Entonces Dios empezó a escuchar voces. Voces confusas, alteradas. Eran los hombres que discutían acaloradamente. Andaban trepados a una torre colosal que aún no se hallaba terminada.
Sumamente indignado Dios decidió confundirlos para castigar tanta soberbia y tamaña insolencia. Desde ese momento los hombres, que hablaban una sola lengua, no se entendieron más y se dispersaron por toda la faz de la tierra. Y la torre que debería haber alcanzado los cielos y desafiado el poder de la divinidad quedó trunca. Así se fracturó la unión que existía entre las creaturas a las que Yavé les había otorgado la vida. Los seres humanos jamás volverían a entenderse porque, a partir de la construcción fallida de la Torre de Babel, hablarían múltiples lenguas que solo contribuirían a separarlos.
María Graciela Kebani
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