Caminaba con prisa. Quería llegar cuanto antes. La luna colgaba del árbol de la noche y sus pasos resonaban en esas calles brumosas. Sentía frío. Bastante frío y de cuando en cuando alguna ráfaga de viento lo empujaba y le congelaba la cara.
Alguien lo llamó por su nombre. Se dio vuelta, pero no vio a nadie. Apretó el paso y se acomodó la bufanda. Por segunda vez creyó oír que lo llamaban. Siguió adelante rodeado de sombras y un viento que por momentos le taladraba hasta los huesos.
Temía tropezar si se apuraba demasiado. Y por tercera vez una voz desconocida pronunció su nombre que resonó aún más en medio del silencio. Ya no tenía dudas de que lo estaban llamando.
Entonces con el corazón atragantado en la garganta, echó a correr como un caballo desbocado entre ráfagas huracanadas que pujaban por enlazarlo.
A la mañana siguiente, en un callejón sombrío y desolado apareció el cadáver de un hombre estrangulado con una bufanda.
María Graciela Kebani

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