jueves, 20 de agosto de 2020

EL MAR



   Echó a correr como perseguido por un alma en pena. A los tumbos. Por veredas erizadas de sombras y cales profusamente adoquinadas.
    Algún que otro farol alumbraba apenas las esquinas desiertas.
   Corría como alma que se la lleva el diablo.
   Corría enajenado, como viento huracanado, mientras una miríada de voces y de pasos lo perseguían.
    De repente, se detuvo, miró hacia atrás. Solo sus huellas impresas en la arena.
  Ante su mirada atónita, el mar, un mar resplandeciente, bajo una luna descomunal, de una diafanidad desconcertante.
   Permaneció allí, inmóvil. Por primera vez pudo contemplar la rotunda luminosidad de la luna y el mar,  que se extendía resplandeciente como una llanura infinita ante sus ojos.

                                                                                                       María Graciela Kebani

miércoles, 12 de agosto de 2020

DOLOR



Dolor.
Áspero gris, el cielo
amenaza desplomarse
en una catarata de piedras.
Se precipitan desde las cimas celestiales
arrastrando la sangre
que fluye ardiente
de la tierra.
Dolor.
Un dolor intenso,
incesante,
punzante,
en todas partes,
a cada instante,
en el aire, en las sombras,
hasta en las venas.

Buenos Aires,
ya no sos amparo,
ni anhelado refugio
de migrantes y de sueños,
ni mano generosa que se tiende,
ni faro de luz
en noche de tormenta.
La Plaza de Mayo
hoy nada festeja,
ni la revolución
ni mucho menos
nuestra independencia.
Solo grita, grita y es
un aullido de dolor
que se agiganta
en el hueco desolado
de tu llanto
y en cada rincón sombrío
que se esconde
bajo la autopista,
en tu rostro enmascarado
exhibes
la descarnada miseria
que te habita.

            María Graciela Kebani

jueves, 23 de julio de 2020

Luz en la ventana

 

  Llegó por fin cuando anochecía. Trató de controlar sus emociones. La reja que cercaba defensivamente la casa, le ponía límites. Mientras una luna llena de luz blanqueaba los sombríos rincones del porche.
   Un gato tan negro como el ébano, mudo, sigiloso, paseaba sus ojos, que resplandecían como estrellas. 
    De pronto, recordó un doloroso episodio de su infancia que había permanecido dormido durante años en su memoria y, en algunos momentos de su vida, despertaba.
   Las lágrimas nublaron su mirada. Buscó al gatito para acariciarlo, pero el felino había desaparecido, furtivamente,  entre las sombras. Alcanzó a vislumbrar una ventana iluminada.
    Entonces se secó las lágrimas, se dio ánimo y pulsó el timbre.
   Del otro lado de la reja, no hubo respuesta. Esperó unos minutos. Insistió. No hubo caso.
   Otra vez las lágrimas.
   La luz en la ventana acabó por apagarse.
                                                                                                              María Graciela Kebani

sábado, 11 de julio de 2020

Como un pájaro




    En medio de la creciente oscuridad, se escuchó la campanilla que anunciaba el paso del ferrocarril. El pertinaz campanilleo sacudió los telones de la noche y se expandió a lo largo de las vías.
   Con las voces sibilantes del viento llegaba el rumor la locomotora que avanzaba estrepitosamente.
   Sus ojos buscaron alguna luz que encendiera tamaña oscuridad.  Temía que la máquina lo arrollara sin miramientos.
 Entonces, mientras los refulgentes faros irradiaban una luminosidad estridente, el estruendo ensordecedor aumentaba y las ruedas rodaban ya dentro de su cuerpo.
   De repente, el tren cruzó, raudo como un pájaro, el espectral túnel de la noche.
                                                                                 
                                                                                            María Graciela Kebani

sábado, 27 de junio de 2020

ENCRUCIJADA



ENCRUCIJADA

    Después de haber caminado y caminado durante horas y horas llegó al punto en que el camino se bifurcaba. Se secó el sudor que amenazaba cegarlo. Respiró hondo. Atardecía.
    Allá, lejos, el cielo. Expandía su caballera enrojecida.
    La encrucijada le planteaba una disyuntiva. Cuando creyó decidirse, advirtió que no había sendero ni nada que condujera a algún sitio. Perplejo, se quedó clavado allí, allí donde se enlazaban el cielo y la tierra, misteriosamente.
                                                                                                                María Graciela Kebani

miércoles, 24 de junio de 2020

GELERT

GOURLAY STEELL (1819-94)

LLywelyn (1173-1240) y su valiente sabueso, Gelert 

1880


 

GELERT



Aquella mañana el píncipe Llewelyn decidió salir de caza. Hizo sonar su cuerno ante el portón del castillo. Todos los canes acudieron a su llamada, sin embargo, su lebrel favorito, Gelert, no respondió. Tres veces lo llamó. En vano. 

Como Gelert no lo había acompañado, la caza resultó exigua. 

Cuando regresó al castillo, Gelert se acercó brincando de alegría para recibirlo. Anonadado, observó cómo el perro apareció con sus colmillos colmados de sangre. El príncipe retrocedió espantado y el lebrel, sorprendido por ese recibimiento, se acurrucó a sus pies. 

Entonces un pensamiento terrible lo asaltó. Se precipitó hacia el cuarto del niño. 

Mientras se acercaba, más sangre y desorden encontraba por las habitaciones. La cuna volcada y manchada de sangre. 

El príncipe Llewelyn, cada vez más aterrorizado, buscó a su hijo por todas partes. Se convenció de que el perro había despedazado al niño. Desesperado le gritó a Gelert: "¡Monstruo, has devorado a mi hijo!" 

En ese instante, el llanto de un niño estremeció aún más la atroz escena. Debajo de la cuna enrojecida, encontró a su hijo, ileso. A su lado yacía el cuerpo ensangrentado de un enorme lobo. 

Demasiado tarde, Llewelyn descubrió lo que realmente había sucedido. 

                                                                  María Graciela Kebani 



viernes, 5 de junio de 2020

OTOÑO




OTOÑO

    Un otoño desvaído, suspendido de los árboles. Desde la ventana podía contemplar la plaza desierta. Sin niños y casi sin pájaros.
    Una atmósfera de irrealidad flotaba en el ambiente.
    Una quietud sobrecogedora.
    Mientras, un sol deslucido como un fantasma recorría la tarde transfigurada.
    En algún momento se acercaría la noche y por los senderos solitarios de la plaza las sombras,   entreveradas, se pasearían entre hamacas y toboganes.
    Desde la ventana, podía vislumbrar la vida, inescrutable que, como el otoño, pendía tristemente de los árboles.
                                                                                                          María Graciela Kebani