viernes, 3 de enero de 2025

Señales






   Y entonces el viento empezó a crecer como los ojos del espanto. Vociferaba desorbitado. Con sus manotazos perseguía las nubes que se iban acumulando como se acumula la ira hasta que explota. 

   Y el mar, allá abajo, subía, bramando como una fiera acorralada. 

   Y el mar abría sus fauces y como un dragón enfurecido echaba espuma y cubría los cielos y la tierra.

    Y en el vértigo desatado por el huracán se escucharon las plegarias de los que aún confiaban en sus dioses.

    Las voces giraron como un trompo enloquecido.

    Y el viento arrollador las diseminó por todo el universo.


                                                                                 María Graciela Kebani

jueves, 28 de noviembre de 2024

¿A dónde volar?

 





¿A dónde volar

si no tenemos alas?

¿A dónde huir,

si no hay ningún refugio?

¿A quién llamar,

si nadie nos responde? 

¿A quién rezar,

si nadie nos escucha? 

Abro puertas y ventanas

para que entre el sol,

la luz de la mañana.

El viento refresca

las últimas pesadillas.

La vida recomienza.

No importa si es otoño 

o primavera.

El camino se despliega

como una rosa

que ha perdido 

sus espinas.


                                  María Graciela Kebani






miércoles, 6 de noviembre de 2024

Ser o no ser

 





   Ser o no ser ¿Es esa la cuestión? No, definitivamente. Es la duda. La duda que nos taladra, que nos carcome, que nos asedia. 

     La duda interminable, recalcitrante.

    Estamos solos. Solos clamando al cielo. Solos, sumergidos en las brasas de un infierno intolerable. Y rechinan los dientes y oprimimos el viento entre las manos, inútilmente. Y cerramos los ojos ante una realidad que nos asfixia. A veces gritamos para recordar el sonido de nuestra voz, porque ya no encontramos las palabras que expresen nuestra angustia y nuestro desencanto. Y entonces la duda vuelve a importunarnos y sabemos que no nos dará tregua, que la duda no dejará lugar a ninguna certeza. Solo un cúmulo de preguntas sin respuestas.

     Y así nuestra soledad no tiene límites.


                                                                                  María Graciela Kebani



sábado, 12 de octubre de 2024

Frente a frente

 






   Giré la cabeza y me sorprendí al descubrir, frente a frente, a mi doble. Igualito. Más igualito, imposible. Sin embargo, había algo en esos ojos que me provocaban un horror indescriptible. Más lo miraba, más repulsión me causaba. No era yo, obviamente. No podía ser yo. Podía ser mi imagen duplicada, pero no era yo. No, de ninguna manera. Ni siquiera mi reflejo. Entonces...

   Ahora estoy aquí, mientras la sangre fluye como un río enrojecido.

                                                                                       María Graciela Kebani


Llovía como si fuera la primera vez.

 









    En el cielo se agolparon los relámpagos y los truenos estallaron agrietando los muros de la noche. Y nosotros esperábamos con ansia la lluvia. Pero no llovía. No, no llovía. Ni una gota. Y sentíamos la tremenda sed de la tierra en nuestra propia carne. Más reseca que la piel de una tortuga. Ya nos habíamos olvidado de la transparencia, de la frescura de la lluvia.

     Hacía meses que no llovía. Podían caer una o dos gotas y nada más. En el templo ardían las velas. No nos quedaban santos para invocar. Hasta la esperanza se nos escapaba. Acabaríamos por resignarnos. Nos habíamos acostumbrado a sobrevivir. 

    Sin embargo, aquella noche fue diferente. Parecía que en el cielo se libraba una batalla. Una batalla entre ángeles y demonios. ¿Qué se disputaban? 

    Súbitamente empezaron a caer las primeras gotas y, poco a poco, nuestros cuerpos sedientos pudieron sentir la frescura de una lluvia que como una cascada se precipitaba desde el cielo.

     Llovía como si fuera la primera vez. 

    Y nuestros ojos y nuestros labios y hasta nuestras manos se abrían como las nubes y dejaban caer la bendición de la lluvia.

                                                                               María Graciela Kebani



domingo, 22 de septiembre de 2024

¡Ni Dios puede hacerlo!

    



    A veces, escuchaba al diablo que caminaba por la terraza, bien entrada la madrugada. No podía imaginar a Satanás paseándose con aire fantasmal por mi azotea.

    Una noche decidí averiguar qué se traía entre manos. La luna, afortunadamente, andaba exhibiendo su redondo vientre de plata y las baldosas relucían hasta en los rincones. Mis ojos trataron de vislumbrar al intruso. Ni rastros. Ni siquiera su cola endemoniada.

    De repente, escuché carcajadas a mis espaldas. Y allí, delante de mí, lo vi, apuntándome con sus ojos de fuego.

  -¿Qué pretendés de mí? -lo encaré.

  -Siempre pretendo lo mismo. Firmar un pacto.

  -¿Querés mi alma? ¿A cambio de qué?

   -Vos le ponés precio.

   -¿El amor? ¿La belleza? ¿El dinero? ¿El paraíso? 

   -Todo menos el paraíso.

   -¿Y la paz entre los hombre?

   -¡Eso, imposible!

   -¿No podés garantizarme la paz?

   -Por supuesto que no. ¿En qué mundo vivís? ¡Ni Dios puede hacerlo!


                                                                     María Graciela Kebani




domingo, 1 de septiembre de 2024

Soy yo, papá

    







    De repente, escuché ruidos en el altillo. Sabía perfectamente, que allí no había nadie. Sin embargo, se oía como si alguien anduviera revolviendo las cosas acumuladas por años en ese desván. 

    El corazón me golpeaba el pecho desaforadamente. 

   No había ninguna explicación razonable.

    Me temblaban las piernas. Todo mi cuerpo se sacudía como si hubiera recibido una descarga eléctrica.

    Escuché apenas mi voz que se alzaba en medio del terror y el desconcierto: 

    "¿Quién esta ahí?"

     Y otra voz respondió:

     "Soy yo, papá."

      Pero mi padre estaba muerto.


                                                                      María Graciela Kebani