y sin un grito,
desolada.
los pies desnudos
de un niño
bajo la luz de la luna,
helada.
María Graciela Kebani
María Graciela Kebani
Verano.
Muerde el sol
desde el asfalto
que arde como una hoguera.
Herrumbre.
Podredumbre.
Hierro,
fierro
y n aire hirviente,
calcinante
enardece aún más
la tarde.
Desechos.
Un carro,
desvencijado,
recorre
las calles de fuego
al compás
del trote
lastimoso
de un caballo
medio muero
por la sed, el cansancio
y los recuerdos.
hundido
en el caos de tablas,
tablones,
caños,
un niño,
un cacharro más
ardiendo bajo el sol
y los andrajos.
María Graciela Kebani
Y llovía. Llovía desde el amanecer hasta el ocaso. El agua resbalaba de las chimeneas a los tejados, y de los campanarios a las calles adoquinadas, lavando la piedra y borrando las huellas de los pocos que se atrevían a salir. El verdadero problema no fue el agua filtrándose por debajo de la puerta, sino el moho que empezó a brotar en nuestras voluntades.
La persistencia del agua deslizándose por los cristales nos inquietaba hasta el agobio. El pueblo entero parecía flotar en un letargo húmedo; el repiqueteo constante sobre las tejas se convirtió en nuestro único silencio.
Poco a poco, los días se fundieron en semanas, y las semanas en meses de un gris uniforme.
No había tregua ni viento que empujara las nubes. Solo una cortina pesada y monótona que amenazaba con ahogar los últimos recuerdos del verano.
Llovía. Y nosotros nos encerrábamos cada día un poco más.
Llovía, y la esperanza se iba diluyendo.
Llovía, y yo temí que todo el pueblo acabara acostumbrándose.
María Graciela Kebani
Empecé a contar como en los viejos tiempos. Cuando me di vuelta, la plaza ya no estaba. No quedaba ni el recuerdo de los juegos ni de la calesita que giraba al compás de una música que encantaba.
El eco del "un, dos, tres, ¡salgo!" se ahogó en el rugido de los motores de la avenida. El césped se había vuelto asfalto y el aire ya no olía a algodón de azúcar ni a garrapiñadas, sino a prisa, a soledad, a aburrimiento. Comprendí que el juego había terminado.
Esta vez, estaba solo. Nadie se había escondido.
María Graciela Kebani
Y volaron los pájaros de sus jaulas. El otoño se llevó las hojas de los arces, rojas, encendidas, crepitantes. Fue un desprendimiento absoluto, un pacto silencioso entre la tierra y el cielo. Las rejas vacías ya no representaban el encierro, sino la tregua necesaria para empezar de nuevo. Mientras el suelo se alfombraba de un rojo vibrante, las aves ascendían en espiral hasta perderse en el horizonte. Aquel paisaje desolado no era un final, sino el espacio abierto y necesario que el mundo cedía para lo que estaba por nacer.
Un viento frío barrió el patio, barajando la hojarasca seca y cerrando de golpe las portezuelas de metal con un eco que sonó a despedida definitiva. Ya no había vuelta atrás. Con las manos desarmadas y la mirada fija en el cielo despejado, quedó claro que el verdadero viaje no lo hacían los que volaban, sino quien se quedaba atrás, aprendiendo a habitar su propia libertad.
Labrador era mi padre,
y yo he sido labrador;
pero mi madre tenía
de cristal el corazón.
El me dio músculos recios
para ser trabajador;
Y ella en mi alma, viento y agua,
su música deshojó.
El trabajaba la tierra,
¡con que cariño, señor!
Ella miraba las nubes
cual suelo mirarla yo.
Mi padre me hizo labriego,
mi madre me hizo cantor;
por él manejo el arado
por ella lloro de amor.
El me decía: “¡muchacho:
agua y tierra es lo mejor!”
Ella a mi oído rezaba
“Rapaz ¡qué cielo el de dios!”
Mi padre vino a estas tierras
a buscar lo que encontró:
fresnos, hogar y domingos
por seis días de sudor.
De esos dos ríos contrarios,
de estos ríos vengo yo;
De los ríos que canto
no sé cual será mejor.
A ella el cielo le gustaba
y el cielo se la llevó;
El se quedo mudo y sólo
con su tierra y su dolor.
Vivió en ásperas pobrezas,
y así pobre envejeció;
¡Un día se fue en silencio,
tan pobre como llegó!
Allá se encontró con ella,
La misma que aquí adoró.
¡Estará mi padre arando
en las tierras del señor!
¡Soñando estará mi madre,
sentada a su bastidor!
El me dejó fortaleza,
para aguantar mi dolor;
Sus ojos ella y sus lágrimas
para llorar a los dos.
Hoy ya solito en el mundo,
esta copla canto yo.
Mi padre me hizo labriego,
mi madre me hizo cantor;
Por el manejo el arado
por ella lloro de amor.
Alfredo Bufano