeza de que las reglas del mundo real ya no aplicaban. La habitación, mi refugio seguro, se estiraba y se contraía al ritmo de mi respiración agitada. Cada objeto cotidiano —la silla, el espejo, la puerta— conservaba la geometría de mis pesadillas, como si el molde de la realidad se hubiera roto para siempre durante la noche. No había un monstruo al acecho; el monstruo era el espacio mismo, atrapado conmigo en un eco infinito de terror. Comprendí, con una lucidez espantosa, que cerrar los ojos o mantenerlos abiertos daba exactamente lo mismo: la frontera se había disuelto, y yo me había quedado del lado equivocado.
María Graciela Kebani
Colla muerto en el ingenio

