domingo, 27 de septiembre de 2026

El lado equivocado

   



    Desperté sobresaltado. Aún no podía desprenderme de las pesadillas. El aire de la habitación se percibía denso, casi sólido, como si el horror del sueño hubiera dejado un residuo físico en el espacio. Intenté averiguar la  hora, pero los números eran destellos borrosos. Mi mente avanzaba a trompicones, atrapada en un lodo espeso que ralentizaba cada pensamiento. Seguía convencido de que el peligro acechaba detrás de las cortinas. Apoyé los pies en el piso buscando un anclaje con la realidad, pero la sensación de frío tardó varios segundos en llegar a mi cerebro, como si el puente entre mis sentidos y mi conciencia se hubiera quebrado. La pesadilla no había concluido; solo había cambiado de escenario. 

    El frío del suelo comenzó a transformarse en una vibración sorda que subía por mis piernas. El verdadero horror no era lo que acechaba en las sombras, sino la certeza de que las reglas del mundo real ya no aplicaban. La habitación, mi refugio seguro, se estiraba y se contraía al ritmo de mi respiración agitada. Cada objeto cotidiano —la silla, el espejo, la puerta— conservaba la geometría de mis pesadillas, como si el molde de la realidad se hubiera roto para siempre durante la noche. No había un monstruo al acecho; el monstruo era el espacio mismo, atrapado conmigo en un eco infinito de terror. Comprendí, con una lucidez espantosa, que cerrar los ojos o mantenerlos abiertos daba exactamente lo mismo: la frontera se había disuelto, y yo me había quedado del lado equivocado. 


                                                                                       María Graciela Kebani                  






Colla muerto en el ingenio

 




Apenas se durmieron los cebiles
la noche derramó sus brujerías
y ya lo están llorando los candiles.

Que bajen a rezar las tres Marías
y que el ángel Fidel que lo guardaba
le cante las mejores letanías.

No era más que un cardón que caminaba,
no era más que un cardón con sus espinas
y la flor milagrosa que lo honraba.

Pero, por él las tardes campesinas
conocieron la melga y las majadas
y eran las estrellas sus vecinas.

Largo tiempo soñó con las quebradas
cuando luego las fábricas del llanto
molieron sus fatigas y jornadas.

Por amigo del cerro tan lejano
lo acompañaban siempre sus ayeres
y llevaba el silencio de la mano.

¡Ay, qué exiliado está de sus quehaceres,
tan gravemente muerto y de cuidado,
sin flores y sin llanto de mujeres!

Se murió sin querer, casi forzado,
¡y vino el capataz rompiendo vales
a dejarlo cesante por finado!

¡Cómo lo han de extrañar los carnavales!
Lo extrañarán a fondo sus quebradas
y las carpas de diez cañaverales.

¿Qué remotas, qué cándidas majadas,
cuidarán sus afanes pastoriles
en las altas y azules hondonadas?

Pero ya se durmieron los cebiles
y en la negra capilla del boliche
sollozan, tartamudos, los candiles.

Mientras muelen su sombra en el trapiche.  

                                                             Raul Galán

lunes, 21 de septiembre de 2026

La roja Caperucita

 



—¿Quién es? ¿Quién toca a la puerta? 

—Soy yo, Caperucita.

—¿Caperucita?

—Sí, Caperucita Roja. Vengo a tomar el té.

—¡Ah, pasa, Caperucita! —reaccionó el Lobo con un tono de perfecta cordialidad. Estamos preparando el té con la Abuelita.

—¡Qué bien! Traje una tarta de frutillas.

—¡Buenísimo! Pasa, no te quedes ahí mirándome con esa cara. 

-¿Cómo estás, Caperucita querida? ¡Qué hermosa te ves!

—Gracias, abuelita —respondió la niña, observando el pacífico cuadro. Pero creo que estamos incurriendo en una grave anomalía narrativa. Estamos en problemas.

—¿En problemas? ¿Qué clase de problemas? —interrumpió el Lobo, sirviendo el té.

—El verdadero cuento no es así. El diseño original de nuestra estructura mítica exige que te comportes como un depredador despiadado y que ya te hayas devorado a la Abuelita.

—Bueno, claro —aseguró el Lobo, encogiéndose de hombros—. Pero este relato es una versión libre. 

—Demasiado libre —añadió la Abuelita, tejiendo en su mecedora—. Hemos deconstruido el conflicto subyacente para evitar el trauma.

—¿Y qué hacemos ahora con la expectativa del lector? —preguntó Caperucita, desconcertada.

—Nada —dictaminó el Lobo, cortando una porción de tarta. Las historias circulan, se reciclan y se adaptan a las necesidades del mercado emocional. La violencia explícita ya no vende finales felices.

—Casi todas las versiones modernas tienen final feliz, como la nuestra, ¿verdad, abuelita?

—Así es, mi niña. ¿Sabes, Don Lobo? Los seres humanos exigen, por lo general, consumir relatos que acaben felizmente. Les horroriza el vacío de la contingencia y la crueldad cruda del azar.

