Un grito incontenible se elevó hacia los cielos. Luego descendió hasta los abismos más profundos. Toda la humanidad alzó la voz, no para pedir clemencia, sino para imprimir una señal imborrable en el vacío cósmico, un rugido salvaje que confirmaba que, a pesar de la oscuridad, todavía seguíamos aquí, cargando el peso de nuestros errores.
Sin embargo, pudimos despertar del letargo en que estuvimos sumidos por siglos y siglos.
María Graciela Kebani

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