lunes, 21 de septiembre de 2026

La roja Caperucita

 



—¿Quién es? ¿Quién toca a la puerta? 

—Soy yo, Caperucita.

—¿Caperucita?

—Sí, Caperucita Roja. Vengo a tomar el té.

—¡Ah, pasa, Caperucita! —reaccionó el Lobo con un tono de perfecta cordialidad. Estamos preparando el té con la Abuelita.

—¡Qué bien! Traje una tarta de frutillas.

—¡Buenísimo! Pasa, no te quedes ahí mirándome con esa cara. 

-¿Cómo estás, Caperucita querida? ¡Qué hermosa te ves!

—Gracias, abuelita —respondió la niña, observando el pacífico cuadro. Pero creo que estamos incurriendo en una grave anomalía narrativa. Estamos en problemas.

—¿En problemas? ¿Qué clase de problemas? —interrumpió el Lobo, sirviendo el té.

—El verdadero cuento no es así. El diseño original de nuestra estructura mítica exige que te comportes como un depredador despiadado y que ya te hayas devorado a la Abuelita.

—Bueno, claro —aseguró el Lobo, encogiéndose de hombros—. Pero este relato es una versión libre. 

—Demasiado libre —añadió la Abuelita, tejiendo en su mecedora—. Hemos deconstruido el conflicto subyacente para evitar el trauma.

—¿Y qué hacemos ahora con la expectativa del lector? —preguntó Caperucita, desconcertada.

—Nada —dictaminó el Lobo, cortando una porción de tarta. Las historias circulan, se reciclan y se adaptan a las necesidades del mercado emocional. La violencia explícita ya no vende finales felices.

—Casi todas las versiones modernas tienen final feliz, como la nuestra, ¿verdad, abuelita?

—Así es, mi niña. ¿Sabes, Don Lobo? Los seres humanos exigen, por lo general, consumir relatos que acaben felizmente. Les horroriza el vacío de la contingencia y la crueldad cruda del azar.

—Dejemos de especular —sentenció el Lobo, limpiándose los bigotes con una servilleta de lino. No nos olvidemos de que nuestro cuento es para adultos. Y los adultos sofisticados saben perfectamente que no existen lobos feroces que se despachan así como así a una inocente anciana, y mucho menos a su cándida nietita. Eso es folclore infantil.

—Es verdad —suspiró la niña. En el mundo de los grandes no hay espacio para lo absurdo o lo maravilloso. Exigen realismo moral.

—¿Estás segura, Caperucita? —intervino la Abuelita, mirándola por encima de sus lentes. Sí, por supuesto que lo exigen para la ficción. Pero en su realidad es exactamente al revés. Ellos siempre buscan los argumentos necesarios para explicar lo inexplicable, justificar lo injustificable y defender lo indefendible, aunque sus premisas resulten falaces. Siempre se aferran a un relato que les sea útil para demostrar sus teorías. Como este té de paz que tomamos hoy, querida: un hermoso cuento de hadas para no mirar el bosque que se quema afuera. 

                                                                                           María Graciela Kebani


jueves, 17 de septiembre de 2026

La primera transgresión

    


   Y así habló Dios: «Podrás comer de todos los árboles del paraíso, pero no deberás comer del árbol de la ciencia del bien y del mal. Si así lo hicieres, morirás». 

  El hombre entendió perfectamente que no debería desobedecer el mandato divino. Sin embargo, aconteció que la perversa serpiente se acercó con astucia premeditada a la mujer y le preguntó, casi en un susurro:

—¿Les prohibió Dios comer los frutos de todos los árboles del paraíso?

—Solo no podemos comer del árbol del conocimiento, de lo contrario, moriremos.

—No, no morirán. Dios sabe que si prueban ese fruto, sus ojos y sus mentes se abrirán y serán sabios como Dios, conocedores del bien y del mal. 

   Entonces, la mujer fue la primera que probó el fruto del árbol (que desde luego no era un manzano). Y no se contentó con disfrutarlo sola, sino que convidó a su pareja, Adán. Ni bien terminaron de disfrutar del último bocado, con vergüenza, advirtieron que estaban desnudos, literal y metafóricamente también.

   Intentaron a duras penas cubrirse y, aterrorizados, oyeron la poderosa voz que los llamaba. Se ocultaron a sabiendas de que habían quebrantado la ley. 

—¿Dónde estás?

—Te escuché y tuve miedo porque estoy desnudo. Por eso me escondí.

—¿Has comido del árbol prohibido?

