La tarde se llevó el sol y dejó una luna suspendida de los cielos. Por las calles se esparcían las sombras y ya no sabía bien por dónde andaba. Así no llegaría a ningún lado. Caminaba y caminaba con mi sombra que se movía al compás de mis pasos, mientras los recuerdos iban y venían. Yo no quería llegar. No, no quería. Creo que en lugar de avanzar, retrocedía. Las calles se embarullaban, se ensombrecían más y más y mi cabeza estaba a punto de estallar. Hasta que, de repente, no pude continuar. Un muro descomunal se alzaba ante mí como un ogro amenazador. Extendí los brazos y mis manos solo percibieron la piedra húmeda, helada.
Cuando alcé la mirada, desde el cielo caía como un torrente de lava, oscuro, inagotable, una hiedra que, seguramente, me cubriría para acabar asfixiándome.
La noche seguía urdiendo su trama de sombras y silencio.
María Graciela Kebani
















