viernes, 26 de diciembre de 2025

Solo un camino desolado y polvoriento

 






   Cuando giré, solo vi un camino polvoriento salpicado de cactus espinosos. El viento clavó en mi rostro  sus púas erizadas. El sol enrojecía más y más el horizonte. Allá lejos el cielo parecía incendiarse.

   Repentinamente, no pude entender cómo, me encontré ante un cruce de vías. Y en el colmo del asombro  escuché la campanilla que anunciaba que un tren se aproximaba.

   En realidad, no se veía ninguna estación a la distancia.

   No tuve tiempo para decidir qué haría. El tren pasó ante mí como una ráfaga y la tierra tembló.


 

   Miré a un lado y a otro de las vías. Nada. Solo un camino desolado y polvoriento. Un viento erizado de púas clavándose en mi piel hasta mis huesos y un cielo, allá lejos, ardiendo como una fogata. 


                                                                                   María Graciela Kebani



lunes, 15 de diciembre de 2025

El ropero

 





      Estaba apurada, como de costumbre. Y como de costumbre no encontraba la ropa. Ya estaba atrasada y seguía perdendo alegremente el tiempo.

   Sucedió que al introducir la mano en el ropero, otra mano poderosa me sujetó con fuerza y me tironeó hacia dentro, hacia lo desconocido.

   Obviamente ese día llegué tarde al trabajo y, como era de esperar, nadie, absolutamente nadie, creyó mi historia.

   Me temo que ustedes, tampoco.


                                                                            María Graciela Kebani

¿No podíamos o no queríamos comprender?








 El viento sacudía las sombras de los árboles y su voz se llenaba de palabras ininteligibles.

  No, no podíamos entender. Las palabras se bamboleaban por los aires. Algunas quedaban pendiendo de las ramas. Otras se metían por las ventanas, colmaban nuestras casas y terminaban aturdiéndonos.

 Y por más esfuerzos que hiciéramos, no conseguíamos descifrar su significado.

 ¿No podíamos o no queríamos comprender?

 Y el viento seguía zarandeándonos y ensordeciéndonos.

  Creo que acabaríamos gritando, suplicando piedad, porque, en realidad, no deseábamos entender lo que nos trataba de decir el viento.      

                                                                   María Graciela Kebani

ABRACADABRA

 






Pronuncié la palabra mágica.

No pasó absolutamente nada.

Pronuncié por segunda vez: "Abracadabra".

Tampoco ocurrió nada.

La tercera vez, casi en un susurro, volví a insistir.

Ahora sí. El baúl se abrió, pero lamentablemente estaba vacío.

Demás está decirles que no pude escribir el cuento.

   
                                                     María Graciela Kebani

lunes, 8 de diciembre de 2025

GULLIVER en la tierra de los hombres

 




    Recién comenzaba a oscurecer. Contábamos cuentos junto al fuego. Algunas veces, nos reíamos a carcajadas; otras, nos aterrábamos como niños. 

  De pronto, el humo de la fogata comenzó a tomar una forma que parecía humana.

   Cuando la figura se materializó, antes de que pudiéramos articular palabra, no habló de esta manera:

  -¿No me reconocen? Soy Gulliver.

  -¿Gulliver? ¿El que visitó países de enanos y de gigantes?

   -Claro. Sucede que los enanos se convierten en gigantes y viceversa, según la perspectiva con la cual se mire. 

   -¿Y entonces? No existen ni enanos ni gigantes.

   -Sí, en la medida en que los enanos no sepan ponerse de pie para ejercer su condición de humanos.

   -¿Y los gigantes que deberían hacer?

    -Descender de su pedestal y no creerse todopoderosos y sabelotodo.

    -Pero, Gulliver, tu libro no es para niños.

    -Por supuesto que no. Mis aventuras intentan satirizar las conductas humanas, la ignorancia, la soberbia, el egoísmo. 

    Los seres humanos deberían abandonar los prejuicios, las ambiciones que terminan sojuzgando a los otros. 

    Los hombres deberían leer los relatos que los pueblos han contado a través de los siglos. Los cuentos restauran nuestros vínculos ente nosotros y con la naturaleza. 

