martes, 15 de julio de 2025

Sucedió así

 

 


                                                                                                                  



  Y sucedió así.  Casi sin darnos cuenta. Empezamos a enmudecer de a poco.  Nos habíamos vaciado de palabras.

  Al principio no le dimos importancia, pero con el paso del tiempo, la situación comenzó a preocuparnos. Decidimos   recurrir a los gestos. Sin embargo, las manos, los ojos, los labios ya no eran suficientes. A fin de cuentas, terminaríamos incomunicados. Cada uno en lo suyo. Dejaríamos de compartir lo que soñábamos, lo que pensábamos. 

   Hasta que un día, se produjo algo así como un milagro. Nos dimos cuenta de que podíamos  comunicarnos a través de la música. Y entonces sí que volvimos a sentirnos un poco más humanos. La música se expandió por todos los espacios y era como si hasta el viento se hubiera convertido en una maravillosa melodía. 

   Todo era música, una  armonía  que contagiaba las ganas de vivir y de agradecer. Y la música se adentraba hasta en la sangre, hasta en los huesos y nos transformaba, nos transportaba hasta las esferas celestiales.

   Y así, poco a poco, sumamos nuestras voces en un canto capaz de reunirnos y elevarnos por encima de nuestras limitaciones, más allá de nuestras discrepancias, más allá de... 

   
  Cantábamos y nuestro canto volaba como vuelan las aves, remontando el viento, buscando el sol.                    


                                                                                 María Graciela Kebani



                                       



lunes, 30 de junio de 2025

Desperté

 





Desperté súbitamente. El llanto de un niño vulneró el pesado silencio de la noche. 

La voz acongojada del niño clama a su madre.

Sin embargo, ninguna voz pudo calmar tanta desesperación y tanto desamparo.


                                                                         María Graciela Kebani

Abrí la ventana

 



   Abrí la ventana. El viento intempestivamente se metió en mi cuarto y me llenó los ojos de nubes y tormentas; los oídos, de gemidos y de llantos.

  Solo atiné a cerrar la ventana, pero ya no pude.

                                                                                       María Graciela Kebani

Otra vez la guerra

 



Otra vez la guerra. Otra vez la muerte golpeándonos las puertas. A viva voz. Otra vez la sangre como un alud incontenible ardiendo como hogueras furibundas.

Otra vez los misiles atravesando los cielos enrojecidos. 

Otra vez los hombres explotando sobre aldeas indefensas.

Otra vez el llanto fluyendo como ríos desatados estrellándose como se estrella el mar contra las rocas.

Otra vez los gritos, los alaridos taladrando el aire enrarecido.

Otra vez el dolor y la impotencia.

Otra vez la esperanza, mancillada.

Otra vez las palabras, mutiladas, precipitándose en el vacío más abyecto.


                                                                            María Graciela Kebani


sábado, 14 de junio de 2025

El espejo tan temido

    




    Anochecía. Caminaba solo, solo con mi sombra a cuestas. Y la sombra de los árboles en las veredas. Trataba de alejar mis miedos y mis dudas que se acrecentaban a medida que avanzaba por esas calles desiertas. Algún que otro farol apenas alumbraba. Creaban una atmósfera cada vez más inquietante. Debía llegar a pesar de todo. Debía enfrentar lo que me torturaban desde hacía tantos años.

   Casi sin darme cuenta, me topé con la casa. Apenas la reconocí. La luz bamboleante de un farol desnudaba el deterioro provocado por el paso del tiempo.

   Traspasé el umbral y mis pasos   desataron un ruido descomunal ante el silencio y el polvo acumulado durante años y años.

    No alcanzaba a entrever nada. La linterna del celular a duras penas iluminaba ese espacio vacío donde seguramente un sinfín de telarañas colgaban como  vaporosas cortinas.

   Las sombras se desparramaban por todas partes y el aire resultaba irrespirable. 

   ¿Qué había pasado? ¿Qué me había pasado?

   No solo el tiempo, sino la vida se me había escapado de las manos. Y ahora recorría esas habitaciones abandonadas que ya no guardaban ni un recuerdo de mi infancia ni de mi adolescencia. 

   

En esas paredes descascaradas no quedaban rastros de mis sueños ni de mis fugaces alegrías. Solo una angustia inacabable, que amenazaba volverse eterna, indescifrable. Y allí, al pie de la escalera, el espejo.

Siempre había estado en ese sitio, con su perturbadora presencia. Siempre reflejando aquella imagen de nosotros que no queremos reconocer. Sin embargo, el espejo, entre las penumbras que deambulaban por ese cuarto desprovisto de cualquier tipo de vida, no reflejaba absolutamente nada. El espejo tan temido abría su tenebroso vientre capaz de transportarnos al túnel más oscuro y más interminable. Presentí una presencia ominosa tras la boca abierta de ese espejo aterrador que me contemplaba con sus ojos vacuos. Pero yo no podía distinguir mi rostro en ese  vidrio empañado de tinieblas. 

  Sin pensarlo dos veces, a los tumbos, salí huyendo como si me persiguiera el diablo. Sí, el mismísimo diablo, con toda su furia, con todo su desparpajo. Sin embargo, en el fondo, yo sabía perfectamente que no era el demonio el que me perseguía.    


                                                               María Graciela Kebani


¿Qué respuesta esperaba?















Me miró fijo con unos ojos que evocaban abismos insondables. El duende estaba ahí, 


siniestro, amenazante. Y yo no podía evadir su mirada hipnótica. Tampoco me sentía capaz 


de salir huyendo. Estaba como petrificado.


    -¿Por qué te quedaste sin palabras? -me espetó.


    No atiné a responderle. 


    -¿Qué te aterra? ¿Estás viendo tu alma a través de mis ojos? ¿O creés que soy la serpiente bíblica que solo busca tentarte?


    ¿Qué respuesta esperaba?  No lo supe en aquel momento ni lo sé tampoco ahora.                                   


                                                                          María Graciela Kebani

martes, 3 de junio de 2025

Génesis

 






  Repentinamente, una luz filosa como un cuchillo rasgó los últimos jirones de sombras de la noche. En medio de un silencio sobrecogedor una voz irrumpió como una luminosa catarata.

  Entonces la palabra de Dios puso en movimiento el enigma del Universo.

  El reloj del tiempo empezó a  marcar la hora de la vida.


                                                                  María Graciela Kebani