jueves, 24 de marzo de 2011

Ninguna palabra que ordenara el caos







     Otra vez el silencio Cruzó el tren el túnel de la noche como una ráfaga. La campanilla sacudió con su estridencia las sombras que volvían. Otra vez las tinieblas. El silencio suspendido de los abismos celestiales. Ninguna voz que colmara los espacios. Ninguna palabra que ordenara el caos. 
                                                                          
                                                                                          María Graciela Kebani

La noche en cierne

La noche en cierne Ni muertos ni vivos. La noche en cierne. Un muro de palabras. Una tumba para sepultar los sueños. El miedo. El miedo cae al agua en círculos concéntricos. Justicia. Ni vivos ni muertos. No están. Pero vuelven, siempre vuelven. Siempre. Una y otra vez. Por las calles de la noche y la memoria. En el nombre de la patria. Huellas. Huellas que remuerden las conciencias. Incesantemente. No hay cruces que recuerden. Sólo huesos. Huesos sin nombre. Un viento de sombras sobrevuela un mar sin orillas. Y el miedo y la culpa. Y la muerte de centinela en cada esquina. En el pozo de la noche se desploma la luna. Incandescente. Vuelven, siempre vuelven. Aletean como mariposas. Colman el aire con sus quejidos. No responden, pero miran, miran a través de de sus ojos sin tiempo. No están vivos. No están muertos. Respiran inocencia. Ya no están. En el nombre de Dios. El infierno abre sus fosas de fuego. no existe ningún paraíso. No están. ni aquí ni allá. ni en el cielo. Ni bajo tierra. No están. Muertos. El mar los devoró a mordiscones. En el nombre... Ni vivos ni muertos. Muertos... 
                                                                                                             María Graciela Kebani

martes, 4 de enero de 2011

LA SOMBRA DE DIOS

LA SOMBRA DE DIOS

Recorrí los pasillos de la noche
constelados de sombras y de espejos.
Como cirios ardían las estrellas,
como relámpagos destellaban 
enigmas y presagios.

Busqué la música
detrás de los cristales
y el silencio orlado de campanas.

Busqué paraísos deslumbrantes,
ángeles con alas y trompetas.
Busqué santos con aureolas luminosas,
arco-iris y auroras boreales.

Descendí a los infiernos abisales
atravesando conjuros y tormentas.
Una lluvia de pájaros y rosas
desbordó los espacios siderales.
La inmensidad me dejó sin aliento,
y en un instante
vislumbré suspendida de los cielos
la sombra de Dios 
en el espejo.
                                                                                                            María Graciela Kebani

Desde el Espejo

 Desde el espejo. El cielo es un círculo perfecto. El Universo, el espacio del vacío. El tiempo, girando interminable en la eterna esfera de un poema. El mar, como un dios furibundo y desafiante, se alza crispado, para arrojarse, enajenado, contra las rocas, contra las piedras, contra las tumbas. Curva la luna su vientre radiante. Desde el espejo, la potestad de la muerte. 
                                                                                                                       María Graciela Kebani

domingo, 19 de diciembre de 2010

NADIE ENCENDÍA LAS LÁMPARAS

NADIE ENCENDÍA LAS LÁMPARAS
A Felisberto Hernández

Nadie encendía
lámparas.

Nadie.

Poco a poco resbalaba
la luz
por las paredes de la noche
y entonces
las sombras
mostraban
sus rostros
oscuros,
siniestros.
Nadie encendía
lámparas.

Nadie.

Nada
se veía
ni cerca ni lejos.
Nada.
Piedras.
Un camino
tortuoso
subía
reptando.
Y un grito
hacia estallar
los cristales
del cielo.
Un grito
que horadaba
los ojos negros
de la noche.

Tumbas.

Como leones
Hambrientos
de luna
abrían sus fauces,
para vomitar
sombras
y más sombras.
Y la memoria
se volvía sombra
y las sombras
de los muertos,
como fantasmas,
retornaban
para que no se convirtiera
en cenizas
el olvido.

Nadie encendía
las lámparas.
Nadie se atrevía
a enfrentar
los ojos de los muertos.
Nadie podía,
nadie quería
encender las lámparas.
Miedo.
Remordimiento.

Las tumbas abiertas.
Esperaban que alguien,
por piedad,
encendiera las lámparas.

María Graciela Kebani

SILENCIO

SILENCIO

Silencio.
Ni un suspiro,
ni un gemido.
Ni el viento
atravesando el tiempo
como un cuchillo.

Silencio.
Ni un murmullo
ni un latido.
Ni siquiera un trino vibrante,
desafiante,
que abra ventanas y jaulas,
abarrotadas.

Silencio.
Ni una queja,
ni un zumbido.
Ni siquiera una voz
que se alce
fogosa,
como un grito.


Silencio.
Que nadie hable,
que nadie maldiga,
que nadie emita palabra
ni frase disonante.
Que nadie perturbe
la armonía,
que nadie altere
este equilibrio
letal, este martirio.

Silencio.
Que nadie se rebele
ante este orden
injusto.
Tiemblen.

Silencio.
Que nadie se subleve
ante el terror,
ante la muerte.
                                                             María Graciela Kebani

lunes, 22 de noviembre de 2010

La noche es un tiempo sin campanas

La noche es un tiempo sin campanas.
La luna, una explosión silenciosa de jazmines;
el cielo, un mosaico de estrellas y desvelos.
Ni una voz ni un alarido.
Nadie que pregunte ni responda.
Nadie que justifique este silencio.
Nada que justifique este destino.
Nada que explique la muerte y su sombra cotidiana.

María Graciela Kebani