      Y así como apareció, Gulliver se esfumó ante nuestros ojos azorados .

                                                                 María Graciela Kebani


miércoles, 3 de diciembre de 2025

Nunca más volveremos a alcanzar el paraíso

 





¿Qué es esta oscuridad que nos despoja de todos los sueños e impide ordenar los pensamientos?

No queremos recordar. No, no queremos.

En algún momento nos arrebataron el paraíso.

Sin embargo, el mar acerca los recuerdos hasta la orilla de la memoria y los abandona allí, entre la espuma.

Y el mar se lleva las  huellas de un pasado que, a veces, intenta retornar. 

¿Qué es este silencio donde se abisman las palabras?

¿Qué es esta soledad que nos atraviesa como el filo de una espada?

¿Esta incertidumbre que nos abruma?

¿Y este fuego que nos abrasa?

¿Y esta esperanza que se va esfumando a cada instante?

¿Qué es esto de no vivir la vida, esperando la muerte?

¿Para qué interrogar a Dios? ¿Qué es lo que pretende? ¿Por qué nos dejó tan solos, a merced de los vientos y de las tempestades , abandonados en los laberintos de este mundo en donde el mal se propaga como las epidemias?

¿Qué es esta búsqueda incesante de las llaves que abrirían las puertas que se nos han ido cerrando a través de los siglos? Y las sombras se alargan como las noches en invierno.

Y las voces de los hombres siguen clamando en los desiertos, en los mares, en las montañas... Pero nadie responde. Las voces se las lleva el viento.

Las palabras se evaporan, como se evaporan los sueños.

Nunca más volveremos a alcanzar el paraíso. 


                                                             María Graciela Kebani


lunes, 17 de noviembre de 2025

Aquelarre





   Las doce clavadas. Desde  las torres se descolgaban una a una las sombras. Y las sombras manchaban las calles que iban y venían. Subían y bajaban. Y los fantasmas entraban y salían a través de las puertas de la noche, trepaban a los campanarios y hacían repicar las campanas. Y las campanas soltaban estruendosas campanadas que despertaban a los diablos y convocaban a las brujas al inminente aquelarre. 




    La luna, hinchada de luz, pendía de las ramas de los árboles, mientras los murciélagos abrían y cerraban sus alas como si aventaran el ardiente fuego del infierno.

    En medio de un torbellino de llamaradas, de gritos,  de invocaciones, de conjuros, se aprestaba Lucifer a presentarse ante sus adoradores.

    La lechuzas estaban expectantes y los gatos se deslizaban sigilosamente a través de ese bosque de sombras.

   El viento ululaba como una bestia enjaulada.

   Las brujas se preparaban  para recibir a Satanás. 

   Sin embargo, el príncipe de los demonios no apareció y  sus avezadas acólitas no supieron cómo convocarlo. Olvidaron  encantamientos, antiguos sortilegios. Se fueron quedando sin palabras, sin ese poder satánico del que se ufanaban.

    Entonces las llamaradas se alzaron desde los abismos infernales y las devoraron. 

    Solo los brillantes ojos de los gatos alumbraban como faroles los lóbregos senderos de la noche. 

                                                                                                 María Graciela Kebani

miércoles, 12 de noviembre de 2025

Como Hansel y Gretel

 






           De pronto, casi sin darnos cuenta, nos perdimos mientras atravesábamos caminos polvorientos y alejados de toda zona habitada..

      Nos extraviamos como Hansel y Gretel en el bosque donde su padre los dejara abandonados. Y teníamos hambre y sed. Como esos niños. Y como ellos deseábamos fervientemente encontrar alguna casita de chocolate, adornada con las más variadas confituras. Pero, de ninguna manera, queríamos toparnos con la malvada bruja que, de seguro, acechaba en algún tenebroso rincón dispuesta a caer sobre sus indefensas víctimas.

     Cargábamos con el peso de nuestros cuerpos más que con el peso de las armas que portábamos. ¡Qué solos estábamos! ¡Qué indefensos!

      ¿Cuándo habíamos perdido nuestra niñez? ¿Dónde había quedado sepultada?

