martes, 16 de mayo de 2023

El silbido

 



     Empecé a bajar resignado por las escaleras. Estaba cansado, pero no me quedaba otra. El ascensor  otra vez no funcionaba. Tenía diez pisos por delante. Esperaba que, por lo menos, nadie me entretuviera durante el descenso. Desgraciadamente las escaleras carecían de iluminación natural. La luz artificial me deprimía. 

       Cuando me encontraba en el octavo piso, creí escuchar algo así como un silbido agudo, punzante. Me volví y no vi a nadie. Como sospechaba. Reanudé el descenso. El silbido se tornó más intenso y sentía que me perforaba la cabeza. Apuré el paso.

       Finalmente llegué a la planta baja. El silbido continuaba zumbándome en el cerebro como un moscardón. Detrás de mí, nada. ¡Nadie, nadie! No había nadie a mis espaldas. Pero el insidioso zumbido me ensordecía cada vez más y amenazaba perforarme hasta los huesos. 

       Entonces escuché mi voz que gritaba: "¡Ya basta, basta!"

       Y vi mis manos enloquecidas que trataban de destruir el inacabable zumbido. 

       Después no escuché nada más. Silencio absoluto. 

       Tal vez había estrangulado el silbido con mis propias manos.

                                                                               María Graciela Kebani

 




jueves, 4 de mayo de 2023

Eran las doce





 

             Eran las doce. La hora de las brujas y de los hechizos. La hora de los duendes y las hadas. La hora en que los espíritus aletean sobre el mundo de los vivos.

             Las puertas del misterio se abren y se desbandan los espectros y el miedo sobrevuela los insondables huecos de la noche. 

              La realidad se vuelve irrreal, siniestra. Nada es lo que parece. Se esfuman los contornos. Se arremolinan las asombras como las hojas secas. El viento cuelga de los árboles como un ahorcado y el silencio ahonda la oscuridad. 

               Un repentino timbrazo sacudió la casa. 

               Eran las doce. Sí, las doce. Del mediodía. 

                                                                                          María Graciela Kebani

domingo, 23 de abril de 2023

Como boca de lobo

 





   Busqué en el cielo el espejo redondo de la luna. Nada. Ni siquiera rastros de alguna estrella. Solo la inextricable oscuridad de la noche, abierta como boca de lobo.

                                                                                       María Graciela Kebani

lunes, 3 de abril de 2023

¿Qué hay de nuevo, viejo?

 



    Abrí la puerta y me topé cara a cara con Bugs Bunny.

    -¿Qué hay de nuevo, viejo? -me espetó con total desparpajo, mientras mordisqueaba una zanahoria.

    -¿De nuevo? ¿En este mundo? No, no hay nada nuevo. Por el contrario, los hombres continúan matándose entre ellos, como si nada; otros se mueren de hambre o por una pandemia causada por un virus ingobernable. Las especies siguen extinguiéndose y los ecosistemas, deteriorándose día a día.

     El recalentamiento global no se detiene. El narcotráfico avanza incontrolable. Tampoco han desaparecido la intolerancia, el racismo, la xenofobia ni los más variados fanatismos. 

     -Bueno, bueno, me parece que tu visión resulta extremadamente pesimista. Tomate la vida de una manera más light. Te convido con una deliciosa zanahoria. Ya verás como todo cambia. 

     No supe qué responderle. Tal vez el conejo más experimentado que yo, tenía razón. 

    En ese momento descubrí que la zanahoria era muy saludable.


                                                        María Graciela Kebani

     

     





viernes, 24 de marzo de 2023

Dos rostros en un espejo






     Buscó su imagen en el espejo. El cristal le entregó dos rostros. No reconoció ni a uno ni a otro. Aterrorizado apagó la luz. 

                                                                                      Mará Graciela Kebani

Promesas

 





      No podía encontrar las llaves. Entonces, como llegaría tarde al trabajo, de inmediato decidí salir por la ventana. Me subí al primer caballo que pasaba por la esquina. Galopaba con un ímpetu increíble. De pronto, me pareció que que se elevaba por los aires desplegando sus alas como Pegaso. 

       El inconveniente surgió cuando advertí que el edificio donde trabajo no se hallaba en su sitio. Seguramente el tío de Aladino, que ejercía la magia más negra que blanca, había trasladado el edificio a otro lugar. Tomé los binoculares y descubrí que las oficinas aparecían en el centro de una isla desierta. Adiós presentismo. Imposible llegar a horario. Emprendí el regreso. En un abrir y cerrar de ojos Pegaso aterrizó en la azotea de mi casa.  Y allí en la terraza recuperé las llaves perdidas y me despedí de mi servicial amigo. Así pude ingresar por la puerta como corresponde y no por la ventana. 

Me prometí a mí mismo dejar de leer tantísimas historias fantásticas.

Después de todo, la realidad nos brinda a cada instante sorpresas increíbles.


                                                                                                  María Graciela Kebani

 


jueves, 9 de marzo de 2023

Solo quedaban sus sombras espectrales

 




     Primero busqué papel, luego un lápiz. Después salí a buscar las palabras. Sin embargo, el dolor era tan tremendo que hurgué por todas partes. Dentro, muy adentro y las palabras como fantasmas desaparecían y solo quedaban sus sombras espectrales. 

    Entonces rasgué la hoja en blanco y oprimí el lápiz en mis manos, sin embargo, sabía que en algún momento lo intentaría una y otra vez...


                                                                    María Graciela Kebani