martes, 1 de octubre de 2019

Escribo

ESCRIBO...

Escribo,
con la carne y con la sangre,
con el hambre del hombre, 
la violencia,
y el horror de los muertos
en la guerra.

Escribo,
escribo con el clamor de la miseria
y la rebelión del fuego, 
crepitando hasta en la venas.

Escribo,
con las palabras fluyendo como un río,
y el corazón traspasado por la pena.
Con la ilusión,
con la esperanza,
con las campanas
estallando entre mis manos,
con los pájaros despertando las mañanas.

Escribo,
con el sol anidando entre los árboles
y el estruendo del mar
entre las piedras.

Escribo,
escribo en medio de tormentas y tormentos,
con la inquietante sombra
del viento,
con la luna y su máscara de luz
y de misterio, 
con la mirada insondable de los gatos
y las pesadillas de la noche y sus recuerdos.
                                                                      María Graciela Kebani

domingo, 3 de diciembre de 2017

Páramo de sombras

Páramo de sombras

Páramo de sombras. La noche.
Páramo de silencio y de tinieblas.
¿En qué barco navega la vida,  eludiendo la oscura penumbra de la muerte?
¿Con qué rumbo?
¿Qué vientos lo impulsan y amedrentan?
¿Qué estrellas lo guían?
¿Qué lunas alumbran su camino?
Tormentas imprevistas lo amenazan.
Cielos cruzados de relámpagos.
Furibundas olas buscan devorarlo.
En medio de truenos y de gritos, 
en medio del ensordecedor mutismo de los dioses,
en medio de preguntas insondables,
en medio de pesadillas y delirios.
No hay sirenas que encanten los oídos, 
 no hay puerto que albergue la esperanza,  
ni faro que se alce a la distancia.
No hay manera de escapar a este destino.
Sin embargo, no hay ni habrá lluvia suficiente 
que apague tanta llama, tanta pasión, 
desmesurada, 
ni sueños,
no, no habrá sueños que se despeñen, 
inexorablemente,
 hacia el abismo.

                                    María Graciela Kebani 

sábado, 2 de diciembre de 2017

Poemas de Wilma Tapia

Vilma Tapia Anaya (La Paz 1960)

Estás diciéndome...
Estás diciéndome siempre
¿Quieres construirme una morada?
¿Quieres darme tú
la morada de mis sueños?
Detengámonos, entonces
en las hojas de una ancha arboleda
techo, lecho
y caminos exactos
para el aire, la luz y el agua
que se necesitan.
No nos demos ya lo dañoso
no lo traigamos dentro.
Que nuestro único exceso
sea el amor.
Desde lejos...
Desde lejos te acercas y se enciende un río.
Es el agua de tu piel
tu piel más profunda
el agua que es tu cuerpo.
Desde lejos me riegas y me horadas
y yo, desde lejos
en tu extensión me encauzo
navego, me sumerjo.
Te acercas y me inundas
desbordada agua
torrencial me llueves
dulce me rocías.
Tan a la distancia
desde aquí
te bebo.
He soñado...
He soñado con tu cama deshecha
y tu cuerpo desnudo
pegado al mío.
He soñado con la colmena de tu boca
con el mar de tu boca.
Me he soñado abeja en ti
sirena tuya. 
Vengo con...
Vengo con las manos llenas
y en la voz, el viento.
Canto un nido de luz, un arroyo
el pan, la sombra.
Canto y mis cantos germinan.
Me inclino ante aquellos ojos más tristes que los míos.
Soy regazo
caricia
santa y milagrosa. 


Vilma Tapia Anaya (La Paz 1960)
Ha publicado “Del deseo y la rosa”, “Corazones de terca escama”, “Oh estaciones, oh castillos”. Raúl Zurita comenta su poesía: “...es una sinceridad que se va anidando en lo más profundo de todo lo que nombra, en la infancia, en el paisaje, en el amor... Esta poesía es un triunfo americano, el triunfo de una patria, de una mujer, de un pueblo”

domingo, 21 de mayo de 2017

JIRONES DE SOMBRAS EN LOS MUROS



Amanecía. Un pájaro abrió las ventanas del día con su canto. Una cascada de luz se desplomó desde las cimas celestiales. 
De pronto, el estallido. Nos quedamos sin palabras. Vacío. Vacíos de esperanza. Solos. 
Como jirones de sombras en los muros.


                                                                                                    María Graciela Kebani

sábado, 20 de mayo de 2017

La mariposa en el muro

La mariposa en el muro

         Un sol de otoño parecía replegarse detrás de los árboles que el viento iba deshojando, indiferente. Las hojas caían y se encendían con la luz dorada que se desvanecía  en el aire. Caían. Las hojas caían como caen las lágrimas, desde lejos, desde los ojos, desde las torres, desde las nubes, desde las campanas que tañían somnolientas. Crujían bajo los pasos inciertos de los que pasaban. Se iban alejando con la tarde.

       La madre se aproxima con dulzura al muro, agrietado, enmohecido, recoge suavemente entre sus dedos, trémula, una mariposa. Sus alas estallan con un colorido deslumbrante. La tarde queda prendida en esas alas, estremecidas, luminosas. La madre con extrema dulzura acerca esa vida temblorosa a su hijo. Los ojos del niño se abren como una rosa para alcanzarla, mientras  aletea, frágil,  entre las manos protectoras que envuelven con ternura esa brizna de vida.

                                                                                              María Graciela Kebani



domingo, 12 de febrero de 2017

Una moneda en la fuente

Una moneda en la fuente

      Mira a través de la ventana. Allá a lo lejos, el sol destella y enciende los árboles que parecen arder. Como hipnotizado, se levanta, abandona la chaise-longue. Abre la puerta que da al jardín. Hasta sus ojos respiran conmovidos la enigmática luz del atardecer. Sus oídos escuchan embelesados la nostálgica música del agua que vierte  un cántaro de piedra. Una bandada de pájaros cruza el cielo enrojecido. Sonríe. No está solo.
      Lentamente deja caer una moneda en la fuente. Ya no siente otro deseo.

                                                      María Graciela Kebani

LA MUERTE ENAJENADA


      









      Andaba la Muerte corriendo por las calles, provista de sables y de espadas. Zigzagueante. Segaba el aire cargado de jazmines. Era el sol un incendio de claveles. El cielo, una granada, encendida, empurpurada.
        Apretó el revólver entre sus manos. El viento atravesado en su garganta. Cruzó como una ráfaga la noche y se perdió en algún oscuro callejón sin nombre.
        La Muerte corría jadeante, enajenada, echando fuego por sus ojos, sembrando a su paso tempestades.
         La Muerte, galopando embravecida.
         La Muerte, mordiendo el aire a dentelladas.       

                                                                                  María Graciela Kebani