    Ansiábamos volver a casa, con nuestros padres. Arrojar las armas en algún pozo profundo y después huir, huir a campo traviesa. Abandonarlo todo.

       De repente, entre tantas sombras desparramadas, creímos vislumbrar una luz. Una luz que parecía temblar como una estrella. Hacia allá enfilamos confiados en que, tal vez, podríamos encontrar el fuego de algún hogar donde calentarnos y saciar el hambre y la sed que tanto nos atormentaban. Preferimos creer, preferimos no perder la esperanza. Volvíamos a ser tan ingenuos como los niños.


                                                                                    María Graciela Kebani

viernes, 31 de octubre de 2025

La Torre de Babel

     




   Entonces Dios empezó a escuchar voces. Voces confusas, alteradas. Eran los hombres que discutían acaloradamente. Andaban trepados a una torre colosal que aún no se hallaba terminada.

     Sumamente indignado  Dios decidió confundirlos para castigar tanta soberbia y tamaña insolencia. Desde ese momento los hombres, que hablaban una sola lengua, no se entendieron más y se dispersaron por toda la faz de la tierra. Y la torre que debería haber alcanzado los cielos y desafiado el poder de la divinidad quedó trunca. Así  se fracturó la unión que existía entre las creaturas a las que Yavé les había otorgado la vida. Los seres humanos jamás volverían a entenderse porque, a partir de la construcción fallida de la Torre de Babel, hablarían múltiples lenguas que solo contribuirían a separarlos. 


                                              María Graciela Kebani

sábado, 25 de octubre de 2025

"No es bueno que el hombre esté solo."

 





        Y dijo Dios: "No es bueno que el hombre esté solo."

         Entonces de la costilla del primer hombre Dios creó a la mujer para que lo acompañara.

         Dios les dio todo lo bueno que había sido engendrado por su acto creador.  

         Adán no vaciló en culpar a la mujer por haber comido el fruto del árbol prohibido.

         Entonces Dios, extremadamente irritado y dolido, los castigó a ambos: Los expulsó sin compasión del paraíso que les había ofrendado. Y durante siglos y siglos, antes y después de Cristo, Eva vivió bajo el dominio de Adán, tal como lo había decretado Dios.

         Pero, en verdad, ¿quién dispuso que la vida de la mujer dependiera inexorablemente del hombre?

        El relato bíblico, en definitiva, es otro de los tantos relatos a los que el hombre nos tiene acostumbrados.

                                                                                     María Graciela Kebani


jueves, 16 de octubre de 2025

Infinitud






 Rueda el sol en la rueda del cielo.

Y el tiempo rueda también en un círculo de fuego.

Infinitud.

Y el viento rueda y se enreda entre los pinos.

Y el río rueda entre las piedras y canta. 

Va arrastrando en su lecho las doradas hojas que el otoño desprende a su paso.

Y van rodando los poemas que la humanidad ha creado a través de los siglos.

Y la música, imbuida de un ímpetu todopoderoso, en espiral ascendente alcanza la inmensidad de las esferas celestes.


                                                                                     María Graciela Kebani

Nos habíamos equivocado nuevamente

 





                                        


 No podíamos salir por más que intentáramos andar y desandar el camino. No había manera de encontrar la salida por más que buscáramos alguna puerta entre tantos corredores.

   No, no había puertas. Solo pasillos que terminaban por convertirse, en realidad, en túneles que se abrían ante nuestros ojos azorados para volver a cerrarse.

   Hasta que finalmente, cuando ya habíamos descartado cualquier esperanza, divisamos una luz. A medida que avanzábamos la luminosidad parecían aumentar.

   Allá, bien lejos, creímos percibir  alguna abertura que conduciría hacia el exteiror.

   Sin embargo, al acercarnos, comprobamos con desesperación que nos habíamos equivocado nuevamente.                

                                                                             

        María Graciela Kebani

domingo, 12 de octubre de 2025

El hechizo

 





    Faltaba muy poco para que dieran las doce. Debía escapar antes de que se acabara el hechizo. Antes de que perdiera no solo un sino los dos zapatos recién estrenados y la carroza se convirtiera en calabaza.

      Bajé las escaleras como perseguida por el mismísimo diablo.

