miércoles, 28 de octubre de 2026

La raíz que espera

 


















   Todos se estaban yendo. Se iban perdiendo como las hojas de los árboles en otoño. Como se pierden los pájaros que persiguen el sol, buscando  un cielo limpio y un mundo sin fronteras.

    Los que nos quedamos nos volvimos de piedra. Nos estiramos en el umbral de las casas vacías, estáticos, como estatuas que custodian un reino de fantasmas. Al principio, intentamos contar los pasos de los que se marchaban, pero el polvo del camino pronto borró sus huellas, dejando solo un eco sordo en las calles desiertas.

   Vivir en un lugar que se vacía es aprender a hablar con el silencio. El cartero ya no traía cartas, sino ausencias  en sobres vacíos. Las ventanas de los vecinos, antes llenas de ojos y cortinas de encaje, ahora reflejaban únicamente el paso de las nubes grises. Éramos el residuo de un naufragio en tierra firme.

   Sin embargo, una tarde, cuando el invierno ya amenazaba con congelar los últimos recuerdos, un brote verde asomó entre las grietas del pavimento de la plaza principal. No había nadie para verlo, salvo yo. Comprendí entonces que la quietud también era una forma de resistencia. Que quedarse no significaba necesariamente echarse a morir, sino convertirse en la raíz que esperaría el regreso de los pájaros, cuando el mundo, por fin, entendiera que los cielos no tienen dueño. 


                                                                                                    María Graciela Kebani


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