—La mujer me ofreció y comí.

—¿Qué has hecho, mujer? —la incriminó el Todopoderoso.

  Y Eva, acorralada por la culpa y el miedo, se defendió diciendo:

—La malvada serpiente me engañó. 

  Entonces Dios recriminó a la serpiente en un claro ejemplo de propiedad transitiva.

—Por haber actuado con perfidia, maldita seas entre todos los animales. 

  Y Yavé Dios hizo tronar el escarmiento: la sanción fue inmediata para la primera pareja humana. No hubo piedad para los transgresores ni arrepentimiento que condonara la pena. 


                                                                                      María Graciela Kebani


Arañas







     Desperté en medio de la noche. Un desfile de arañas de los más diversos tamaños atravesaban mi cuarto como un río de aguas turbias. No hacían ruido. Ese silencio absoluto volvía la escena aún más irreal. Las más pequeñas, rápidas como chispas negras, avanzaban en hileras perfectas por las junturas del piso flotante. Las grandes se movían con una lentitud ceremonial sobre el techo, justo arriba de mi cabeza. El horror me congeló los músculos. Creí percibir el roce sutil de una de ellas en mi piel. El instinto barrió el letargo del sueño de un plumazo. Di un salto frenético hacia atrás, mientras contenía la respiración para no soltar un alarido. El movimiento alteró la formación y cientos de sombras erizadas comenzaron a dispersarse, a toda velocidad, hacia mí. Intenté gritar, pero ya sentía que las malditas criaturas arañaban mi garganta y.. 

                                                                                   María Graciela Kebani

domingo, 13 de septiembre de 2026

Un grito incontenible

     





           Un grito incontenible se elevó hacia los cielos. Luego descendió hasta los abismos más profundos. Toda la humanidad alzó la voz, no para pedir clemencia, sino para imprimir una señal imborrable en el vacío cósmico, un rugido salvaje que confirmaba que, a pesar de la oscuridad, todavía seguíamos aquí, cargando el peso de nuestros errores. 

        Sin embargo, pudimos despertar del letargo en que estuvimos sumidos por siglos y siglos. 

 

                                                                                   María Graciela Kebani

lunes, 7 de septiembre de 2026

Y así, de repente...









     Y así, de repente, lo arrojaron en este mundo aciago. No tuvo más opciones: se dedicó a sobrevivir corriendo una carrera cuya meta desconocía. Corría y corría, sin saber si el fin del trayecto sería, inexorablemente, la muerte. 

                                                                             María Graciela Kebani

viernes, 4 de septiembre de 2026

Di la vuelta

 





   Corrí hacia el mar y me detuve a orillas de la playa.

   Invoqué a Dios y mi voz se perdió en medio del estruendo de las olas. Volví a implorar a Dios, con más potencia y la voz de Dios se escuchó en la inmensidad de ese espacio sin límites. 

   No hubo palabras articuladas, sino una marea de comprensión que me golpeó con más fuerza que cualquier ola. La inmensidad ya no era un vacío amenazante, sino una presencia viva. El estruendo del mar no apagó mi voz. Caí de rodillas sobre la arena húmeda. 

   La voz se desvaneció tan rápido como había llegado, dejando tras de sí un silencio sobrehumano, a pesar del oleaje que seguía rompiendo cerca de mí. Respiré el aire salino  y di la vuelta. 


                                                                                               María Graciela Kebani


Secretos

   



        La noche enhebraba en un collar, una  una, las estrellas. Un secreto que los hombres habían olvidado en la tierra. Al amanecer, el hilo se desprendía y los secretos caían nuevamente, disueltos en el rocío.


                                                               María Graciela Kebani

lunes, 31 de agosto de 2026

La estela del ángel









     Se desprendieron las estrellas de los cielos y volaron en el viento como pájaros, resplandecientes.

      La luna creció y se abrió como una magnolia entre las ramas del árbol de la noche. 

      Un ángel desvelado cruzó la oscuridad. Su estela dejó flotando los versos de un poema. 

                                                                                       María Graciela Kebani

lunes, 10 de agosto de 2026

El muro

 





       La tarde se llevó el sol y dejó una luna suspendida de los cielos. Por las calles se esparcían las sombras y ya no sabía bien por dónde andaba. Así no llegaría a ningún lado. Caminaba y caminaba con mi sombra que se movía al compás de mis pasos, mientras los recuerdos iban y venían. Yo no quería llegar. No, no quería. Creo que en lugar de avanzar, retrocedía. Las calles se embarullaban, se ensombrecían más y más y mi cabeza estaba a punto de estallar. Hasta que, de repente,  no pude continuar. Un muro descomunal se alzaba ante mí como un ogro amenazador. Extendí los brazos y  mis manos solo percibieron la piedra húmeda, helada.