     Fue inútil. Antes de que legara al último escalón, sonaron las campanadas anunciando las doce y el fin del encantamiento.

     Otra vez me encontré fregando los pisos de la casa, lavando y tendiendo ropa, cocinando y realizando todos los quehaceres domésticos habidos y por haber. Ni Cenicienta estaba condenada a tantos y variados menesteres.

   Ahora, la única opción que me queda es esperar a otra hada madrina y un próximo hechizo.

                                                                                                 María Graciela Kebani

miércoles, 8 de octubre de 2025

Y las sombras...

 





Y dijo Dios:

"¡Hágase la luz!"

Y la luz se hizo.

Y luego el hombre dijo:

"¡Hágase la oscuridad!"

Y las sombras se esparcieron por toda la faz de la tierra.

Y el hombre vio que todo lo que había hecho no era bueno. Pero continuó con su obra de destrucción, despreocupado, siempre mirando hacia el futuro.


                                                                        María Graciela Kebani

martes, 23 de septiembre de 2025

Las gafas

 



    No encontraba las gafas por ningún lado. Ansiaba terminar el relato que estaba leyendo. Afortunadamente las descubrió entre los almohadones del sofá.

    En algún momento, perdió la cabeza en algún sitio.

    Lamentablemente no pudo saber cómo acababa el cuento.


                                                                      María Graciela Kebani






Y entonces...

 





    Regresó a la casa después de tantísimos años. Quiso recorrer el jardín, pero se había transformado en una selva. Fue a la cocina en busca de algún cuchillo que le permitiera abrirse paso, o defenderse de alguna fiera. Podría suceder que el gato negro se hubiera convertido en una pantera y entonces...  


                                                 María Graciela Kebani

martes, 16 de septiembre de 2025

INSOMNIO

 








En las noches de insomnio,

las sombras tejían

los versos de un poema.

                          María Graciela Kebani


Milagro






Ahora los pájaros llenaban la tarde y se abrían las últimas rosas del otoño.

Ahora el sol era un incendio de campanas.

El cielo rojo, enrojecido, parecía una fogata.

Sin embargo, el fuego se apagaría. Nos quedaríamos apenas con los sombras y con más dudas que certezas.

Y la noche nos hacía olvidar las pesadillas del día para dejarnos solos con los fantasmas que comienzan su ronda en cuanto se apagan las luces. 

A pesar de todo esperamos cada amanecer con cierta esperanza, confiados en que el nuevo día podría ser el portador del milagro que cambiará nuestro destino. 


                                                                                         María Graciela Kebani

QUISE...

 





Quise volar desde la tierra al cielo,

llegar hasta las estrellas, 

más allá del sol, más allá del tiempo.

Quise encontrar a la niña que había sido,

recuperar, de repente, los días de la infancia.

Quise atravesar el mar y descubrir algún país desconocido,

que no figurara en ningún mapa.

Quise abrir todas las jaulas que encierran los sueños,

lanzar mi voz al viento 

para que se escuchen mis plegarias, 

aquí an la tierra como en los cielos.

Quise abrazar a la humanidad sufriente,

a aquellos hombres que se han olvidado de vivir 

y que solos van peregrinando hacia la muerte.

Quise buscar a Dios, pero me perdí en intrincados laberintos.

Y cuando encontré el camino,

ya era tarde.

Sin embargo, en el fondo del ánfora  (qué bella palabra) de Pandora se mantiene oculta la esperanza.

                                                                                                              María Graciela Kebani


lunes, 15 de septiembre de 2025

El mar ya las había devorado







 Un viento arrollador me dejó sin voz. Desesperada intenté buscar las palabras que pudieran salvarme. 

 No encontré ningún rastro en la arena.

 El mar ya las había devorado. 

                                                              María Graciela Kebani


viernes, 12 de septiembre de 2025

Aquí, abajo

 







Allá, arriba, Dios.

Aquí, abajo, los hombres.

Y un puente que une ambos extremos.

Finalmente, nosotros, los humanos, ya nos encargamos de dinamitarlo.  


                                                                    María Graciela Kebani










Se quedó mi infancia ...

