viernes, 31 de octubre de 2014

No se abrirían

 No se abrían las puertas. El cielo amenazaba con descargar su vientre hinchado, preñado de oscuras atrocidades. Un viento enfurecido se deshacía en ominosas ráfagas. No se abrían las puertas. Estábamos ahí. Clavados como impenitentes estacas, esperando. Las puertas no se abrían. No se abrirían. Eso lo sabíamos.

Viento de sombras

 Andaba en la noche un viento de sombras. Alguien, en algún sitio, rezaba fervientemente sus letanías para que algún dios se apiadara de nosotros. ¿Qué dioses inconscientes se apiadarían? A estas alturas, ninguno. ¿Hasta cuándo seguiríamos ignorando todo lo que habíamos generado? Y seguimos. Seguimos. Pareciera que nada ni nadie puede detenernos. Impotentes, mis manos resbalaban suavemente sobre las teclas del piano. La música ascendió liberada como pájaros de una jaula. 

                                                            María Graciela Kebani

miércoles, 22 de enero de 2014

Entre la hojarasca


ENTRE LA HOJARASCA

Amanecía
el otoño
deshojado
en la vereda.
Un viento
ocre
y amarillo
crepitaba
como una fogata
ardiente.
Entre la hojarasca,
 una paloma,

muerta. 

    María Graciela Kebani

Súbitamente






SÚBITAMENTE

Súbitamente
un pájaro
cruza la niebla.
El aire quieto
 apenas se estremece.
El invierno
cuelga su desamparo
 de los árboles.
Es gris
el color
de la mañana.
Es gris
el color
de la nostalgia.
Gris la sombra
que ensombrece
el día.

           María Graciela Kebani

viernes, 27 de julio de 2012

Desde el otro lado

DESDE EL OTRO LADO

   Se detuvo. Ese era el número. No resultó muy difícil llegar. A pesar de todo. ¿Y ahora? ¿Qué hacer?
   La luna, llena de luz, giraba entre las aspas de la noche.
   Pulsó el timbre con cierta vacilación. Una bandada de palomas se desató en el aire. Algunas plumas se dispersaron cerca de sus manos. De repente, recordó su infancia. Una ventana. El sol, colgando rezumante como un racimo dorado, enceguecedor, de las ramas de los plátanos.
    La casa parecía deshabitada. Los postigos estaban cerrados.
    El reloj marcó las siete. Otra vez se hallaba solo. Esperando.
    Pulsó nuevamente el timbre. Deseó con fervor que alguien respondiera. Desde el mirador derruido volvieron a soltarse las palomas en una explosión de alas y de plumas.
    Otra vez su padre no vendría.
    Nadie del otro lado.
    Intentó una vez más.
    Fue inútil.
    Cuando miró hacia arriba, un aleteo sacudió la noche y sus recuerdos.
    Sombras, sólo sombras. Ni una estrella.
    Una pluma se deslizó de entre sus dedos.

                                              María Graciela Kebani

martes, 3 de julio de 2012

Ya era tarde

YA ERA TARDE

No escuchó los gritos de terror y desesperación.
No, no pudo.
No vio a los niños desangrándose en las calles.
No, no pudo verlos.
Humo y fuego por todos sitios.
Llamaradas.
Cielos ardiendo.
Tronaban furiosos los dioses de la guerra.
Estallaban edificios, estallaban árboles, campanarios.
Hasta el viento estallaba en pedazos.
Hasta el mar.
Graznidos de cuervos enloquecían el aire.
Con qué pasión segaban la vida.
Sin embargo, no conseguía olvidar.
No, nunca olvidaría.
Todo fue inútil.
Después lo supo.
Ya era tarde.

                                 María Graciela Kebani

miércoles, 20 de junio de 2012

Buenos Aires, siempre Buenos Aires

BUENOS AIRES, SIEMPRE BUENOS AIRES

Buenos Aires,
te sueño
en cada tarde
de jazmín, de rosas,
en cada ocaso
encendido de geranios.
En un patio florecido de malvones
y en los gorriones aleteando
en las mañanas.
Te busco
en cada domingo de verano,
en este cielo amanecido,
en un balcón, en un rincón
solitario, enmudecido.
En la nostalgia de un tango,
en aquel poema que evoca
tus luces y tus sombras.
Buenos Aires,
aún añoras el esplendor
de un pasado que se ha ido,
porque hoy, descarnada, la miseria
deambula por tus calles
con su rostro de niño dolorido.

Buenos Aires,
te encuentro
en algún barrio remoto y olvidado
con perfume de aromos y glicinas,
en un farol, en una esquina.
En la ventana que se abra
y que me mira.
En tu música de viento y de campanas,
en la magia deslumbrante
de una noche de luna.

Buenos Aires,
ciudad única, tuya y mía,
que sólo sabes
tender tus brazos
para que te abracen...
Buenos Aires,
siempre Buenos Aires.

                    María Graciela Kebani