Se curvó aún más la silueta plateada de la luna. Se mecía en las aguas del mar. A veces llegaba hasta la playa; otras, se alejaba hacia la línea del horizonte. Con cada vaivén, el rumor del oleaje traía un susurro indescifrable: una voz hecha de espuma y sal que pronunciaba un nombre que casi reconocía. Caminé hacia la orilla sin sentir mis propios pasos sobre la arena húmeda. El reflejo plateado no parpadeaba; parecía una grieta brillante abierta en la oscuridad.
Al estirar la mano para tocar ese brillo, la luna se hundió repentinamente, dejando en su lugar un abismo sombrío. Un frío punzante empezó a clavarse en mis tobillos.
Nadie vendría a buscarme.
María Graciela Kebani

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