Salió al balcón y una oleada de sol lo dejó sin aliento. Cuando sus ojos calibraron la distancia que lo separaba del asfalto, prefirió afrontar la vida y no enfrentarse a la muerte.
María Graciela Kebani
Salió al balcón y una oleada de sol lo dejó sin aliento. Cuando sus ojos calibraron la distancia que lo separaba del asfalto, prefirió afrontar la vida y no enfrentarse a la muerte.
María Graciela Kebani
El tren se detuvo en la estación. No subió ni bajó ningún pasajero.
Solo, allí en la penumbra, un niño. En sus manos sujetaba una maleta.
En esa valija se refugiaban sus sueños.
La bocina aturdió el aire. El tren se puso en marcha y se perdió en medio de la bruma.
La noche crecía más allá de la estación.
María Graciela Kebani
Una estampida de gritos y el llanto trepando por los lóbregos muros de la noche. Después, silencio. Un silencio ominoso, erizado de púas que se clavaban en nuestros corazones y no nos dejaban respirar.
Nos quedamos sin palabras. Solos.
Con el grito ahogado en la garganta.
Con el llanto deshecho entre las manos.
María Graciela Kebani
Tomó un vaso, luego otro y otro y otro. Pero la sed no se extinguía. Al contrario, le iba carcomiendo las entrañas. Como el águila que Zeus, en venganza, le envió a Prometeo, el benefactor de los hombres.
María Graciela Kebani
Cuando despertó, estaba huyendo. Huyendo de todo y de todos. Corría como un viento huracanado, enceguecido, furibundo.
Corrió hasta perder el aliento y cuando llegó al borde del precipicio, se lanzó al vacío. Se halló solo ante el pétreo mutismo de las rocas.
María Graciela Kebani
A Benito Quinquela Martín
El sol incendia
la hora
del crepúsculo.
Las venas
del cielo estallan
en rojos carmesíes
y naranjas.
Arde el aire
en el ardiente
fuego de la tarde.
Y el río
empurpurado
es una brasa
enardecida
que abrasa el puerto y lo encandila.
El puerto,
al rojo vivo,
ya no es el mismo.
El atardecer del pintor
lo transfigura
y una inquietante
ensoñación
flota sobre las aguas
encarnadas,
enrojecidas,
mientras,
barcos y barcazas
vagan
a la deriva
y resplandecen
con una luz
que estremece
y maravilla.
Pronto vendrán
las sombras de la noche,
sin embargo,
el ocaso parece
eterno.
El río
cual león hambriento
devoró el sol
y en un insante,
el puerto se encendió
como una hoguera.
María Graciela Kebani
Cuando el auto ingresó en el túnel, presintió que no saldría.
Su esposa, como Penélope, aún continúa esperándolo. Sin embargo, a diferencia de la esposa de Ulises que tejía y destejía el sudario para el rey Laertes, ella lee una y otra vez las páginas de un libro que no acaba...
María Graciela Kebani