Abrió con facilidad la primera puerta. Luego la segunda, la tercera. Pero cuando llegó a la última, por más que insistiera la puerta no se abrió.
El acceso le estaba vedado.
María Graciela Kebani
Abrió con facilidad la primera puerta. Luego la segunda, la tercera. Pero cuando llegó a la última, por más que insistiera la puerta no se abrió.
El acceso le estaba vedado.
María Graciela Kebani
Ahora debía cruzar el puente. La niebla a esa hora era muy densa y el puente parecía infinito. Avanzó con cuidado en medio de la bruma. Tenía la impresión de que no llegaba al final.
De pronto, se dio cuenta de que estaba caminando sobre una alfombra acuosa. Creyó que era solo una sensación y continuó avanzando por ese mar de agua.
Sin embargo, a cada paso se iba hundiendo más y más.
María Graciela Kebani
Había oscurecido de repente. Sin perder tiempo se dedicó a cerrar puertas y ventanas. Sin embargo, los fantasmas ya estaban atrapados dentro de la casa y habían empezado la ronda nocturna.
La noche, como un ogro hambriento, devoraba las últimas luces de la tarde. La sombra de la muerte salió de su guarida. Tenía tiempo suficiente. De pronto, un grito desaforado hizo tambalear el silencio que crecía con la hora.
Siguió avanzando por calles marginales que se empeñaban en curvarse extrañamente. El viento, descarnado, se refugiaba en tortuosos callejones.
La persecución había comenzado.
Llegaron con la noche, con el miedo clavado en la mirada, empuñando puñales y atronando con sus gritos el aire irrespirable. No volaba ni un pájaro en los cielos y el viento ululaba entre los árboles desnudos de palabras.
Y la sangre manchaba los espejos donde se reflejada el rostro de la muerte.
María Graciela Kebani
Dieron las doce. La puerta se abrió y dejó entrever un túnel que parecía extenderse hacia el centro de la tierra. Traspasó el umbral y empezó a caminar a tientas por ese tenebroso corredor. Realmente no sabía hacia dónde lo conduciría, pero se dejó llevar.
Anduvo horas y horas y no vislumbraba el final. De pronto, agotado por el cansancio y la sed, descubrió una luz, todavía lejana, que parecía anunciarle la ansiada meta.
Dieron las doce. La puerta volvió a cerrarse.
María Graciela Kebani
Llovía desaforadamente. Llegué corriendo a la estación y pude subir al tren. Logré sentarme.
Entonces aterrada comprobé que estaba a mi lado. La lluvia resbalaba incontenible por las ventanillas.
María Graciela Kebani