viernes, 26 de diciembre de 2025

Solo un camino desolado y polvoriento

 






   Cuando giré, solo vi un camino polvoriento salpicado de cactus espinosos. El viento clavó en mi rostro  sus púas erizadas. El sol enrojecía más y más el horizonte. Allá lejos el cielo parecía incendiarse.

   Repentinamente, no pude entender cómo, me encontré ante un cruce de vías. Y en el colmo del asombro  escuché la campanilla que anunciaba que un tren se aproximaba.

   En realidad, no se veía ninguna estación a la distancia.

   No tuve tiempo para decidir qué haría. El tren pasó ante mí como una ráfaga y la tierra tembló.


 

   Miré a un lado y a otro de las vías. Nada. Solo un camino desolado y polvoriento. Un viento erizado de púas clavándose en mi piel hasta mis huesos y un cielo, allá lejos, ardiendo como una fogata. 


                                                                                   María Graciela Kebani



lunes, 15 de diciembre de 2025

El ropero

 





      Estaba apurada, como de costumbre. Y como de costumbre no encontraba la ropa. Ya estaba atrasada y seguía perdendo alegremente el tiempo.

   Sucedió que al introducir la mano en el ropero, otra mano poderosa me sujetó con fuerza y me tironeó hacia dentro, hacia lo desconocido.

   Obviamente ese día llegué tarde al trabajo y, como era de esperar, nadie, absolutamente nadie, creyó mi historia.

   Me temo que ustedes, tampoco.


                                                                            María Graciela Kebani

¿No podíamos o no queríamos comprender?








 El viento sacudía las sombras de los árboles y su voz se llenaba de palabras ininteligibles.

  No, no podíamos entender. Las palabras se bamboleaban por los aires. Algunas quedaban pendiendo de las ramas. Otras se metían por las ventanas, colmaban nuestras casas y terminaban aturdiéndonos.

 Y por más esfuerzos que hiciéramos, no conseguíamos descifrar su significado.

 ¿No podíamos o no queríamos comprender?

 Y el viento seguía zarandeándonos y ensordeciéndonos.

  Creo que acabaríamos gritando, suplicando piedad, porque, en realidad, no deseábamos entender lo que nos trataba de decir el viento.      

                                                                   María Graciela Kebani

ABRACADABRA

 






Pronuncié la palabra mágica.

No pasó absolutamente nada.

Pronuncié por segunda vez: "Abracadabra".

Tampoco ocurrió nada.

La tercera vez, casi en un susurro, volví a insistir.

Ahora sí. El baúl se abrió, pero lamentablemente estaba vacío.

Demás está decirles que no pude escribir el cuento.

   
                                                     María Graciela Kebani

lunes, 8 de diciembre de 2025

GULLIVER en la tierra de los hombres

 




    Recién comenzaba a oscurecer. Contábamos cuentos junto al fuego. Algunas veces, nos reíamos a carcajadas; otras, nos aterrábamos como niños. 

  De pronto, el humo de la fogata comenzó a tomar una forma que parecía humana.

   Cuando la figura se materializó, antes de que pudiéramos articular palabra, no habló de esta manera:

  -¿No me reconocen? Soy Gulliver.

  -¿Gulliver? ¿El que visitó países de enanos y de gigantes?

   -Claro. Sucede que los enanos se convierten en gigantes y viceversa, según la perspectiva con la cual se mire. 

   -¿Y entonces? No existen ni enanos ni gigantes.

   -Sí, en la medida en que los enanos no sepan ponerse de pie para ejercer su condición de humanos.

   -¿Y los gigantes que deberían hacer?

    -Descender de su pedestal y no creerse todopoderosos y sabelotodo.

    -Pero, Gulliver, tu libro no es para niños.

    -Por supuesto que no. Mis aventuras intentan satirizar las conductas humanas, la ignorancia, la soberbia, el egoísmo. 

    Los seres humanos deberían abandonar los prejuicios, las ambiciones que terminan sojuzgando a los otros. 

    Los hombres deberían leer los relatos que los pueblos han contado a través de los siglos. Los cuentos restauran nuestros vínculos ente nosotros y con la naturaleza. 

      Y así como apareció, Gulliver se esfumó ante nuestros ojos azorados .

                                                                 María Graciela Kebani


miércoles, 3 de diciembre de 2025

Nunca más volveremos a alcanzar el paraíso

 





¿Qué es esta oscuridad que nos despoja de todos los sueños e impide ordenar los pensamientos?

No queremos recordar. No, no queremos.

En algún momento nos arrebataron el paraíso.

Sin embargo, el mar acerca los recuerdos hasta la orilla de la memoria y los abandona allí, entre la espuma.

Y el mar se lleva las  huellas de un pasado que, a veces, intenta retornar. 

¿Qué es este silencio donde se abisman las palabras?

¿Qué es esta soledad que nos atraviesa como el filo de una espada?

¿Esta incertidumbre que nos abruma?

¿Y este fuego que nos abrasa?

¿Y esta esperanza que se va esfumando a cada instante?

¿Qué es esto de no vivir la vida, esperando la muerte?

¿Para qué interrogar a Dios? ¿Qué es lo que pretende? ¿Por qué nos dejó tan solos, a merced de los vientos y de las tempestades , abandonados en los laberintos de este mundo en donde el mal se propaga como las epidemias?

¿Qué es esta búsqueda incesante de las llaves que abrirían las puertas que se nos han ido cerrando a través de los siglos? Y las sombras se alargan como las noches en invierno.

Y las voces de los hombres siguen clamando en los desiertos, en los mares, en las montañas... Pero nadie responde. Las voces se las lleva el viento.

Las palabras se evaporan, como se evaporan los sueños.

Nunca más volveremos a alcanzar el paraíso. 


                                                             María Graciela Kebani