Me encerré en casa lo más rápido que pude. Creí que estaba solo, pero el espejo estaba allí, acechando, con su ojo redondo, desafiante, impertinente. Mi terror fue creciendo. Tenía sangre en la frente, en las mejillas, hasta en las manos.
El cristal me devolvió la imagen de mi rostro, quebrado, hecho trizas.
María Graciela Kebani

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