sábado, 7 de noviembre de 2026

BAJO EL SOL










Verano.

Muerde el sol

desde el asfalto

que arde

como una hoguera.

Herrumbre.

Podredumbre.

Hierro,

fierro

y un aire hirviente,

calcinante

enardece aún más

la tarde.

Desechos.

Un carro, 

desvencijado, 

recorre

las calles de fuego

al compás

 del trote 

lastimoso 

de un caballo 

medio muerto

por la sed,

el cansancio 

y los recuerdos.


Hundido 

en el caos 

de tablas, 

tablones, 

caños, 

un niño, 

un cacharro más 

ardiendo 

bajo el sol 

y los andrajos. 

        María Graciela Kebani

     



La otra vigilia





       Entre sueños, escuché unas notas sutiles y cristalinas surgidas de las entrañas de la noche. Parecía el tintineo de una cajita de música. No abrí los ojos; sabía que la vigilia arruinaría el prodigio. Comprendí que el mundo nunca está en silencio. Nos habla con hilos invisibles que rozan nuestra piel mientras descansamos. Contuve la respiración y me dejé llevar por aquella melodía, sabiendo, por fin, que nunca hemos estado verdaderamente solos. 

                                                                                                     María Graciela Kebani

          

martes, 3 de noviembre de 2026

La marea arrolladora










         Un ruido sordo empezó a crecer como un alud arrollador. No venía del cielo ni de la tierra, sino de los propios muros que los hombres habían levantado para protegerse. Era el crujido del asfalto cediendo ante raíces invisibles, el zumbido de una tecnología que ya no obedecía a sus creadores. Miramos hacia la calle y comprendimos la magnitud de nuestro desastre. No había armas para combatir aquello, porque no se puede disparar contra el tiempo ni contra el olvido. La marea de lo incontrolable avanzaba, y los seres humanos, despojados de su arrogancia, solo pudimos apretar los dientes y esperar el impacto.

                                                                                      María Graciela Kebani

lunes, 2 de noviembre de 2026

Puertas abiertas

 




     ¿Dónde estaban las llaves perdidas? ¿Cómo abriríamos las puertas que habíamos cerrado? Corríamos por pasillos interminables y estrechos buscando una salida a nuestro desasosiego. Huíamos. Sí, huíamos como animales acorralados por la duda y un presente desolador. Al fondo del corredor, una última puerta de roble macizo nos cortó el paso. Detrás se escuchaba el murmullo sordo de aquello de lo que escapábamos: el eco de nuestras propias voces del pasado. Nos miramos las manos, sudorosas y vacías. Entendimos por fin la ironía de nuestra fuga. No necesitábamos llaves. Las puertas nunca tuvieron cerraduras. 
 
                                                                                      María Graciela Kebani

sábado, 31 de octubre de 2026

De genios y burócratas





—¿Qué harías si encontraras la lámpara de Aladino?
—Le pediría que acabe con el hambre en el mundo.
—Pero eso es imposible. Ni un genio de Las mil y una noches podría hacerlo.
—Más imposible es que la encuentre.
—¿Te parece?
—Por supuesto. Los genios no existen y los gobernantes tienen otras prioridades.


                                                                     María Graciela Kebani 

miércoles, 28 de octubre de 2026

La raíz que espera

 


















   Todos se estaban yendo. Se iban perdiendo como las hojas de los árboles en otoño. Como se pierden los pájaros que persiguen el sol, buscando  un cielo limpio y un mundo sin fronteras.

    Los que nos quedamos nos volvimos de piedra. Nos estiramos en el umbral de las casas vacías, estáticos, como estatuas que custodian un reino de fantasmas. Al principio, intentamos contar los pasos de los que se marchaban, pero el polvo del camino pronto borró sus huellas, dejando solo un eco sordo en las calles desiertas.

   Vivir en un lugar que se vacía es aprender a hablar con el silencio. El cartero ya no traía cartas, sino ausencias  en sobres vacíos. Las ventanas de los vecinos, antes llenas de ojos y cortinas de encaje, ahora reflejaban únicamente el paso de las nubes grises. Éramos el residuo de un naufragio en tierra firme.

   Sin embargo, una tarde, cuando el invierno ya amenazaba con congelar los últimos recuerdos, un brote verde asomó entre las grietas del pavimento de la plaza principal. No había nadie para verlo, salvo yo. Comprendí entonces que la quietud también era una forma de resistencia. Que quedarse no significaba necesariamente echarse a morir, sino convertirse en la raíz que esperaría el regreso de los pájaros, cuando el mundo, por fin, entendiera que los cielos no tienen dueño. 


                                                                                                    María Graciela Kebani


martes, 27 de octubre de 2026

Las puertas de la noche

 





     Me asomé a través de las puertas de la noche y descubrí que el pasillo de mi casa no terminaba en la calle, sino en un desierto de ceniza quieta. Las farolas levitaban a unos centímetros del suelo, encendidas, sin proyectar ninguna sombra. No soplaba el viento, pero se escuchaba el murmullo lejano de una multitud que pasaba las páginas de un libro inmenso. Retrocedí para cerrar la puerta, pero mis manos ya no eran capaces de encontrar el picaporte. La madera se había vuelto blanda y fluida como el agua.

                                                                                                  María Graciela Kebani