    Cuando alcé la mirada, desde el cielo caía como un torrente de lava, oscuro, inagotable, una hiedra que, seguramente, me cubriría para acabar asfixiándome.

     La noche seguía urdiendo su trama de sombras y  silencio. 


                                                                                                           María Graciela Kebani


"No están muertos los pájaros"

 




"No están muertos los pájaros"

                                Juan Gelman


No están muertos los pájaros,

no, no han muerto.

Viven.

Viven en los corazones 

de los hombres,

libres,

libres de cualquier lastre

que los ate a este suelo,

libres pra volar fuera de sus jaulas,

libres de  prejuicios

y de dogmas,

de fanatismos

 y de racismos 

de los más diversos colores.

No están los pájaros muertos,

mientras la música

de la poesía

nos libere del dolor

y  la impotencia,

y con sus alas desplegadas 

nos eleve 

más allá de la tierra 

y la tormenta. 

rumbo a  los cielos, 

hacia las estrellas. 


               María Graciela Kebani


¿Quién responderá?





¿Quién responderá?
¿Quién responderá
por tantos muertos
y tantos genocidios
encubiertos?
¿Quién responderá
por tanta madre
sin hijo
y tantos hijos
sin padres?
¿Quién responderá
por tanta ilusión segada,
por tanta violencia
desatada
y tanta vida
aniquilada?
¿Por tanta hierba
mutilada,
tanto árbol
deshojado
y tanto pájaro
enjaulado
quién responderá ?
¿Quién responderá
por tanta injusticia
cometida,
tanto corazón ultrajado,
por tanta hambre
y tanta sed
insatisfechas?
¿Por tanta lengua
y mano
cercenadas,
por tanta aurora
mancillada
y tanto cielo
emponzoñado,
por tanto niño
atropellado,
quién responderá?

María Graciela Kebani

viernes, 24 de julio de 2026

Como una araña










   Colgaba la luna de la telaraña del cielo. Como una araña tejía la trama de la noche. -¡Vamos!, ¿Qué esperás? -le gritó mientras corría como una ráfaga furiosa hacia el auto. Vio al hombre desplomado y la sangre que manaba, roja, de su cuerpo retorcido por el dolor. 
    Entonces se dio cuenta de que, en otra ocasión, no dudaría tanto en disparar. 

                                                                                     María Graciela Kebani

sábado, 18 de julio de 2026

Ángel niño







 Ángel niño 

Ventana abierta.

Un barrilete

en el viento 

y un sueño.

Mares de cielo 

sus ojos. 

Azul terciopelo

sus sueños. 

Palomas pasan volando,

pasan volando la tarde.


Un barrilete aletea 

en el aire

aromado de violetas. 

Ángeles de nieve 

sus alas, 

música de campanas.

Aprieta el niño

en sus manos

un sueño

que nunca acaba.

Ventana abierta.

Blancas pasan las nubes

como mariposas blancas.

Palomas pasan volando, 

pasan volando y se llevan,

un ángel niño

y la tarde.

Pasan volando y llevan,

alas de barrilete,

el ángel.

          María Graciela Kebani

lunes, 6 de julio de 2026

Él se llenó de luz

     




    La puerta estaba abierta. Entró como se entra a un misterio. Lo primero que descubrió fue un libro cerrado. Cuando se acercó, el libro se abrió como una flor. Y dejó flotando su perfume encantador. Las palabras se elevaron y volaron como barriletes. 

    Sembraron el aire de preguntas,

    de plegarias,

    de ilusiones,

    de poesía, 

    de besos, 

   de adioses,

   de recuerdos y de olvidos,

  de alegrías y de angustias.

     Y también él se llenó de luz como ese cuarto escondido y las palabras revolotearon como mariposas entre las ramas del cielo, trazando un camino brillante en el aire azul de la mañana. Entonces, comprendió que ya no era el mismo que había cruzado la puerta. Estiró sus brazos, atrapó una palabra que resplandecía y la guardó entre sus  manos. 


                                                                                  María Graciela Kebani


viernes, 26 de junio de 2026

Quisimos invocar al sol

 




     La noche se extendía como una mancha de tinta negra. Perturbadora. Asfixiante. No se veía nada. Nada de nada. Se olía el silencio. Un silencio oscuro, penetrante.

