Un ruido sordo empezó a crecer como un alud arrollador. No venía del cielo ni de la tierra, sino de los propios muros que los hombres habían levantado para protegerse. Era el crujido del asfalto cediendo ante raíces invisibles, el zumbido de una tecnología que ya no obedecía a sus creadores. Miramos hacia la calle y comprendimos la magnitud de nuestro desastre. No había armas para combatir aquello, porque no se puede disparar contra el tiempo ni contra el olvido. La marea de lo incontrolable avanzaba, y los seres humanos, despojados de su arrogancia, solo pudimos apretar los dientes y esperar el impacto.
María Graciela Kebani

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