En las noches de insomnio,
las sombras tejían
los versos de un poema.
María Graciela Kebani
Ahora los pájaros llenaban la tarde y se abrían las últimas rosas del otoño.
Ahora el sol era un incendio de campanas.
El cielo rojo, enrojecido, parecía una fogata.
Sin embargo, el fuego se apagaría. Nos quedaríamos apenas con los sombras y con más dudas que certezas.
Y la noche nos hacía olvidar las pesadillas del día para dejarnos solos con los fantasmas que comienzan su ronda en cuanto se apagan las luces.
A pesar de todo esperamos cada amanecer con cierta esperanza, confiados en que el nuevo día podría ser el portador del milagro que cambiará nuestro destino.
María Graciela Kebani
Quise volar desde la tierra al cielo,
llegar hasta las estrellas,
más allá del sol, más allá del tiempo.
Quise encontrar a la niña que había sido,
recuperar, de repente, los días de la infancia.
Quise atravesar el mar y descubrir algún país desconocido,
que no figurara en ningún mapa.
Quise abrir todas las jaulas que encierran los sueños,
lanzar mi voz al viento
para que se escuchen mis plegarias,
aquí an la tierra como en los cielos.
Quise abrazar a la humanidad sufriente,
a aquellos hombres que se han olvidado de vivir
y que solos van peregrinando hacia la muerte.
Quise buscar a Dios, pero me perdí en intrincados laberintos.
Y cuando encontré el camino,
ya era tarde.
Sin embargo, en el fondo del ánfora (qué bella palabra) de Pandora se mantiene oculta la esperanza.
María Graciela Kebani
Un viento arrollador me dejó sin voz. Desesperada intenté buscar las palabras que pudieran salvarme.
No encontré ningún rastro en la arena.
El mar ya las había devorado.
María Graciela Kebani
Allá, arriba, Dios.
Aquí, abajo, los hombres.
Y un puente que une ambos extremos.
Finalmente, nosotros, los humanos, ya nos encargamos de dinamitarlo.
María Graciela Kebani
Se quedó mi infancia perdida en alguna estrella, o en alguna plaza, donde giraba sin cesar una calesita, o, quizás, en la sonrisa de un payaso, o mejor aún, en la magia de algún cuento o de un poema.
Se quedó mi infancia perdida en algún castillo de arena o, o en aquella muñeca capaz de hablar y de cantar como una niña.
Mi infancia se refugió en la música que despertaba mundos de resonancias increíbles.
No dudó en acudir a los libros y a su hechizo. Novelas, cuentos, poesías desfilaban ante mis ojos ávidos de maravillas.
Mi infancia trepó hasta alturas prodigiosas y cuando tuvo que descender, erigió una montaña de sueños.
Todavía hoy las fantasías de mi niñez encienden las noches de la memoria.
María Graciela Kebani
Buscábamos el sol en un cielo neblinoso. Durante días y días, amanecía nublado. El pueblo todo estaba quieto, adormecido. Hasta el viento permanecía inmóvil, colgado de los árboles.
También el tiempo parecía suspendido. Las horas no pasaban y una sensación de abulia nos embargaba.
Poco a poco, sin embargo, nos fuimos acostumbrado y llegó un momento en que dejamos de buscar el sol.
Afortunadamente no llovía. Solo la niebla nos cercaba como una muralla. Nos cegaba y nos amordazaba. Parecíamos aletargados, anestesiados.
Hasta que un día (siempre, en algún momento, sucede algo que irrumpe la monotonía), más precisamente una mañana, despertamos con el canto de los pájaros. La luz del sol precisaba los contornos de las casitas.
Los árboles brillaban con otra luminosidad. La torre de la iglesia resplandecía.
El pueblo era otro. Irreconocible. Revivimos.
Creo que nunca estuvimos tan cerca del paraíso. ¿Cuánto nos duraría?
María Graciela Kebani