Y llovía. Llovía desde el amanecer hasta el ocaso. El agua resbalaba de las chimeneas a los tejados, y de los campanarios a las calles adoquinadas, lavando la piedra y borrando las huellas de los pocos que se atrevían a salir. El verdadero problema no fue el agua filtrándose por debajo de la puerta, sino el moho que empezó a brotar en nuestras voluntades.
La persistencia del agua deslizándose por los cristales nos inquietaba hasta el agobio. El pueblo entero parecía flotar en un letargo húmedo; el repiqueteo constante sobre las tejas se convirtió en nuestro único silencio.
Poco a poco, los días se fundieron en semanas, y las semanas en meses de un gris uniforme.
No había tregua ni viento que empujara las nubes. Solo una cortina pesada y monótona que amenazaba con ahogar los últimos recuerdos del verano.
Llovía. Y nosotros nos encerrábamos cada día un poco más.
Llovía, y la esperanza se iba diluyendo.
Llovía, y yo temí que todo el pueblo acabara acostumbrándose.
María Graciela Kebani
.jpg)
No hay comentarios:
Publicar un comentario