La nieve había estado cayendo hora tras hora, sin prisa, sin pausa. La calle parecía una estampa navideña. Me serví una taza de café, me envolví en la manta y me dispuse a contemplar cómo el invierno congelaba el tiempo al otro lado de la ventana.
Al mirar el reflejo del vidrio empañado, no reconocí de inmediato mi propio rostro. Vi la sombra de la casa de mi infancia. De pronto, un crujido en la madera de la sala me hizo voltear, sin embargo, allí solo estaba la soledad de siempre.
Afuera, la nieve continuaba resbalando, lenta pero inexorablemente, como el tiempo.
María Graciela Kebani
