El viento sacudía las sombras de los árboles y su voz se llenaba de palabras ininteligibles.
No, no podíamos entender. Las palabras se bamboleaban por los aires. Algunas quedaban pendiendo de las ramas. Otras se metían por las ventanas, colmaban nuestras casas y terminaban aturdiéndonos.
Y por más esfuerzos que hiciéramos, no conseguíamos descifrar su significado.
¿No podíamos o no queríamos comprender?
Y el viento seguía zarandeándonos y ensordeciéndonos.
Creo que acabaríamos gritando, suplicando piedad, porque, en realidad, no deseábamos entender lo que nos trataba de decir el viento.
María Graciela Kebani
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