     











     Se quedó mi infancia perdida en alguna estrella, o en alguna plaza, donde giraba sin cesar una calesita, o, quizás, en la sonrisa de un payaso, o mejor aún, en la magia de algún cuento o de un poema.

    Se quedó mi infancia perdida en algún castillo de arena o, o en aquella muñeca capaz de hablar y de cantar como una niña.

    Mi infancia se refugió en la música que despertaba mundos de resonancias increíbles. 

    No dudó en acudir a los libros y a su hechizo. Novelas, cuentos, poesías desfilaban ante mis ojos ávidos de maravillas.

    Mi infancia trepó hasta alturas prodigiosas y cuando tuvo que descender, erigió una montaña de sueños.

   Todavía hoy las fantasías de mi niñez encienden las noches de la memoria. 


                                                                                      María Graciela Kebani





jueves, 4 de septiembre de 2025

¿Cuánto nos duraría?

 






    Buscábamos el sol en un cielo neblinoso. Durante días y días, amanecía nublado. El pueblo todo estaba quieto, adormecido. Hasta el viento permanecía inmóvil, colgado de los árboles.

    También el tiempo parecía suspendido. Las horas no pasaban y una sensación de abulia nos embargaba. 

    Poco a poco, sin embargo, nos fuimos acostumbrado y llegó un momento en que dejamos de buscar el sol.

    Afortunadamente no llovía. Solo la niebla nos cercaba como una muralla. Nos cegaba y nos amordazaba. Parecíamos aletargados, anestesiados.

   Hasta que un día (siempre, en algún momento, sucede algo que irrumpe la monotonía), más precisamente una mañana, despertamos con el canto de los pájaros. La luz del sol precisaba los contornos de las casitas.

  Los árboles brillaban con otra luminosidad. La torre de la iglesia resplandecía.

  El pueblo era  otro. Irreconocible. Revivimos.

  Creo que nunca estuvimos tan cerca del paraíso. ¿Cuánto nos duraría? 


                                                                                                María Graciela Kebani


viernes, 25 de julio de 2025

La pregunta

 


                            


  Primero toqué el timbre, una, dos, tres, cuatro veces. Nada. Nadie respondía- Después golpeé como para que alguien me escuchara. Pero no. Nadie salió a abrir la puerta.

  De pronto, alguien me increpó:

 -¿Quién es usted? ¿Qué quiere?

-Soy solo un hombre que busca una respuesta.

-¿Cuál es su pregunta?

-¿Qué hago yo en esta tierra?

-No soy yo quien debe saciar su curiosidad.

-¿No podría responder a mi cuestionamiento? Alguien debería. No es tan difícil.

-¿Le parece?

-Alguien pergeñó este mundo.

-¿Por qué debería existir una razón, un sentido?

-Siempre hacemos algo con un fin, aunque no esté muy definido.

-No, no siempre. Al contrario, el absurdo es la regla.

- Usted cree que la razón...

-Engendra monstruos, a veces...

-¿Monstruos?

  -Sí, todo aquello que está fuera de la ley, de los dogmas, de la conciencia y que acaba rozando los bordes de un precipicio siempre abierto, dispuesto a devorarnos.

  Usted debe admitir que la debilidad de la razón no es capaz de soportar el edificio que el hombre ha erigido en su nombre o en el de Dios, cualquiera fuera su naturaleza. Le aconsejo que continúe su camino y siga golpeando. Alguna puerta por fin se le abrirá y  encontrará, quizás, alguna respuesta a su pregunta.

-Tal vez la duda sea el único camino. 


                                                                        María Graciela Kebani






martes, 22 de julio de 2025

Tan lejos y tan cerca








¿De qué materia estamos hechos?

Acaso de estrellas, de ilusiones, de silencios,

de lluvia, de arena, de nostalgia,

quizás de luz, de perfume, de música, de magia.

¿Solo sangre fluye en nuestras venas?

¿Solo tiempo cargan nuestros huesos?

¿Qué río, qué nube,

qué viento nos recorre, nos eleva?

¿Qué caminos trazan nuestras huellas?

¿Qué edificios construyen nuestros sueños?

¡Cuánto fuego, cuánta fe y desmesura

en la esperanza!

