lunes, 30 de junio de 2025

Otra vez la guerra

 



Otra vez la guerra. Otra vez la muerte golpeándonos las puertas. A viva voz. Otra vez la sangre como un alud incontenible ardiendo como hogueras furibundas.

Otra vez los misiles atravesando los cielos enrojecidos. 

Otra vez los hombres explotando sobre aldeas indefensas.

Otra vez el llanto fluyendo como ríos desatados estrellándose como se estrella el mar contra las rocas.

Otra vez los gritos, los alaridos taladrando el aire enrarecido.

Otra vez el dolor y la impotencia.

Otra vez la esperanza, mancillada.

Otra vez las palabras, mutiladas, precipitándose en el vacío más abyecto.


                                                                            María Graciela Kebani


sábado, 14 de junio de 2025

El espejo tan temido

    




    Anochecía. Caminaba solo, solo con mi sombra a cuestas. Y la sombra de los árboles en las veredas. Trataba de alejar mis miedos y mis dudas que se acrecentaban a medida que avanzaba por esas calles desiertas. Algún que otro farol apenas alumbraba. Creaban una atmósfera cada vez más inquietante. Debía llegar a pesar de todo. Debía enfrentar lo que me torturaban desde hacía tantos años.

   Casi sin darme cuenta, me topé con la casa. Apenas la reconocí. La luz bamboleante de un farol desnudaba el deterioro provocado por el paso del tiempo.

   Traspasé el umbral y mis pasos   desataron un ruido descomunal ante el silencio y el polvo acumulado durante años y años.

    No alcanzaba a entrever nada. La linterna del celular a duras penas iluminaba ese espacio vacío donde seguramente un sinfín de telarañas colgaban como  vaporosas cortinas.

   Las sombras se desparramaban por todas partes y el aire resultaba irrespirable. 

   ¿Qué había pasado? ¿Qué me había pasado?

   No solo el tiempo, sino la vida se me había escapado de las manos. Y ahora recorría esas habitaciones abandonadas que ya no guardaban ni un recuerdo de mi infancia ni de mi adolescencia. 

   

En esas paredes descascaradas no quedaban rastros de mis sueños ni de mis fugaces alegrías. Solo una angustia inacabable, que amenazaba volverse eterna, indescifrable. Y allí, al pie de la escalera, el espejo.

Siempre había estado en ese sitio, con su perturbadora presencia. Siempre reflejando aquella imagen de nosotros que no queremos reconocer. Sin embargo, el espejo, entre las penumbras que deambulaban por ese cuarto desprovisto de cualquier tipo de vida, no reflejaba absolutamente nada. El espejo tan temido abría su tenebroso vientre capaz de transportarnos al túnel más oscuro y más interminable. Presentí una presencia ominosa tras la boca abierta de ese espejo aterrador que me contemplaba con sus ojos vacuos. Pero yo no podía distinguir mi rostro en ese  vidrio empañado de tinieblas. 

  Sin pensarlo dos veces, a los tumbos, salí huyendo como si me persiguiera el diablo. Sí, el mismísimo diablo, con toda su furia, con todo su desparpajo. Sin embargo, en el fondo, yo sabía perfectamente que no era el demonio el que me perseguía.    


                                                               María Graciela Kebani


¿Qué respuesta esperaba?















Me miró fijo con unos ojos que evocaban abismos insondables. El duende estaba ahí, 


siniestro, amenazante. Y yo no podía evadir su mirada hipnótica. Tampoco me sentía capaz 


de salir huyendo. Estaba como petrificado.


    -¿Por qué te quedaste sin palabras? -me espetó.


    No atiné a responderle. 


    -¿Qué te aterra? ¿Estás viendo tu alma a través de mis ojos? ¿O creés que soy la serpiente bíblica que solo busca tentarte?


    ¿Qué respuesta esperaba?  No lo supe en aquel momento ni lo sé tampoco ahora.                                   


