De pronto, casi sin darnos cuenta, nos perdimos mientras atravesábamos caminos polvorientos y alejados de toda zona habitada..
Nos extraviamos como Hansel y Gretel en el bosque donde su padre los dejara abandonados. Y teníamos hambre y sed. Como esos niños. Y como ellos deseábamos fervientemente encontrar alguna casita de chocolate, adornada con las más variadas confituras. Pero, de ninguna manera, queríamos toparnos con la malvada bruja que, de seguro, acechaba en algún tenebroso rincón dispuesta a caer sobre sus indefensas víctimas.
Cargábamos con el peso de nuestros cuerpos más que con el peso de las armas que portábamos. ¡Qué solos estábamos! ¡Qué indefensos!
¿Cuándo habíamos perdido nuestra niñez? ¿Dónde había quedado sepultada?
Ansiábamos volver a casa, con nuestros padres. Arrojar las armas en algún pozo profundo y después huir, huir a campo traviesa. Abandonarlo todo.
De repente, entre tantas sombras desparramadas, creímos vislumbrar una luz. Una luz que parecía temblar como una estrella. Hacia allá enfilamos confiados en que, tal vez, podríamos encontrar el fuego de algún hogar donde calentarnos y saciar el hambre y la sed que tanto nos atormentaban. Preferimos creer, preferimos no perder la esperanza. Volvíamos a ser tan ingenuos como los niños.
María Graciela Kebani

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