Después de la última batalla, la muerte desdentada mastica su victoria.
María Graciela Kebani
Cuando llegó a la esquina, se detuvo a esperar el cruce de la avenida. El ruido del tráfico era ensordecedor.
La luz verde del semáforo habilitó el cruce. Pero una vez que llegó a la otra orilla, un descampado se extendió ante su mirada atónita.
No quedaban rastros de edificios, ni de tránsito, ni bocinazos.
Tanta quietud estremecía. Como esa quietud espectral que se respira en los cementerios.
Ni cruces ni lápidas. Solo una claridad neblinosa. Una sensación de infinitud, y un silencio escalofriante, lo sobrecogían.
Avanzó como un sonámbulo.
El llanto descarnado de niños clamando desde el más brutal desamparo le estallaba en los oídos.
Mientras avanzaba, el llanto atroz de niños y niños retumbaba en su cabeza, lo aturdía y le iba perforando las entrañas.
Las lágrimas resbalaban por su rostro como una lluvia torrencial.
Y ya no pudo continuar porque ese llanto se le metía dentro, muy adentro y le desgarraba el corazón. Ese llanto lo sumía en la impotencia más absoluta.
María Graciela Kebani
Jadeante se detuvo ante la puerta. Cuando la abrió, un mar desorbitado lo dejó sin palabras.
María Graciela Kebani
Cuando llegó a la esquina, se detuvo a esperar el cruce de la avenida. El ruido del tráfico era ensordecedor.
La luz verde del semáforo habilitó el cruce. Pero una vez que llegó a la otra orilla, un descampado se extendió ante su mirada atónita.
No quedaban rastros de edificios, ni de tránsito, ni bocinazos.
Tanta quietud estremecía. Como esa quietud espectral que se respira en los cementerios.
Ni cruces ni lápidas. Solo una claridad neblinosa. Una sensación de infinitud, y un silencio escalofriante, lo sobrecogían.
El llanto descarnado de niños clamando desde el más brutal desamparo le estallaba en los oídos.
Mientras avanzaba, el llanto atroz de niños y niños retumbaba en su cabeza, lo aturdía y le iba perforando las entrañas.
Las lágrimas resbalaban por su rostro como una lluvia torrencial.
Y ya no pudo continuar porque ese llanto se le metía dentro, muy adentro y le desgarraba el corazón. Ese llanto lo sumía en la impotencia más absoluta.
María Graciela Kebani
Salió a apuñalar las sombras de la noche y con sus propias manos desenterró el sol y su fuego desenfrenado encendió de luz la vida sobre la tierra.
María Graciela Kebani
Libros que se deshojaron como árboles.
Cielos que perdieron sus soles y sus lunas.
Plazas que giraron como calesitas y hamacas que echaron a volar como palomas.
En medio de vertiginosos torbellinos desapareció el llanto de los niños, se esfumaron dioses y miedos, sueños, deseos y las pesadillas más horrendas.
Rugieron los leones y sus rugidos fueron devorados por el arrollador vendaval.
El tiempo detuvo su carrera. No hubo más amaneceres ni sombras que parieran las noches.
No hubo palabra que pusiera fin al caos.
María Graciela Kebani