    Quisimos invocar al sol. Pero la oscuridad devoraba nuestras voces.

     Y la noche se eternizaba y nos dejaba al borde de la ceguera.

      Y sí, estábamos ciegos, aunque tuviéramos los ojos bien abiertos.


                                                                                  Mará Graciela Kebani

miércoles, 3 de junio de 2026

Alguien había abierto las puertas de este infierno

 



¿Quién gritó en medio de la noche?

¿Quién cortó los hilos de los sueños?

¿Qué tempestades agitaron nuestros barcos?

¿Quién incendió de fogatas el cielo?


Se vaciaron de hojas las copas de los árboles.

El otoño tendió una alfombra de hojas secas.

Se enredó el viento en las campanas 

y la muerte se descolgó de los tejados. 


¿Quién sembró de sangre los surcos de la tierra?

¿Quién segó las rosas del jardín de nuestra infancia?

Se escucharon voces que rezaban 

y el dolor de niños que lloraban.


El miedo fue creciendo a borbotones. 

Los pájaros volaron en bandadas,

buscando el rumbo que extraviaron.

Alguien había abierto las puertas de este infierno. 


                                                                      María Graciela Kebani


jueves, 21 de mayo de 2026

Me desperté...
















  Me desperté y sospecho que no creerán lo que vi. Ante mi mirada azorada, una serpiente exhibía descaradamente su lengua ponzoñosa. El terror me paralizó. Cerré los ojos con la esperanza de que solo fuera un personaje de mis frecuentes pesadillas. Cuando los volví a abrir, la pérfida serpiente se movía sinuosamente clavándome su mirada. 

-¿Qué pretendes? -le espeté indignado. 

  -Abrirte los ojos y la cabeza.

 -¿Para qué? Yo creo lo que quiero y sé perfectamente lo que debo hacer. ¿Adónde intentas conducirme? No estoy dispuesto a escuchar tus consejos ni voy a permitir que me embauques. Los tiempos de Adán y Eva perimieron.
 
-Se nota que no perdiste la soberbia. 

-Soy un hombre y conozco mis limitaciones. Podés irte por donde has venido. 

-Te arrepentirás de no escucharme. 

-Conozco demasiado bien el camino. 
 
Entonces deseé fervientemente que la endemoniada víbora se esfumara. Temí que acabara convenciéndome. 
 Cuando abrí los ojos, el reptil había desaparecido. Sin embargo, en la habitación se escuchó un rumor de cascabeles. 
La luna aún permanecía suspendida del cielo como la espada de Damocles. 

                                                  María Graciela Kebani 

jueves, 23 de abril de 2026

¿Qué buscas, poeta?









 
¿Qué buscas, poeta? 

                               ¿Qué buscas, poeta, en el ocaso? 
                                                                            Antonio Machado

¿Qué buscas, poeta, entre tantos escombros,
entre tanta niebla?
¿Qué buscas entre las nubes,
bajo los mares, en la tormenta? 
¿Qué esperas encontrar entre tanta estridencia,
entre tanta desolación,
entre tamaña violencia?
¿Acaso la felicidad que nunca se alcanza?
¿Acaso la esperanza que, poco a poco,
fuimos perdiendo, sin darnos cuenta?
Poeta, ya no queda espacio para la belleza,
ni para la magia,
ni para el asombro,
ni siquiera para los sueños.
Poeta, algún día encontrarás  los paraísos perdidos,
los cielos azules, 
la tierra florida.
Poeta, sigue persiguiendo las palabras,
una y otra vez,
aunque la poesía no alcance, 
aunque los versos solos no basten,
para calmar 
tanta sed,
tanto agobio,
tanta frustración, 
tanto espanto.  

                                      María Graciela Kebani

jueves, 16 de abril de 2026

Se llevó su magia...

 





        Salió huyendo.  Se llevó su magia, su pasión, su rebeldía. Nos dejó con los ojos brumosos y los sueños truncos. Y nos quedamos como  árbol sin hojas, como  noche sin luna, como  pájaro sin alas.

       Como la tierra reseca que espera ansiosamente la lluvia.


                                                              María Graciela Kebani

martes, 3 de marzo de 2026

La llave en la cerradura

   -




Discúlpeme, señor, ¿la calle Iberá?

-Siga derecho dos cuadras más y luego doble a la izquierda. Esa es Iberá.