¿Qué cielos persiguen nuestras alas?

¿Qué puentes tienden nuestros ojos?

Cuántas injusticias nos sublevan.

Los mares, las playas, las montañas 

siempre nos congregan,

hasta los versos de un poema.

Sin embargo, Dios está tan lejos y tan cerca.



                                              María Graciela Kebani


martes, 15 de julio de 2025

Sucedió así

 

 


                                                                                                                  



  Y sucedió así.  Casi sin darnos cuenta. Empezamos a enmudecer de a poco.  Nos habíamos vaciado de palabras.

  Al principio no le dimos importancia, pero con el paso del tiempo, la situación comenzó a preocuparnos. Decidimos   recurrir a los gestos. Sin embargo, las manos, los ojos, los labios ya no eran suficientes. A fin de cuentas, terminaríamos incomunicados. Cada uno en lo suyo. Dejaríamos de compartir lo que soñábamos, lo que pensábamos. 

   Hasta que un día, se produjo algo así como un milagro. Nos dimos cuenta de que podíamos  comunicarnos a través de la música. Y entonces sí que volvimos a sentirnos un poco más humanos. La música se expandió por todos los espacios y era como si hasta el viento se hubiera convertido en una maravillosa melodía. 

   Todo era música, una  armonía  que contagiaba las ganas de vivir y de agradecer. Y la música se adentraba hasta en la sangre, hasta en los huesos y nos transformaba, nos transportaba hasta las esferas celestiales.

   Y así, poco a poco, sumamos nuestras voces en un canto capaz de reunirnos y elevarnos por encima de nuestras limitaciones, más allá de nuestras discrepancias, más allá de... 

   
  Cantábamos y nuestro canto volaba como vuelan las aves, remontando el viento, buscando el sol.                    


                                                                                 María Graciela Kebani



                                       



lunes, 30 de junio de 2025

Desperté

 





Desperté súbitamente. El llanto de un niño vulneró el pesado silencio de la noche. 

La voz acongojada del niño clama a su madre.

Sin embargo, ninguna voz pudo calmar tanta desesperación y tanto desamparo.


                                                                         María Graciela Kebani

Abrí la ventana

 



   Abrí la ventana. El viento intempestivamente se metió en mi cuarto y me llenó los ojos de nubes y tormentas; los oídos, de gemidos y de llantos.

  Solo atiné a cerrar la ventana, pero ya no pude.

                                                                                       María Graciela Kebani

Otra vez la guerra

 



Otra vez la guerra. Otra vez la muerte golpeándonos las puertas. A viva voz. Otra vez la sangre como un alud incontenible ardiendo como hogueras furibundas.

Otra vez los misiles atravesando los cielos enrojecidos. 

Otra vez los hombres explotando sobre aldeas indefensas.

Otra vez el llanto fluyendo como ríos desatados estrellándose como se estrella el mar contra las rocas.

Otra vez los gritos, los alaridos taladrando el aire enrarecido.

Otra vez el dolor y la impotencia.

Otra vez la esperanza, mancillada.

Otra vez las palabras, mutiladas, precipitándose en el vacío más abyecto.


                                                                            María Graciela Kebani


sábado, 14 de junio de 2025

El espejo tan temido

    




    Anochecía. Caminaba solo, solo con mi sombra a cuestas. Y la sombra de los árboles en las veredas. Trataba de alejar mis miedos y mis dudas que se acrecentaban a medida que avanzaba por esas calles desiertas. Algún que otro farol apenas alumbraba. Creaban una atmósfera cada vez más inquietante. Debía llegar a pesar de todo. Debía enfrentar lo que me torturaban desde hacía tantos años.

   Casi sin darme cuenta, me topé con la casa. Apenas la reconocí. La luz bamboleante de un farol desnudaba el deterioro provocado por el paso del tiempo.

   Traspasé el umbral y mis pasos   desataron un ruido descomunal ante el silencio y el polvo acumulado durante años y años.

    No alcanzaba a entrever nada. La linterna del celular a duras penas iluminaba ese espacio vacío donde seguramente un sinfín de telarañas colgaban como  vaporosas cortinas.