                                                                          María Graciela Kebani

martes, 3 de junio de 2025

Génesis

 






  Repentinamente, una luz filosa como un cuchillo rasgó los últimos jirones de sombras de la noche. En medio de un silencio sobrecogedor una voz irrumpió como una luminosa catarata.

  Entonces la palabra de Dios puso en movimiento el enigma del Universo.

  El reloj del tiempo empezó a  marcar la hora de la vida.


                                                                  María Graciela Kebani

domingo, 25 de mayo de 2025

Y yo aquí

      









    Llegaba la noche y se desataban los ruidos. Primero crujían los muebles de la habitación y luego rechinaban las maderas del piso. Por momentos el viento sacudía las persianas y alborotaba el follaje de los árboles. De cuando en cuando traía el lastimero ladrido de algún perro.

     Una canilla desvelaba dejaba caer una gota tras otra. El persistente goteo creció de tal manera que rebalsó las paredes de la habitación.

     Los fantasmas entraban y salía de los espejos y los gatos insomnes recorrían, sigilosamente, la azotea buscando algún amorío bajo la luna.

     Y yo aquí, con los oídos atentos, con la mirada abierta hurgando en las sombras, mientras los monstruos agazapados  en los rincones me espiaban y me clavaban sus ojos fosforescentes y sus púas en mis tortuosos sueños. 

    Y  yo aquí,  tratando, inútilmente, de vislumbrar alguna luz que presagiara el alba.


                                                                                               María Graciela Kebani


jueves, 15 de mayo de 2025

Ese grito

 





    Así, de repente, se cayó redonda la luna en el pozo de la noche. Entonces hubo más oscuridad y más incertidumbre sobre la faz de la tierra.

    Un silencio ominoso creció de tal modo que desbordó los inciertos límites del Universo.

    Y nosotros andábamos como ciegos tanteando las paredes del cielo.

    Nos aferrábamos al viento, pero el viento nos zarandeaba de aquí  para allá, como las hojas desprendidas del otoño. 

     Y así estábamos, arrastrándonos como serpientes, tratando de vislumbrar alguna claridad, alguna estrella. 

    Y la vida resbalaba como resbala la lluvia hacia algún sombrío precipicio.

    Y nos cercaban las sombras y los sueños ya eran grotescas pesadillas.

    Y buscábamos con desesperación la manera de escapar de este pozo donde nos asfixiábamos.  

    Y ansiábamos la luz, pero solo nos topábamos con penumbras y con pavor comprobábamos que los túneles y las galerías se propagaban, se abrían y se cerraban, giraban, se apretujaban y no podíamos escapar de la trampa en la que nos hallábamos. 

     Sin embargo, creímos escuchar una voz o, quizás, un alarido que parecía anunciar una luz entre tantas tinieblas.

    Y ese solo grito nos trajo un mínimo rayo de esperanza. 


                                                                                        María Graciela Kebani


lunes, 5 de mayo de 2025

Las palabras







Las palabras se entrelazan, tejen historias y cantan. Cantan hasta canciones de cuna. 

Las palabras se agitan, se precipitan hacia abismos insondables. 

A veces crujen, como cruje la tierra presa de un sismo.

Las palabras se agigantan, se inflan como globos y explotan, fulguran, truenan y se 

expanden por todo el Universo.

Las palabras gritan, se arrodillan y rezan, se yerguen como las semillas que poquito a poco 

germinan en la tierra.

Son rosas que se abren y ocultan sus espinas.

Son estrellas que brillan con su propio brillo.

Y de una galera mágica hacen aparecer palomas que ascienden buscando el cielo. No 

existen jaulas que las encierren; no existen vallas que las detengan.

Las palabras nos atraviesan, nos liberan, nos elevan por los aires y nos recuerdan a cada 

instante nuestra condición de humanos. Y las palabras revolotean, aletean. Son mariposas 

que escapan de los labios y nos abren el corazón y la memoria.  


                                                                                 María Graciela Kebani