martes, 15 de diciembre de 2020

Están ahí


Están ahí,

ahí, 

clavados en la intemperie de la noche.

Solitos.

Con las manos barridas por el viento,

con la mirada

colmada de sombras

y de espanto.

Están ahí, 

ahí,

con los ojos desnudos

y el hambre,

un hambre feroz

rasguñando las entrañas, 

clamando una caricia, 

una palabra.

Esperando una flor,

un rayo de sol

y de ternura.


Están ahí, 

sobreviviendo

sin más futuro

que ese presente

descarnado,

sin más ilusión

que alcanzar el cielo

con los pies descalzos.

 

                   María Graciela Kebani

domingo, 13 de diciembre de 2020

El reloj de la torre

 

   Tarde advirtió que había perdido el rumbo y, para colmo de males, empezaba a anochecer. Poco a poco se encendían los faroles, mientras recorría esas calles tortuosas.

   Caminaba ensimismado tratando de recordar. Si logaba encontrar la plaza y la torre, podría ubicarse con facilidad. ¿La torre? Aquella torre altísima, con un reloj cuyas agujas siempre señalaban las doce. Vaya uno a saber si del mediodía o de la medianoche. Siempre que pasaba y observaba el reloj, imaginaba que las manecillas se movían y en cualquier momento soltaría una campanada.

    Pero no. En la blanca esfera el tiempo parecía congelado. 

   De pronto, creyó escuchar cómo una llave giraba en una cerradura. Estaban abriendo una puerta. Buena oportunidad para preguntar cómo podría llegar a su destino. Se adelantó para dar tiempo a que la persona saliera. Sin embargo, cuando volvió la cabeza, advirtió que aún la puerta no se había abierto.

   Continuó avanzando. Otra vez el ruido de una llave en una cerradura. No obstante, nadie trasponía la puerta. Por tercera vez sucedió lo mismo. Oyó claramente cómo giraba la llave y por tercera vez ninguna puerta se abrió. 

   Entonces, cuando ya las sombras lo seguían de cerca y su desazón aumentaba minuto a minuto, creyó vislumbrar, a lo lejos, una torre y en la torre un reloj. Las manecillas del reloj clavadas en las doce.

                                                                                                             María Graciela Kebani              

miércoles, 9 de diciembre de 2020

Ya había amanecido

     



          Cerró los ojos. Cuando los abrió, ya había amanecido. El sol se quebró como un espejo y, de inmediato, se iluminaron todos los rincones de la Tierra.      

                                                                                                                     María Graciela Kebani


miércoles, 2 de diciembre de 2020

Atrapado

         


     Cuando despertó había quedado atrapado en el sueño, perdido en una biblioteca cuya semejanza con un laberinto lo perturbaba y mucho.

      Deambulaba por pasillos interminables rodeado de estanterías infinitas que albergaban libros y más libros encolumnados, ordenados y prolijamente catalogados.

      Entraba y salía, recorría los pasillos, pero no conseguía hallar el libro que buscaba. Iba y venía, abría y cerraba los ojos. Avanzaba y retrocedía cercado por una intensa niebla.

     Los volúmenes se reproducían, se abrían y se cerraban como alas de mariposas y él seguía avanzando recorriendo con creciente angustia esos pasillos oscuros y estrechos. Despertaba y volvía a dormirse. 

    Un reloj cucú anunciaba la hora, mientras buscaba afanosamente el libro.

    Si despertaba, no lo encontraría nunca. Entonces cerró los ojos y volvió a zambullirse en esa pesadilla sin fin.

                                                                                                                María Graciela Kebani

martes, 17 de noviembre de 2020

No estaba dispuesto a traspasar ninguna puerta más

 

La puerta se abrió lentamente. Cuando ingresó a la casa, una luz difusa no le permitió distinguir con precisión dónde estaba. Avanzó con precaución por lo que parecía un pasillo estrecho, sumido en la penumbra. Caminaba sin hacer ruido, sin despertar el silencio.

De pronto, algo rozó sus piernas. Se sobresaltó. Y no era para menos. No creía en apariciones sobrenaturales. Ni ángeles ni demonios saldrían a su encuentro.

Juntó coraje y siguió adelante.

