lunes, 17 de noviembre de 2025

Aquelarre





   Las doce clavadas. Desde  las torres se descolgaban una a una las sombras. Y las sombras manchaban las calles que iban y venían. Subían y bajaban. Y los fantasmas entraban y salían a través de las puertas de la noche, trepaban a los campanarios y hacían repicar las campanas. Y las campanas soltaban estruendosas campanadas que despertaban a los diablos y convocaban a las brujas al inminente aquelarre. 




    La luna, hinchada de luz, pendía de las ramas de los árboles, mientras los murciélagos abrían y cerraban sus alas como si aventaran el ardiente fuego del infierno.

    En medio de un torbellino de llamaradas, de gritos,  de invocaciones, de conjuros, se aprestaba Lucifer a presentarse ante sus adoradores.

    La lechuzas estaban expectantes y los gatos se deslizaban sigilosamente a través de ese bosque de sombras.

   El viento ululaba como una bestia enjaulada.

   Las brujas se preparaban  para recibir a Satanás. 

   Sin embargo, el príncipe de los demonios no apareció y  sus avezadas acólitas no supieron cómo convocarlo. Olvidaron  encantamientos, antiguos sortilegios. Se fueron quedando sin palabras, sin ese poder satánico del que se ufanaban.

    Entonces las llamaradas se alzaron desde los abismos infernales y las devoraron. 

    Solo los brillantes ojos de los gatos alumbraban como faroles los lóbregos senderos de la noche. 

                                                                                                 María Graciela Kebani

miércoles, 12 de noviembre de 2025

Como Hansel y Gretel

 






           De pronto, casi sin darnos cuenta, nos perdimos mientras atravesábamos caminos polvorientos y alejados de toda zona habitada..

      Nos extraviamos como Hansel y Gretel en el bosque donde su padre los dejara abandonados. Y teníamos hambre y sed. Como esos niños. Y como ellos deseábamos fervientemente encontrar alguna casita de chocolate, adornada con las más variadas confituras. Pero, de ninguna manera, queríamos toparnos con la malvada bruja que, de seguro, acechaba en algún tenebroso rincón dispuesta a caer sobre sus indefensas víctimas.

     Cargábamos con el peso de nuestros cuerpos más que con el peso de las armas que portábamos. ¡Qué solos estábamos! ¡Qué indefensos!

      ¿Cuándo habíamos perdido nuestra niñez? ¿Dónde había quedado sepultada?

    Ansiábamos volver a casa, con nuestros padres. Arrojar las armas en algún pozo profundo y después huir, huir a campo traviesa. Abandonarlo todo.

       De repente, entre tantas sombras desparramadas, creímos vislumbrar una luz. Una luz que parecía temblar como una estrella. Hacia allá enfilamos confiados en que, tal vez, podríamos encontrar el fuego de algún hogar donde calentarnos y saciar el hambre y la sed que tanto nos atormentaban. Preferimos creer, preferimos no perder la esperanza. Volvíamos a ser tan ingenuos como los niños.


                                                                                    María Graciela Kebani

viernes, 31 de octubre de 2025

La Torre de Babel

     




   Entonces Dios empezó a escuchar voces. Voces confusas, alteradas. Eran los hombres que discutían acaloradamente. Andaban trepados a una torre colosal que aún no se hallaba terminada.

     Sumamente indignado  Dios decidió confundirlos para castigar tanta soberbia y tamaña insolencia. Desde ese momento los hombres, que hablaban una sola lengua, no se entendieron más y se dispersaron por toda la faz de la tierra. Y la torre que debería haber alcanzado los cielos y desafiado el poder de la divinidad quedó trunca. Así  se fracturó la unión que existía entre las creaturas a las que Yavé les había otorgado la vida. Los seres humanos jamás volverían a entenderse porque, a partir de la construcción fallida de la Torre de Babel, hablarían múltiples lenguas que solo contribuirían a separarlos. 


                                              María Graciela Kebani

sábado, 25 de octubre de 2025

"No es bueno que el hombre esté solo."

 





        Y dijo Dios: "No es bueno que el hombre esté solo."

         Entonces de la costilla del primer hombre Dios creó a la mujer para que lo acompañara.

         Dios les dio todo lo bueno que había sido engendrado por su acto creador.  

         Adán no vaciló en culpar a la mujer por haber comido el fruto del árbol prohibido.

         Entonces Dios, extremadamente irritado y dolido, los castigó a ambos: Los expulsó sin compasión del paraíso que les había ofrendado. Y durante siglos y siglos, antes y después de Cristo, Eva vivió bajo el dominio de Adán, tal como lo había decretado Dios.

         Pero, en verdad, ¿quién dispuso que la vida de la mujer dependiera inexorablemente del hombre?

        El relato bíblico, en definitiva, es otro de los tantos relatos a los que el hombre nos tiene acostumbrados.

                                                                                     María Graciela Kebani


jueves, 16 de octubre de 2025

Infinitud






 Rueda el sol en la rueda del cielo.

Y el tiempo rueda también en un círculo de fuego.

Infinitud.

Y el viento rueda y se enreda entre los pinos.

Y el río rueda entre las piedras y canta. 

Va arrastrando en su lecho las doradas hojas que el otoño desprende a su paso.

Y van rodando los poemas que la humanidad ha creado a través de los siglos.

Y la música, imbuida de un ímpetu todopoderoso, en espiral ascendente alcanza la inmensidad de las esferas celestes.


                                                                                     María Graciela Kebani

Nos habíamos equivocado nuevamente

 





                                        


 No podíamos salir por más que intentáramos andar y desandar el camino. No había manera de encontrar la salida por más que buscáramos alguna puerta entre tantos corredores.

   No, no había puertas. Solo pasillos que terminaban por convertirse, en realidad, en túneles que se abrían ante nuestros ojos azorados para volver a cerrarse.

   Hasta que finalmente, cuando ya habíamos descartado cualquier esperanza, divisamos una luz. A medida que avanzábamos la luminosidad parecían aumentar.

   Allá, bien lejos, creímos percibir  alguna abertura que conduciría hacia el exteiror.

   Sin embargo, al acercarnos, comprobamos con desesperación que nos habíamos equivocado nuevamente.                

                                                                             

        María Graciela Kebani

domingo, 12 de octubre de 2025

El hechizo

 





    Faltaba muy poco para que dieran las doce. Debía escapar antes de que se acabara el hechizo. Antes de que perdiera no solo un sino los dos zapatos recién estrenados y la carroza se convirtiera en calabaza.

      Bajé las escaleras como perseguida por el mismísimo diablo.

     Fue inútil. Antes de que legara al último escalón, sonaron las campanadas anunciando las doce y el fin del encantamiento.

     Otra vez me encontré fregando los pisos de la casa, lavando y tendiendo ropa, cocinando y realizando todos los quehaceres domésticos habidos y por haber. Ni Cenicienta estaba condenada a tantos y variados menesteres.

   Ahora, la única opción que me queda es esperar a otra hada madrina y un próximo hechizo.

                                                                                                 María Graciela Kebani