Recién comenzaba a oscurecer. Contábamos cuentos junto al fuego. Algunas veces, nos reíamos a carcajadas; otras, nos aterrábamos como niños.
De pronto, el humo de la fogata comenzó a tomar una forma que parecía humana.
Cuando la figura se materializó, antes de que pudiéramos articular palabra, no habló de esta manera:
-¿No me reconocen? Soy Gulliver.
-¿Gulliver? ¿El que visitó países de enanos y de gigantes?
-Claro. Sucede que los enanos se convierten en gigantes y viceversa, según la perspectiva con la cual se mire.
-¿Y entonces? No existen ni enanos ni gigantes.
-Sí, en la medida en que los enanos no sepan ponerse de pie para ejercer su condición de humanos.
-¿Y los gigantes que deberían hacer?
-Descender de su pedestal y no creerse todopoderosos y sabelotodo.
-Pero, Gulliver, tu libro no es para niños.
-Por supuesto que no. Mis aventuras intentan satirizar las conductas humanas, la ignorancia, la soberbia, el egoísmo.
Los seres humanos deberían abandonar los prejuicios, las ambiciones que terminan sojuzgando a los otros.
Los hombres deberían leer los relatos que los pueblos han contado a través de los siglos. Los cuentos restauran nuestros vínculos ente nosotros y con la naturaleza.
Y así como apareció, Gulliver se esfumó ante nuestros ojos azorados .
María Graciela Kebani

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