Nuevamente otro roce más inquietante lo sorprendió sobremanera. Entonces se topó con el suave pelaje de un gato. Percibió el cálido ronroneo a través de su mano; esa mágica vibración lo estremeció.

Se sintió aliviado, a pesar de que los felinos no despertaban en él gran devoción.

Se convertiría en su lazarillo en ese peregrinaje por territorios desconocidos.

Cuando traspuso la segunda puerta, una vaharada de sombras lo dejó sin aliento.

Encontró una llave de luz. Una bombilla insignificante iluminó débilmente una habitación vacía. Una ventana con sus postigos cerrados aumentaba la sensación de agobio.  

De repente, en una zona de penumbra, dos luceros refulgían. Eran los ojos de un gato. No acabó de reaccionar, cuando descubrió otros dos ojos, brillando entre las sombras.

No dejaban de observarlo, mudos, enigmáticos. 

Impresionado buscó otra puerta para escapar de esa mirada hipnótica.

En un rincón, al fondo, en un antiguo reloj de péndulo, el tiempo se había detenido.


Medio oculta, otra puerta se abrió cuando la empujó. Y entonces ya no pudo calcular cuántos ojos iban emergiendo de los más recónditos sitios de ese otro cuarto atestado de libros. Estanterías que llegaban hasta el techo. Tenía la sensación de que de los libros se desprendían gatos como hojas que el otoño dispersa.  Subían y bajaban,  trepaban  por las estanterías  con una agilidad sorprendente. Parecían más interesados en los libros que en su presencia. Faltaba que algún felino se dispusiera a leer. 


Contemplaba azorado cómo iban y venían, recorriendo fascinados las estanterías colmados de volúmenes de todo los tamaños y colores.

De repente, un bellísimo gato de pelaje  gris perlado y de deslumbrantes ojos verdes se le acercó.

El misterioso felino con su elegancia proverbial, resabio de su divinidad perdida, parecía señalarle otra puerta por donde continuar su camino.

Sin embargo, permaneció allí inmóvil. No estaba dispuesto a  traspasar ninguna puerta más.

                                                                                                     María Graciela Kebani

sábado, 17 de octubre de 2020

La pesadilla recién comenzaba

   

  La noche se estiraba como un bandoneón desafinado. Apuró el paso. Ya se había cansado demasiado. Estaba convencido de que se encontraba cerca.

    De pronto, una música empezó a rondar por su cabeza.

     No podía identificarla. Sin embargo, consiguió remontarse en el tiempo y ubicarla en algún momento de su adolescencia.

    Hurgó aún más en el pasado y un dolor cada vez más profundo le nubló la mirada.

    Poco a poco el recuerdo irrumpió con toda claridad despejando las tinieblas que el olvido se encargaba de ocultar.

    La música comenzó a sonar más fuerte y la angustia se agudizó.

    Siguió avanzando con la firme intención de llegar. Llegar lo más rápido posible. Y olvidar. Debía olvidar y callar esa música que amenazaba aturdirlo. Pero no conseguía acallarla. Martillaba su cerebro con insistencia arrolladora y le impedía continuar. Sonaba y resonaba en su oídos enloqueciéndolo.

    En medio de esa música infernal acabó llorando como un niño.

    La pesadilla recién comenzaba.

    Mientras la noche plegaba y replegaba su  bandoneón de sombras y de silencio.

                                                                                                                              María Graciela Kebani

martes, 6 de octubre de 2020

Un trueno sacudió hasta los cimientos de la noche

            


             Se detuvo. Sospechaba que había perdido el rumbo. Retrocedió unos pasos, pero solo sirvió para darse cuenta de que un revoltijo de calles giraban  y se enroscaban y no conducían a ningún sitio.

              Entonces, volvió sobre sus pasos con la intención de retomar el camino. Fue inútil. También fue inútil encontrar a alguien que lo orientara un poco.

           El cielo se cargaba de nubes. Alcanzó a ver cómo empezaba a relampaguear. En cualquier momento se desataría la tormenta y él, solo, en medio de un paraje irreconocible.

                Finalmente, un trueno sacudió hasta los cimientos de la noche.  

                                                                                                   María Graciela Kebani