A veces, lo sencillo se complica. Nada es tan fácil como uno cree. Seguí las indicaciones y cuando doblé, me encontré con una calle arbolada y una hilera de casitas idénticas. El sol iluminaba cálidamente las fachadas.

Mientras  caminaba, descubría algún gato dormitando en los jardincitos de los porches. 

El silencio, en lugar de relajarme, me inquietaba. 

Evidentemente era la hora de la siesta.

De pronto, un ruido casi imperceptible perturbó tanta quietud, tanta modorra. Percibí algo así como una llave que giraba en una cerradura.

Sin embargo, nadie salió de ninguna vivienda.

Seguí avanzando, mientras el sol me cegaba los ojos y volví a escuchar el mismo sonido que me recordaba el ruido de una llave en la cerradura. Un gato que descansaba en  una ventana se mantuvo imperturbable.

Nadie entró ni salió de esas inocentes casitas.

Solo yo, caminado bajo ese sol calcinante, esos gatos sumidos en un sueño interminable y el sonido de unas llaves enroscándose en una cerradura...

Nadie, nadie salió ni entró por ninguna puerta.

Un pájaro cruzó el cielo y el fuego del sol le encendió las alas. 


                                                                         María Geraciela Kebani

miércoles, 11 de febrero de 2026

Crucé las vías









     Crucé las vías con cierta aprensión. No sabía por qué. Cuando llegué al otro lado, vi que no había nada. Ni casitas, ni árboles, ni pájaros . Nada. Solo un vacío inconmensurable. Una quietud infinita. Un espacio capaz de abarcar toda la noche y sus estrellas, los sueños y las pesadillas. 
    Un silencio que crecía y crecía y lo inundaba todo como un río. 
    Casi podía percibir la presencia ominosa de la muerte.
   
                                                          María Graciela Kebani

miércoles, 28 de enero de 2026

"¿Qué estás buscando?"












 Pronunció las palabras maravillosas:

"¡Ábrete, sésamo!"

Y la puerta se abrió milagrosamente.

Pero, ¡oh, sorpresa! Detrás de la puerta, nada, absolutamente nada.

¿Ya habían vaciado todo?

De repente, en un rincón, casi inaccesible, descubrió un papel y en el papel leyó esta pregunta: "¿Qué estás buscando?" 

Entonces tomó conciencia de que, en realidad, no sabía qué estaba haciendo allí ni qué pretendía encontrar.

                                                                                         María Graciela Kebani


La tierra prometida

    



Caminábamos durante días. Caminábamos durante noches. Caminábamos. Solo caminábamos. No llegábamos nunca a ningún lado. Casi no descansábamos. Queríamos arribar a toda costa.

   ¿Adónde? No lo sabíamos. Sí sabíamos que aún no habíamos alcanzado la tierra prometida. Dos palabras maravillosas que encerraban nuestros más preciados anhelos, evocadoras de un tiempo que ya habíamos olvidado. ¿Dónde estaba ese sitio? ¿Quién nos había hecho tal promesa?

    Y seguíamos nuestro camino, sorteando los más variados obstáculos. Pero no nos rendíamos. Continuaríamos transitando amaneceres y ocasos, a lo largo de los años, a lo largo de los siglos. 


                                                                             María Graciela Kebani

sábado, 10 de enero de 2026

En el espejo

 







       Me encerré en casa lo más rápido que pude. Creí que estaba solo, pero el espejo estaba allí, acechando, con su ojo redondo, desafiante, impertinente. Mi terror fue creciendo. Tenía sangre en la frente, en las mejillas, hasta en las manos.

        El cristal me devolvió la imagen de mi rostro, quebrado, hecho trizas.


                                                                               María Graciela Kebani



                                                    

El conjuro

 




    Desafortunadamente, no pudimos recordar el hechizo que restituyera a la luna  su tamaño real y todo volviera a la normalidad.

  Pronunciamos fórmulas al derecho y al revés. Pero no causaban ningún resultado.

  Por momentos, nos parecía que la luna continuaba aumentando su magnitud de manera descomunal.

  Todo el pueblo brillaba, espléndido. Torres, tejados, puertas, ventanas, calles, árboles resplandecían con un brillo increíble.

   Hasta que una noche alguien volvió a intentarlo. Pero el conjuro no tuvo el efecto deseado. El astro desapareció completamente. No quedaron rastros.

   Consternados tratamos entonces de descubrir alguna estrella, allá arriba, en el cielo. 

    La búsqueda prosigue.


                                                                                    María Graciela Kebani