   Las sombras se desparramaban por todas partes y el aire resultaba irrespirable. 

   ¿Qué había pasado? ¿Qué me había pasado?

   No solo el tiempo, sino la vida se me había escapado de las manos. Y ahora recorría esas habitaciones abandonadas que ya no guardaban ni un recuerdo de mi infancia ni de mi adolescencia. 

   

En esas paredes descascaradas no quedaban rastros de mis sueños ni de mis fugaces alegrías. Solo una angustia inacabable, que amenazaba volverse eterna, indescifrable. Y allí, al pie de la escalera, el espejo.

Siempre había estado en ese sitio, con su perturbadora presencia. Siempre reflejando aquella imagen de nosotros que no queremos reconocer. Sin embargo, el espejo, entre las penumbras que deambulaban por ese cuarto desprovisto de cualquier tipo de vida, no reflejaba absolutamente nada. El espejo tan temido abría su tenebroso vientre capaz de transportarnos al túnel más oscuro y más interminable. Presentí una presencia ominosa tras la boca abierta de ese espejo aterrador que me contemplaba con sus ojos vacuos. Pero yo no podía distinguir mi rostro en ese  vidrio empañado de tinieblas. 

  Sin pensarlo dos veces, a los tumbos, salí huyendo como si me persiguiera el diablo. Sí, el mismísimo diablo, con toda su furia, con todo su desparpajo. Sin embargo, en el fondo, yo sabía perfectamente que no era el demonio el que me perseguía.    


                                                               María Graciela Kebani


¿Qué respuesta esperaba?















Me miró fijo con unos ojos que evocaban abismos insondables. El duende estaba ahí, 


siniestro, amenazante. Y yo no podía evadir su mirada hipnótica. Tampoco me sentía capaz 


de salir huyendo. Estaba como petrificado.


    -¿Por qué te quedaste sin palabras? -me espetó.


    No atiné a responderle. 


    -¿Qué te aterra? ¿Estás viendo tu alma a través de mis ojos? ¿O creés que soy la serpiente bíblica que solo busca tentarte?


    ¿Qué respuesta esperaba?  No lo supe en aquel momento ni lo sé tampoco ahora.                                   


                                                                          María Graciela Kebani

martes, 3 de junio de 2025

Génesis

 






  Repentinamente, una luz filosa como un cuchillo rasgó los últimos jirones de sombras de la noche. En medio de un silencio sobrecogedor una voz irrumpió como una luminosa catarata.

  Entonces la palabra de Dios puso en movimiento el enigma del Universo.

  El reloj del tiempo empezó a  marcar la hora de la vida.


                                                                  María Graciela Kebani

domingo, 25 de mayo de 2025

Y yo aquí

      









    Llegaba la noche y se desataban los ruidos. Primero crujían los muebles de la habitación y luego rechinaban las maderas del piso. Por momentos el viento sacudía las persianas y alborotaba el follaje de los árboles. De cuando en cuando traía el lastimero ladrido de algún perro.

     Una canilla desvelaba dejaba caer una gota tras otra. El persistente goteo creció de tal manera que rebalsó las paredes de la habitación.

     Los fantasmas entraban y salía de los espejos y los gatos insomnes recorrían, sigilosamente, la azotea buscando algún amorío bajo la luna.

     Y yo aquí, con los oídos atentos, con la mirada abierta hurgando en las sombras, mientras los monstruos agazapados  en los rincones me espiaban y me clavaban sus ojos fosforescentes y sus púas en mis tortuosos sueños. 

    Y  yo aquí,  tratando, inútilmente, de vislumbrar alguna luz que presagiara el alba.


                                                                                               María Graciela Kebani


jueves, 15 de mayo de 2025

Ese grito

 





    Así, de repente, se cayó redonda la luna en el pozo de la noche. Entonces hubo más oscuridad y más incertidumbre sobre la faz de la tierra.

    Un silencio ominoso creció de tal modo que desbordó los inciertos límites del Universo.

    Y nosotros andábamos como ciegos tanteando las paredes del cielo.

    Nos aferrábamos al viento, pero el viento nos zarandeaba de aquí  para allá, como las hojas desprendidas del otoño. 

