Crucé las vías con cierta aprensión. No sabía por qué. Cuando llegué al otro lado, vi que no había nada. Ni casitas, ni árboles, ni pájaros . Nada. Solo un vacío inconmensurable. Una quietud infinita. Un espacio capaz de abarcar toda la noche y sus estrellas, los sueños y las pesadillas.
Un silencio que crecía y crecía y lo inundaba todo como un río.
Casi podía percibir la presencia ominosa de la muerte.
María Graciela Kebani
