lunes, 17 de noviembre de 2025

Aquelarre





   Las doce clavadas. Desde  las torres se descolgaban una a una las sombras. Y las sombras manchaban las calles que iban y venían. Subían y bajaban. Y los fantasmas entraban y salían a través de las puertas de la noche, trepaban a los campanarios y hacían repicar las campanas. Y las campanas soltaban estruendosas campanadas que despertaban a los diablos y convocaban a las brujas al inminente aquelarre. 




    La luna, hinchada de luz, pendía de las ramas de los árboles, mientras los murciélagos abrían y cerraban sus alas como si aventaran el ardiente fuego del infierno.

    En medio de un torbellino de llamaradas, de gritos,  de invocaciones, de conjuros, se aprestaba Lucifer a presentarse ante sus adoradores.

    La lechuzas estaban expectantes y los gatos se deslizaban sigilosamente a través de ese bosque de sombras.

   El viento ululaba como una bestia enjaulada.

   Las brujas se preparaban  para recibir a Satanás. 

   Sin embargo, el príncipe de los demonios no apareció y  sus avezadas acólitas no supieron cómo convocarlo. Olvidaron  encantamientos, antiguos sortilegios. Se fueron quedando sin palabras, sin ese poder satánico del que se ufanaban.

    Entonces las llamaradas se alzaron desde los abismos infernales y las devoraron. 

    Solo los brillantes ojos de los gatos alumbraban como faroles los lóbregos senderos de la noche. 

                                                                                                 María Graciela Kebani

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