     Y así estábamos, arrastrándonos como serpientes, tratando de vislumbrar alguna claridad, alguna estrella. 

    Y la vida resbalaba como resbala la lluvia hacia algún sombrío precipicio.

    Y nos cercaban las sombras y los sueños ya eran grotescas pesadillas.

    Y buscábamos con desesperación la manera de escapar de este pozo donde nos asfixiábamos.  

    Y ansiábamos la luz, pero solo nos topábamos con penumbras y con pavor comprobábamos que los túneles y las galerías se propagaban, se abrían y se cerraban, giraban, se apretujaban y no podíamos escapar de la trampa en la que nos hallábamos. 

     Sin embargo, creímos escuchar una voz o, quizás, un alarido que parecía anunciar una luz entre tantas tinieblas.

    Y ese solo grito nos trajo un mínimo rayo de esperanza. 


                                                                                        María Graciela Kebani


lunes, 5 de mayo de 2025

Las palabras







Las palabras se entrelazan, tejen historias y cantan. Cantan hasta canciones de cuna. 

Las palabras se agitan, se precipitan hacia abismos insondables. 

A veces crujen, como cruje la tierra presa de un sismo.

Las palabras se agigantan, se inflan como globos y explotan, fulguran, truenan y se 

expanden por todo el Universo.

Las palabras gritan, se arrodillan y rezan, se yerguen como las semillas que poquito a poco 

germinan en la tierra.

Son rosas que se abren y ocultan sus espinas.

Son estrellas que brillan con su propio brillo.

Y de una galera mágica hacen aparecer palomas que ascienden buscando el cielo. No 

existen jaulas que las encierren; no existen vallas que las detengan.

Las palabras nos atraviesan, nos liberan, nos elevan por los aires y nos recuerdan a cada 

instante nuestra condición de humanos. Y las palabras revolotean, aletean. Son mariposas 

que escapan de los labios y nos abren el corazón y la memoria.  


                                                                                 María Graciela Kebani

miércoles, 16 de abril de 2025

Hacia el ocaso

 





 Ahora empieza a llover y la lluvia cae con la cadencia de una letanía, sobre los tejados, sobre los campos de girasoles, sobre el verdor de los valles.

  Y la lluvia cae , sosegada, sobre la fuente, cae y fluye con el río.

  La lluvia cae, diáfana, para deshojarse en las flores y humedece hasta el perfume de la  mañana y hasta la brisa humedece.

   Y la lluvia ahora cuelga y se descuelga, esmerilada, de las ramas de los árboles.

   Y resbala, transparente, por los cristales de las ventanas. Y yo aquí, contemplando cómo se desliza la lluvia desde mis ojos hasta mis manos. 

   Y siento que voy resbalando, lentamente, hacia el olvido, hacia el silencio, hacia el ocaso. 


                                                                                   María Graciela Kebani




Otra vez

 



       Un pájaro atravesó las ventanas del cielo con un viento de campanas.

        El día abrió de par en par sus puertas y dejó flotar un perfume de jazmines y de rosas.

        El sol reveló su rostro más brillante y apuntó hacia las últimas sombras de la noche.

        Entonces, estalló un disparo como un grito e hirió el aire adormecido.

        Una explosión de alas y de luces rojas, enrojecidas, cubrió el cielo atormentado.

        Otra vez se abrieron las heridas que aún no habían cicatrizado. 


                                                          María Graciela Kebani






domingo, 23 de marzo de 2025

No había conductor

 


                                   



     Y con terror empezamos a notar que el micro aceleraba cada vez más y avanzaba por la ruta como un huracán sin freno. Por un momento creímos que no había conductor ni nada parecido. Solo una furia descontrolada que parecía dispuesta a estrellarse con lo primero que se interpusiera en su carrera. Casi al unísono gritamos, frenéticos, suplicando que se detuviera. Al contrario, más aceleraba. Hasta que finalmente, en medio de un griterío infernal, se detuvo.         
  Las voces se desaceleraron. Despavoridos advertimos que habíamos llegado a orillas de un precipicio.
     
      No, no había conductor ni nada parecido.             
                                                                   
                                                                   María Graciela Kebani