domingo, 17 de mayo de 2020

CUANDO LLEGÓ A LA ESQUINA


CUANDO LLEGÓ A LA ESQUINA







       Un viento helado arremolinaba las últimas hojas del otoño, mientras la noche, negra, como las negras alas de los cuervos, iba sembrando de sombras las calles desiertas, desoladas.
       Un silencio ominoso presagiaba una pesadilla inminente.
      Solo se oía el rumor crujiente de las hojas.
      Algún ladrido lejano perturbaba aún más la atmósfera opresiva que lo cercaba.
       Una espesa bruma apenas le permitía distinguir por donde caminaba.
       Cuando llegó a la esquina, el telón viscoso de la niebla le veló los ojos. No conseguía divisar la siguiente cuadra. Nada. No veía nada. Solo un desierto sin límites, un páramo brumoso, devastado...
        Intentó volver sobre sus pasos, pero no pudo.
     
                                                                                                        María Graciela Kebani

     

viernes, 15 de mayo de 2020

DESCENDIENDO

DESCENDIENDO
     
     


        Decidió descender a la planta baja por las escaleras en lugar de utilizar el ascensor. Sabía que estaba demorado, pero prefirió las escaleras.
        Así, sin perder tiempo, empezó a bajar peldaño por peldaño como si quisiera devorarlos. En su alocado descenso, iba repitiéndose: "Ya llego, ya llego".  Sin embargo, no llegaba.
        Continuó su trepidante descenso, jadeante, perplejo. Los escalones se duplicaban, se triplicaban, se multiplicaban y no se detenían.
        Ningún número señalizaba ya los pisos. Mientras, los minutos corrían también sin detenerse.
        Y él bajaba, bajaba por esas escaleras interminables, una y otra vez.                                                                                                                                           
                                                                                                                              María Graciela Kebani

sábado, 25 de abril de 2020

DESTELLOS




DESTELLOS

Caminó lentamente hacia la playa.
Atardecía. El sol cerraba su abanico de un resplandor anaranjado, enrojecido.
Obnubilado empezó a avanzar sobre el mar.
Sentía cómo el agua acariciaba sus pies, mientras sus huellas quedaban grabadas en la arena.
La luna agigantaba poco a poco su blancura para ascender desde las profundidades del mar hacia los cielos.
Encandilado continuó adentrándose en el mar.
Cuando creyó que podía alcanzarla, tendió los brazos, pero por sus manos resbalaron los destellos plateados de la luna.

                                                                                        María Graciela Kebani

sábado, 18 de abril de 2020

EL DRAGÓN LO ESTABA ESPERANDO



EL DRAGÓN LO ESTABA ESPERANDO

    Cuando llegó la hora, se dirigió hasta la puerta. Quiso abrirla, pero no pudo. La llave en la cerradura permanecía inmóvil. Se negaba a girar a derecha o a izquierda.
    Por fin, después de varios intentos, la puerta se abrió repentinamente. Ante sus ojos atónitos, los refulgentes ojos de un dragón colosal que aleteaba con una furia desorbitada entre ardientes llamaradas.
     No consiguió detener el temblor que le recorrió el cuerpo como un latigazo.
     No dudó. El dragón lo estaba esperando.

                                                                                                      María Graciela Kebani

jueves, 2 de abril de 2020

EL AGUJERO NEGRO DE LA NOCHE

EL AGUJERO NEGRO DE LA NOCHE

      Súbitamente, un grito, estridente, impresionante, perforó el corazón de la noche. Se expandió en medio de la sobrecogedora oscuridad.
      Luego, el ominoso silencio .
      Entonces, abrió la ventana, intentó gritar, pero no pudo. No fue capaz de emitir ninguna palabra, ningún sonido.
     Solo consiguió contemplar el agujero negro de la noche.

                                                                                                  María Graciela Kebani


miércoles, 29 de enero de 2020

ENTRE LA VIGILIA Y EL SUEÑO

ENTRE LA VIGILIA Y EL SUEÑO

   Diciembre. El sol no acababa de recoger sus velas. La tarde, colmada de jazmines y geranios, roja, enrojecida. El aire, cargado de lavanda y de tilos en flor. Tiempo de espera, sin relojes, sin apremio ni campanarios. Detrás de la ventana, la Muerte.
    Alerta la mirada, abierta como un páramo. Espera. Otro día más en el calendario. Otro más. La cuenta regresiva.
    En el zaguán, las sombras desplegaban sus silencios.
    Al final de la calle llameaban los árboles. La Parca, sentada en la mecedora.
    Los ojos abiertos, entre la vigilia y el sueño.

                                                                  María Graciela Kebani

viernes, 24 de enero de 2020

EL MINOTAURO ESTABA ESPERÁNDOME

 Después de horas y horas de caminar por aquellas interminables galerías, me di cuenta de que no conseguiría descubrir la salida. Ahora bien, desde el instante en que decidí atravesar este fatídico laberinto, reconocía que no resultaría nada fácil. Sin embargo, jamás imaginé la oculta perfidia de aquel que había urdido esta endiablada maraña de senderos que se cruzaban y se entrecruzaban indefinidamente. Mis ojos buscaron con avidez el cielo. Podía distinguir alguna que otra estrella. Aún no había oscurecido lo suficiente. Debería apurarme si realmente quería escapar de ese infierno. Las sombras confundirían todavía más el camino y no habría ni estrella ni brújula que me orientaran. Nada a qué aferrarme. Como siempre. En algún sitio se hallaba la salida, pero lamentablemente yo no tenía en mi poder el hilo de Ariadna. Ese descomunal vacío empezaba a asfixiarme. La única opción que me quedaba era continuar. No podía echarme atrás. Tampoco sabía cómo regresar al punto de partida. No quería resignarme a abandonar el desafío de alcanzar el final de este juego que había iniciado. ¿Juego? ¿Vencer o morir? Allá arriba, la luna clavó sin piedad sus plateados cuernos en el vientre de la noche en cierne. En algún rincón del laberinto el Minotauro estaba esperándome.

                                                                                                            María Graciela Kebani