No, no había conductor ni nada parecido.
No se escuchaba ni un murmullo, ni un suspiro, ni una queja. El silencio de Dios abarcaba todo el Universo. Un silencio atroz, irrespirable. Un silencio sin fin y sin principio. Más perturbador que la muerte, más infernal que el propio infierno.
Un silencio que espera el sortilegio de una palabra. Una palabra que impulse nuevamente el mecanismo insondable del Universo.
María Graciela Kebani
ESTÁBAMOS ALLÍ...
Estábamos allí,
con los pies clavados en la tierra,
y con los ojos trepando
por las escaleras del cielo.
Estábamos allí,
apagando el fuego con las manos,
buscando sin descanso
las alas de los pájaros,
agitando los brazos al viento,
pidiendo a voces,
lluvia, abundante lluvia,
para acallar la sequía,
para ahogar la sed
que nos tortura
una y otra vez.
Estábamos allí,
exhaustos,
sin fe, sin rumbo, sin destino,
cargando el peso de la noche,
soportando el peso de la sangre,
derramada
a través de años,
a través de siglos.
Estábamos allí,
esperando,
esperando que una voz, potente,
nos despierte
y nos grite: "¡Levántate y anda!"
En este país se vive en un parque de diversiones. Siempre estamos dando vueltas a la calesita, hamacándonos en los mismos errores. Ascendemos por el tobogán para descender inmediatamente en forma estrepitosa. Y como en el sube y baja, cuando un militar sube, un presidente baja.
Y entonces el viento empezó a crecer como los ojos del espanto. Vociferaba desorbitado. Con sus manotazos perseguía las nubes que se iban acumulando como se acumula la ira hasta que explota.
Y el mar, allá abajo, subía, bramando como una fiera acorralada.
Y el mar abría sus fauces y como un dragón enfurecido echaba espuma y cubría los cielos y la tierra.
Y en el vértigo desatado por el huracán se escucharon las plegarias de los que aún confiaban en sus dioses.
Las voces giraron como un trompo enloquecido.
Y el viento arrollador las diseminó por todo el universo.
¿A dónde volar
si no tenemos alas?
¿A dónde huir,
si no hay ningún refugio?
¿A quién llamar,
si nadie nos responde?
¿A quién rezar,
si nadie nos escucha?
Abro puertas y ventanas
para que entre el sol,
la luz de la mañana.
El viento refresca
las últimas pesadillas.
La vida recomienza.
No importa si es otoño
o primavera.
El camino se despliega
como una rosa
que ha perdido
sus espinas.
Ser o no ser ¿Es esa la cuestión? No, definitivamente. Es la duda. La duda que nos taladra, que nos carcome, que nos asedia.
La duda interminable, recalcitrante.
Estamos solos. Solos clamando al cielo. Solos, sumergidos en las brasas de un infierno intolerable. Y rechinan los dientes y oprimimos el viento entre las manos, inútilmente. Y cerramos los ojos ante una realidad que nos asfixia. A veces gritamos para recordar el sonido de nuestra voz, porque ya no encontramos las palabras que expresen nuestra angustia y nuestro desencanto. Y entonces la duda vuelve a importunarnos y sabemos que no nos dará tregua, que la duda no dejará lugar a ninguna certeza. Solo un cúmulo de preguntas sin respuestas.
Y así nuestra soledad no tiene límites.
María Graciela Kebani