Desafortunadamente, no pudimos recordar el hechizo que restituyera a la luna su tamaño real y todo volviera a la normalidad.
Pronunciamos fórmulas al derecho y al revés. Pero no causaban ningún resultado.
Por momentos, nos parecía que la luna continuaba aumentando su magnitud de manera descomunal.
Todo el pueblo brillaba, espléndido. Torres, tejados, puertas, ventanas, calles, árboles resplandecían con un brillo increíble.
Hasta que una noche alguien volvió a intentarlo. Pero el conjuro no tuvo el efecto deseado. El astro desapareció completamente. No quedaron rastros.
Consternados tratamos entonces de descubrir alguna estrella, allá arriba, en el cielo.
Hasta hoy la búsqueda prosigue.
María Graciela Kebani

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