Me asomé a través de las puertas de la noche y descubrí que el pasillo de mi casa no terminaba en la calle, sino en un desierto de ceniza quieta. Las farolas levitaban a unos centímetros del suelo, encendidas, sin proyectar ninguna sombra. No soplaba el viento, pero se escuchaba el murmullo lejano de una multitud que pasaba las páginas de un libro inmenso. Retrocedí para cerrar la puerta, pero mis manos ya no eran capaces de encontrar el picaporte. La madera se había vuelto blanda y fluida como el agua.
María Graciela Kebani

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