—Dejemos de especular —sentenció el Lobo, limpiándose los bigotes con una servilleta de lino. No nos olvidemos de que nuestro cuento es para adultos. Y los adultos sofisticados saben perfectamente que no existen lobos feroces que se despachan así como así a una inocente anciana, y mucho menos a su cándida nietita. Eso es folclore infantil.

—Es verdad —suspiró la niña. En el mundo de los grandes no hay espacio para lo absurdo o lo maravilloso. Exigen realismo moral.

—¿Estás segura, Caperucita? —intervino la Abuelita, mirándola por encima de sus lentes. Sí, por supuesto que lo exigen para la ficción. Pero en su realidad es exactamente al revés. Ellos siempre buscan los argumentos necesarios para explicar lo inexplicable, justificar lo injustificable y defender lo indefendible, aunque sus premisas resulten falaces. Siempre se aferran a un relato que les sea útil para demostrar sus teorías. Como este té de paz que tomamos hoy, querida: un hermoso cuento de hadas para no mirar el bosque que se quema afuera. 

                                                                                           María Graciela Kebani


jueves, 17 de septiembre de 2026

La primera transgresión

    


   Y así habló Dios: «Podrás comer de todos los árboles del paraíso, pero no deberás comer del árbol de la ciencia del bien y del mal. Si así lo hicieres, morirás». 

  El hombre entendió perfectamente que no debería desobedecer el mandato divino. Sin embargo, aconteció que la perversa serpiente se acercó con astucia premeditada a la mujer y le preguntó, casi en un susurro:

—¿Les prohibió Dios comer los frutos de todos los árboles del paraíso?

—Solo no podemos comer del árbol del conocimiento, de lo contrario, moriremos.

—No, no morirán. Dios sabe que si prueban ese fruto, sus ojos y sus mentes se abrirán y serán sabios como Dios, conocedores del bien y del mal. 

   Entonces, la mujer fue la primera que probó el fruto del árbol (que desde luego no era un manzano). Y no se contentó con disfrutarlo sola, sino que convidó a su pareja, Adán. Ni bien terminaron de disfrutar del último bocado, con vergüenza, advirtieron que estaban desnudos, literal y metafóricamente también.

   Intentaron a duras penas cubrirse y, aterrorizados, oyeron la poderosa voz que los llamaba. Se ocultaron a sabiendas de que habían quebrantado la ley. 

—¿Dónde estás?

—Te escuché y tuve miedo porque estoy desnudo. Por eso me escondí.

—¿Has comido del árbol prohibido?

—La mujer me ofreció y comí.

—¿Qué has hecho, mujer? —la incriminó el Todopoderoso.

  Y Eva, acorralada por la culpa y el miedo, se defendió diciendo:

—La malvada serpiente me engañó. 

  Entonces Dios recriminó a la serpiente en un claro ejemplo de propiedad transitiva.

—Por haber actuado con perfidia, maldita seas entre todos los animales. 

  Y Yavé Dios hizo tronar el escarmiento: la sanción fue inmediata para la primera pareja humana. No hubo piedad para los transgresores ni arrepentimiento que condonara la pena. 


                                                                                      María Graciela Kebani


Arañas







     Desperté en medio de la noche. Un desfile de arañas de los más diversos tamaños atravesaban mi cuarto como un río de aguas turbias. No hacían ruido. Ese silencio absoluto volvía la escena aún más irreal. Las más pequeñas, rápidas como chispas negras, avanzaban en hileras perfectas por las junturas del piso flotante. Las grandes se movían con una lentitud ceremonial sobre el techo, justo arriba de mi cabeza. El horror me congeló los músculos. Creí percibir el roce sutil de una de ellas en mi piel. El instinto barrió el letargo del sueño de un plumazo. Di un salto frenético hacia atrás, mientras contenía la respiración para no soltar un alarido. El movimiento alteró la formación y cientos de sombras erizadas comenzaron a dispersarse, a toda velocidad, hacia mí. Intenté gritar, pero ya sentía que las malditas criaturas arañaban mi garganta y.. 

                                                                                   María Graciela Kebani

domingo, 13 de septiembre de 2026

Un grito incontenible

     





           Un grito incontenible se elevó hacia los cielos. Luego descendió hasta los abismos más profundos. Toda la humanidad alzó la voz, no para pedir clemencia, sino para imprimir una señal imborrable en el vacío cósmico, un rugido salvaje que confirmaba que, a pesar de la oscuridad, todavía seguíamos aquí, cargando el peso de nuestros errores. 

        Sin embargo, pudimos despertar del letargo en que estuvimos sumidos por siglos y siglos. 

 

                                                                                   María Graciela Kebani

lunes, 7 de septiembre de 2026

Y así, de repente...









     Y así, de repente, lo arrojaron en este mundo aciago. No tuvo más opciones: se dedicó a sobrevivir corriendo una carrera cuya meta desconocía. Corría y corría, sin saber si el fin del trayecto sería, inexorablemente, la muerte. 

                                                                             María Graciela Kebani