Desperté sobresaltado. Aún no podía desprenderme de las pesadillas. El aire de la habitación se percibía denso, casi sólido, como si el horror del sueño hubiera dejado un residuo físico en el espacio. Intenté averiguar la hora, pero los números eran destellos borrosos. Mi mente avanzaba a trompicones, atrapada en un lodo espeso que ralentizaba cada pensamiento. Seguía convencido de que el peligro acechaba detrás de las cortinas. Apoyé los pies en el piso buscando un anclaje con la realidad, pero la sensación de frío tardó varios segundos en llegar a mi cerebro, como si el puente entre mis sentidos y mi conciencia se hubiera quebrado. La pesadilla no había concluido; solo había cambiado de escenario.
El frío del suelo comenzó a transformarse en una vibración sorda que subía por mis piernas. El verdadero horror no era lo que acechaba en las sombras, sino la certeza de que las reglas del mundo real ya no aplicaban. La habitación, mi refugio seguro, se estiraba y se contraía al ritmo de mi respiración agitada. Cada objeto cotidiano —la silla, el espejo, la puerta— conservaba la geometría de mis pesadillas, como si el molde de la realidad se hubiera roto para siempre durante la noche. No había un monstruo al acecho; el monstruo era el espacio mismo, atrapado conmigo en un eco infinito de terror. Comprendí, con una lucidez espantosa, que cerrar los ojos o mantenerlos abiertos daba exactamente lo mismo: la frontera se había disuelto, y yo me había quedado del lado equivocado.
María Graciela Kebani



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