martes, 3 de marzo de 2026

La llave en la cerradura

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Discúlpeme, señor, ¿la calle Iberá?

-Siga derecho dos cuadras más y luego doble a la izquierda. Esa es Iberá.

A veces, lo sencillo se complica. Nada es tan fácil como uno cree. Seguí las indicaciones y cuando doblé, me encontré con una calle arbolada y una hilera de casitas idénticas. El sol iluminaba cálidamente las fachadas.

Mientras  caminaba, descubría algún gato dormitando en los jardincitos de los porches. 

El silencio, en lugar de relajarme, me inquietaba. 

Evidentemente era la hora de la siesta.

De pronto, un ruido casi imperceptible perturbó tanta quietud, tanta modorra. Percibí algo así como una llave que giraba en una cerradura.

Sin embargo, nadie salió de ninguna vivienda.

Seguí avanzando, mientras el sol me cegaba los ojos y volví a escuchar el mismo sonido que me recordaba el ruido de una llave en la cerradura. Un gato que descansaba en  una ventana se mantuvo imperturbable.

Nadie entró ni salió de esas inocentes casitas.

Solo yo, caminado bajo ese sol calcinante, esos gatos sumidos en un sueño interminable y el sonido de unas llaves enroscándose en una cerradura...

Nadie, nadie salió ni entró por ninguna puerta.

Un pájaro cruzó el cielo y el fuego del sol le encendió las alas. 


                                                                         María Geraciela Kebani