martes, 3 de julio de 2012

Ya era tarde

YA ERA TARDE

No escuchó los gritos de terror y desesperación.
No, no pudo.
No vio a los niños desangrándose en las calles.
No, no pudo verlos.
Humo y fuego por todos sitios.
Llamaradas.
Cielos ardiendo.
Tronaban furiosos los dioses de la guerra.
Estallaban edificios, estallaban árboles, campanarios.
Hasta el viento estallaba en pedazos.
Hasta el mar.
Graznidos de cuervos enloquecían el aire.
Con qué pasión segaban la vida.
Sin embargo, no conseguía olvidar.
No, nunca olvidaría.
Todo fue inútil.
Después lo supo.
Ya era tarde.

                                 María Graciela Kebani

miércoles, 20 de junio de 2012

Buenos Aires, siempre Buenos Aires

BUENOS AIRES, SIEMPRE BUENOS AIRES

Buenos Aires,
te sueño
en cada tarde
de jazmín, de rosas,
en cada ocaso
encendido de geranios.
En un patio florecido de malvones
y en los gorriones aleteando
en las mañanas.
Te busco
en cada domingo de verano,
en este cielo amanecido,
en un balcón, en un rincón
solitario, enmudecido.
En la nostalgia de un tango,
en aquel poema que evoca
tus luces y tus sombras.
Buenos Aires,
aún añoras el esplendor
de un pasado que se ha ido,
porque hoy, descarnada, la miseria
deambula por tus calles
con su rostro de niño dolorido.

Buenos Aires,
te encuentro
en algún barrio remoto y olvidado
con perfume de aromos y glicinas,
en un farol, en una esquina.
En la ventana que se abra
y que me mira.
En tu música de viento y de campanas,
en la magia deslumbrante
de una noche de luna.

Buenos Aires,
ciudad única, tuya y mía,
que sólo sabes
tender tus brazos
para que te abracen...
Buenos Aires,
siempre Buenos Aires.

                    María Graciela Kebani

martes, 19 de julio de 2011

Detrás del telón

La luna trepaba por los escalones de la noche, brillante como un ojo de gato.
No encontró la calle que buscaba. Pasajes, callejones, cortadas que se entrecruzaban ante su mirada perpleja. Otra vez y otra. Había perdido la cuenta como ya había perdido la vida. Poco a poco.
No supo qué hacer. Tembló. Instintivamente se aferró al papel. Una ráfaga helada sacudió hasta sus recuerdos. ¿Dónde estaba el cielo? ¿Dónde el paraíso prometido? Sólo conocía el infierno. ¿Por qué?
Un silbido ensordecedor, inacabable, y el tren atravesando la noche. Como un rayo. Otra vez. La historia siempre se repite con leves variaciones.
Las líneas se cruzan, se entrecruzan, se enmarañan.
No hay marcha atrás. Sus ojos revolvieron las sombras, buscando.
Ahora con desesperación, cercana al estallido. No quería admitirlo. Ni calle, ni número ni edificio ni... Nada. ¿Cómo se extravió de esa manera? ¿En qué escenario quedó varado? ¿A quién preguntar? Ni un apuntador diestro que le recordara el libreto.
Volvió a mirar el papel, ajado, manoseado. Leyó nuevamente las palabras y los números. Por centésima vez. Pero no entendió. ¿Qué podía entender? ¿Qué debía? ¿Qué haría allí? En medio de la nada. Esperando que se alzara el telón.
Sin embargo, la función hacía ya tiempo que había empezado. No sabía cuándo terminaría.
No sabía cuándo bajaría el telón.

María Graciela Kebani

jueves, 24 de marzo de 2011

Ninguna palabra que ordenara el caos







     Otra vez el silencio Cruzó el tren el túnel de la noche como una ráfaga. La campanilla sacudió con su estridencia las sombras que volvían. Otra vez las tinieblas. El silencio suspendido de los abismos celestiales. Ninguna voz que colmara los espacios. Ninguna palabra que ordenara el caos. 
                                                                          
                                                                                          María Graciela Kebani

La noche en cierne

La noche en cierne Ni muertos ni vivos. La noche en cierne. Un muro de palabras. Una tumba para sepultar los sueños. El miedo. El miedo cae al agua en círculos concéntricos. Justicia. Ni vivos ni muertos. No están. Pero vuelven, siempre vuelven. Siempre. Una y otra vez. Por las calles de la noche y la memoria. En el nombre de la patria. Huellas. Huellas que remuerden las conciencias. Incesantemente. No hay cruces que recuerden. Sólo huesos. Huesos sin nombre. Un viento de sombras sobrevuela un mar sin orillas. Y el miedo y la culpa. Y la muerte de centinela en cada esquina. En el pozo de la noche se desploma la luna. Incandescente. Vuelven, siempre vuelven. Aletean como mariposas. Colman el aire con sus quejidos. No responden, pero miran, miran a través de de sus ojos sin tiempo. No están vivos. No están muertos. Respiran inocencia. Ya no están. En el nombre de Dios. El infierno abre sus fosas de fuego. no existe ningún paraíso. No están. ni aquí ni allá. ni en el cielo. Ni bajo tierra. No están. Muertos. El mar los devoró a mordiscones. En el nombre... Ni vivos ni muertos. Muertos... 
                                                                                                             María Graciela Kebani

martes, 4 de enero de 2011

LA SOMBRA DE DIOS

LA SOMBRA DE DIOS

Recorrí los pasillos de la noche
constelados de sombras y de espejos.
Como cirios ardían las estrellas,
como relámpagos destellaban 
enigmas y presagios.

Busqué la música
detrás de los cristales
y el silencio orlado de campanas.

Busqué paraísos deslumbrantes,
ángeles con alas y trompetas.
Busqué santos con aureolas luminosas,
arco-iris y auroras boreales.

Descendí a los infiernos abisales
atravesando conjuros y tormentas.
Una lluvia de pájaros y rosas
desbordó los espacios siderales.
La inmensidad me dejó sin aliento,
y en un instante
vislumbré suspendida de los cielos
la sombra de Dios 
en el espejo.
                                                                                                            María Graciela Kebani

Desde el Espejo

 Desde el espejo. El cielo es un círculo perfecto. El Universo, el espacio del vacío. El tiempo, girando interminable en la eterna esfera de un poema. El mar, como un dios furibundo y desafiante, se alza crispado, para arrojarse, enajenado, contra las rocas, contra las piedras, contra las tumbas. Curva la luna su vientre radiante. Desde el espejo, la potestad de la muerte. 
                                                                                                                       María Graciela Kebani