Faltaba muy poco para que dieran las doce. Debía escapar antes de que se acabara el hechizo. Antes de que perdiera no solo un sino los dos zapatos recién estrenados y la carroza se convirtiera en calabaza.
Bajé las escaleras como perseguida por el mismísimo diablo.
Fue inútil. Antes de que legara al último escalón, sonaron las campanadas anunciando las doce y el fin del encantamiento.
Otra vez me encontré fregando los pisos de la casa, lavando y tendiendo ropa, cocinando y realizando todos los quehaceres domésticos habidos y por haber. Ni Cenicienta estaba condenada a tantos y variados menesteres.
Ahora, la única opción que me queda es esperar a otra hada madrina y un próximo hechizo.
María Graciela Kebani

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